El día que anunció Zapatero que iban a tener lugar las elecciones el 20-N, lo primero en que pensé fue: ¿el aniversario de la muerte de Franco? Estoy segura que, si fuera así para mí, una norteamericana, también lo pensaron muchos españoles. Sin embargo, echando un vistazo a los artículos sobre las elecciones, no vi ninguna mención de la coincidencia de fecha. Parece imposible que pasa desapercibido, o que nadie va a notar una elección democrática que sucede a 36 años desde la muerte del dictador. El grito de los indignados, "¡Democracia real, ya!," cobra aun más significado si se piensa en no tener la opción de un candidato, sino saber que seguía en su puesto el Caudillo. Por bien o por mal, el 20-N de 2011 también representa la muerte de otra clase -- la de la presidencia del señor Rodríguez Zapatero. Ya imagino la portada de un diario después de las elecciones: "Españoles: el PSOE ha muerto...y el país ha pasado a las manos del PP."
El dibjuante Peridis lo retrató así en El País el 29 de julio de 2011:
Diálogos intergeneracionales sobre la guerra civil española y el franquismo en la España actual Intergenerational Dialogues on the Spanish Civil War and Francoism in Contemporary Spain
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domingo, 31 de julio de 2011
sábado, 4 de diciembre de 2010
La crisis de los aeropuertos -- ¿debido a un vestigio del franquismo?
Nota: no sabía lo que era Aena, así que tuve que buscar más información. Leer más en la Wikipedia (en inglés o en español). Los subrayados son míos en el artículo de abajo.
Visto en: La Vanguardia
Ahora o nunca: a por ellos
Si Zapatero no acaba ahora con el monopolio franquista de Aena, será por complicidad
Artículos | 05/12/2010 - 01:18h
Jordi Barbeta
Aena y, dentro de ella, el selecto club de los controladores aéreos son un vestigio del franquismo que para defender su monopolio suele envolverse en la rojigualda como si ellos fueran España y los demás, no. Son de los que utilizan la nación contra el pueblo. Ningún gobierno de la democracia ha podido con ellos, De hecho, algunos ni siquiera lo ha intentado por miedo o por complicidad. Ahora, la temeridad de los controladores, que han actuado 35 años después de la muerte de su gran protector con la convicción de quien se cree impune, han ofrecido al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero la gran oportunidad no de acabar con ellos, porque afortunadamente ya no hay pena de muerte en España, pero sí de poner fin a una situación de privilegio que se mantiene no sólo a costa de los demás, sino en perjuicio del interés general, que incluye a las personas, las empresas e incluso el prestigio del país.
En enero del 2006, el entonces portavoz socialista en la comisión Constitucional y hoy vicepresidente del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba, llegó a un principio de acuerdo con la delegación del Parlament de Catalunya para incorporar al Estatut que la gestión del aeropuerto de El Prat pasaría a depender de la Generalitat. Significaba la partición de Aena. Joan Puigcercós, entonces portavoz parlamentario de Esquerra Republicana, brindó con cava con los periodistas para celebrar el histórico acontecimiento. Los diarios publicaron el principio de acuerdo, y automáticamente se desencadenó una operación para abortar el acuerdo en la que participaron el ministerio de Fomento, sindicatos y patronales, la compañía aérea de bandera, colectivos funcionariales, incluidos por supuesto los controladores, y hasta varios bancos. O sea, los que consideran que España es suya. Zapatero no pudo o no quiso resistir la presión y claudicó. Llamó entonces al president Maragall. “Lo siento, Pasqual, ahora el aeropuerto no puede ser”. El entonces president montó en cólera porque ya como alcalde había defendido el control del aeropuerto de El Prat como una prioridad estratégica para el desarrollo y la internacionalización de la economía catalana. Pero nadie le ayudó, ni siquiera su partido. Fernando Palao, entonces secretario de Estado de Transportes, organizó una fiesta “con cava catalán” en el ministerio que dirigía Magdalena Álvarez para celebrar que Aena continuaría siendo una, y no cincuenta y una, y por supuesto española. Tras lo que ha ocurrido hoy ya no quedan dudas respecto a que el monopolio de Aena, además de una ruina. es una amenaza para el país y para la democracia. Si el Gobierno, que se reclama de izquierdas, no acaba ahora con este poder fáctico, habrá que considerarle cómplice.
Visto en: La Vanguardia
Ahora o nunca: a por ellos
Si Zapatero no acaba ahora con el monopolio franquista de Aena, será por complicidad
Artículos | 05/12/2010 - 01:18h
Jordi Barbeta
Aena y, dentro de ella, el selecto club de los controladores aéreos son un vestigio del franquismo que para defender su monopolio suele envolverse en la rojigualda como si ellos fueran España y los demás, no. Son de los que utilizan la nación contra el pueblo. Ningún gobierno de la democracia ha podido con ellos, De hecho, algunos ni siquiera lo ha intentado por miedo o por complicidad. Ahora, la temeridad de los controladores, que han actuado 35 años después de la muerte de su gran protector con la convicción de quien se cree impune, han ofrecido al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero la gran oportunidad no de acabar con ellos, porque afortunadamente ya no hay pena de muerte en España, pero sí de poner fin a una situación de privilegio que se mantiene no sólo a costa de los demás, sino en perjuicio del interés general, que incluye a las personas, las empresas e incluso el prestigio del país.
En enero del 2006, el entonces portavoz socialista en la comisión Constitucional y hoy vicepresidente del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba, llegó a un principio de acuerdo con la delegación del Parlament de Catalunya para incorporar al Estatut que la gestión del aeropuerto de El Prat pasaría a depender de la Generalitat. Significaba la partición de Aena. Joan Puigcercós, entonces portavoz parlamentario de Esquerra Republicana, brindó con cava con los periodistas para celebrar el histórico acontecimiento. Los diarios publicaron el principio de acuerdo, y automáticamente se desencadenó una operación para abortar el acuerdo en la que participaron el ministerio de Fomento, sindicatos y patronales, la compañía aérea de bandera, colectivos funcionariales, incluidos por supuesto los controladores, y hasta varios bancos. O sea, los que consideran que España es suya. Zapatero no pudo o no quiso resistir la presión y claudicó. Llamó entonces al president Maragall. “Lo siento, Pasqual, ahora el aeropuerto no puede ser”. El entonces president montó en cólera porque ya como alcalde había defendido el control del aeropuerto de El Prat como una prioridad estratégica para el desarrollo y la internacionalización de la economía catalana. Pero nadie le ayudó, ni siquiera su partido. Fernando Palao, entonces secretario de Estado de Transportes, organizó una fiesta “con cava catalán” en el ministerio que dirigía Magdalena Álvarez para celebrar que Aena continuaría siendo una, y no cincuenta y una, y por supuesto española. Tras lo que ha ocurrido hoy ya no quedan dudas respecto a que el monopolio de Aena, además de una ruina. es una amenaza para el país y para la democracia. Si el Gobierno, que se reclama de izquierdas, no acaba ahora con este poder fáctico, habrá que considerarle cómplice.
domingo, 7 de noviembre de 2010
martes, 25 de mayo de 2010
Stanley Payne, en El Mundo
En el post anterior cité a un estudioso al que admiro y respeto. En cambio, ahora cito a alguien que algunos han llamado el "Pío Moa estadounidense," Stanley Payne, profesor en la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.). Vi la siguiente entrevista por medio de Wikio, pero fue publicada originalmente en el diario El Mundo. Como parece que hay que tener una contraseña para acceder la entrevista, la he copiado de un blog. Como era de esperar, Payne sigue echando leña al fuego al culpar por la guerra al gobierno LEGITIMO de la II República (y parece que, por extensión, a toda la izquierda), y al usar términos como el "Alzamiento."
Stanley G. Payne: la «culpabilidad» no asumida de la izquierda en la Guerra Civil. En ¿Por qué la República perdió la guerra?.
CARLOS FRESNEDA / Nueva York
«La izquierda utiliza la Guerra Civil por su rentabilidad política»
El hispanista Stanley G. Payne (Denton, Texas, 1934) vuelve al ruedo político con un argumento que amenaza con levantar ampollas: la «culpabilidad» no asumida de la izquierda en la Guerra Civil. En ¿Por qué la República perdió la guerra? (Espasa), Payne pone al día la vieja tesis y carga las tintas en la responsabilidad del Partido Socialista y de líderes como Santiago Carrillo. En su opinión, la derecha asumió hace tiempo los abusos del franquismo, pero desde la izquierda se sigue teniendo «una visión romántica» y se utiliza incluso la Guerra Civil por «rentabilidad política».
Pregunta.- Su libro llega en un momento crispado y crítico en España. ¿Qué le parece la decisión del Consejo General del Poder Judicial de suspender a Baltasar Garzón por su investigación sobre las desapariciones del franquismo?
Respuesta.- Una de las mayores debilidades de España es la politización de su sistema judicial. Las actividades de Garzón han estado muy determinadas por la política. En lo que se refiere a la «amnistía», siempre ha medido por un rasero muy distinto a la izquierda y a la derecha. En vez de ser un juez imparcial que se atiene a la ley, Garzón ha sido muy frecuentemente el «antijuez», preocupado, sobre todo, por la publicidad y por la política.
P.- Lo cierto es que el caso Garzón, y no hace mucho la Ley de Memoria Histórica, han vuelto a poner la Guerra Civil al rojo vivo. ¿Reviven los viejos fantasmas?
R.- No creo que el Gobierno pretenda revivir la Guerra Civil, sería exagerado decir eso. Lo que Zapatero está intentando en todo caso es rentabilizar la Guerra Civil, sacarle partido político. A mí me parece, sobre todo, una maniobra para estigmatizar históricamente a la derecha y, por extensión, al PP.
P.- En su libro, asegura que el PSOE fue uno de los principales obstáculos para la democracia antes y durante la Guerra Civil. ¿No es una acusación demasiado fuerte?
R.- A los hechos me remito. Está claro que las graves contradicciones internas y las tensiones entre las facciones de Besteiro, Prieto y Largo Caballero ayudaron mucho a que las cosas fueran mal en la República. Indalecio Prieto hizo una pequeña autocrítica, pero el Partido Socialista -y la izquierda en su conjunto- no ha hecho una examen autocrítico de sus errores.
P.- Usted acusa también a Santiago Carrillo de ser uno de los pocos extremistas que en realidad quería la guerra...
R.- Es cierto. Conviene recordar que Carrillo no fue un demócrata hasta 1977. Sus discursos en las Juventudes Comunistas eran muy radicales; de alguna manera, estaba esperando la llegada de la guerra, como tantos extremistas. El Carrillo de la Transición actuó de un modo muy responsable, pero en los últimos años ha vuelto a la vieja retórica de la izquierda y mantiene una posición muy sectaria.
P.- Parece que está exculpando usted a la extrema derecha.
R.- Los dos extremos estaban deseando y provocando la guerra civil. La extrema izquierda y la extrema derecha pensaban que iba a ser un conflicto rápido y que iba a culminar con la victoria. La sociedad española no estaba, en realidad, tan polarizada; lo que se había polarizado era el activismo radical. La radicalización de las minorías fue letal y acabó contagiando a todo el sistema y a los líderes políticos, que permitieron que el país se encaminase hacia un proceso revolucionario violento.
P.- Hasta ahora, hemos cargado las tintas sobre la izquierda, pero díganos, ¿qué podría haber hecho la derecha para evitar la Guerra Civil?
R.- Lo que podría haber hecho la derecha es, en el fondo, muy simple: someterse a todos los abusos de la izquierda. Someterse a la persecución es, a veces, la mejor opción política (al fin y al cabo, ésa era la posición de la Iglesia Católica hasta el 18 de julio de 1936). Así se podría haber evitado la guerra, al menos en ese momento. Tal vez el Frente Popular se habría partido o las condiciones podrían haber mejorado. O, tal vez, dada la naturaleza de la izquierda, podíamos haber asistido a una Guerra Civil bastante distinta.
P.- Sin el asesinato de Calvo Sotelo, ¿se habría evitado el conflcito [sic] armado?
R.- Se podría haber evitado el Alzamiento, eso creo. Franco lo consideraba prematuro unos días antes. Nadie duda de que el asesinato fue el detonante.
P.- ¿Cuál fue la baza peor jugada de la República?
R.- El Gobierno de la República fue poco inteligente a la hora de poner a prueba el nivel de tolerancia de la derecha. En las sociedades humanas, hay siempre un nivel de tolerancia que se puede soportar sin contraatacar. Pero el Gobierno de la República sobrepasó ese límite. Debería haber reforzado la ley y la Constitución, y, sin embargo, no se hizo... Incluso después del asesinato de Calvo Sotelo, Casares Quiroga tuvo la ocasión de crear un gobierno de conciliación nacional, aunque sólo fuera para mantener la seguridad. Pero tanto Casares como Azaña y Largo Caballero creyeron que el conflicto era inevitable y, hasta cierto punto, lo instigaron porque estaban convencidos de que la rebelión militar no iría muy allá. Cometieron un grave error de cálculo.
P.- ¿Tuvo la República alguna opción real de ganar la guerra?
R.- La tuvo durante las seis u ocho primeras semanas. Pero las divisiones políticas y los errores militares frustraron esa capacidad. Uno de los tópicos de la guerra es que la fuerza militar de Franco era abrumadoramente superior. En ciertas fases de una guerra de desgaste, como lo fue la Guerra Civil española, hubo un claro desequilibrio, pero las diferencias no fueron tan grandes.
P.- Entonces, ¿por qué perdió realmente la República?
R.- Creo que el propio Negrín dio en el clavo cuando se refería a «las intrigas, celos y divisiones» que corrompieron la República, y también a «los errores y la irresponsabilidad» de los líderes, asumiendo su parte de culpa. Hablar a estas alturas de las guerras civiles que hubo dentro de la Guerra Civil resulta tal vez un tópico, pero está claro que las disensiones internas debilitaron tremendamente a la izquierda.
P.- Usted critica duramente la versión de la izquierda, pero no podemos olvidar que, durante 40 años, en España existió una sola versión de la guerra.
R.-Queda tan sólo un pequeña minoría de franquistas que consideran que Franco era maravilloso, pero incluso la opinión más conservadora acepta el hecho de que fue una dictadura que llevó a cabo un fiera represión. La derecha no idealiza el franquismo como la izquierda sigue idealizando el Frente Popular, con sus abusos e incluso sus prácticas terroristas. El debate en España no es sobre la izquierda frente a la derecha, sino sobre la necesidad de reconocer la realidad histórica de la guerra sin romantizarla.
P.- ¿Qué lección se puede extraer finalmente de la Guerra Civil?
R.- Una muy simple: respetar las reglas del juego democrático. Y sirve igual para los dos bandos, estén en el poder o en la oposición. Creo que los españoles aplicaron muy bien esa lección durante la Transición. Lo que no tiene sentido es reabrir la Transición a estas alturas.
Stanley G. Payne: la «culpabilidad» no asumida de la izquierda en la Guerra Civil. En ¿Por qué la República perdió la guerra?.
CARLOS FRESNEDA / Nueva York
«La izquierda utiliza la Guerra Civil por su rentabilidad política»
El hispanista Stanley G. Payne (Denton, Texas, 1934) vuelve al ruedo político con un argumento que amenaza con levantar ampollas: la «culpabilidad» no asumida de la izquierda en la Guerra Civil. En ¿Por qué la República perdió la guerra? (Espasa), Payne pone al día la vieja tesis y carga las tintas en la responsabilidad del Partido Socialista y de líderes como Santiago Carrillo. En su opinión, la derecha asumió hace tiempo los abusos del franquismo, pero desde la izquierda se sigue teniendo «una visión romántica» y se utiliza incluso la Guerra Civil por «rentabilidad política».
Pregunta.- Su libro llega en un momento crispado y crítico en España. ¿Qué le parece la decisión del Consejo General del Poder Judicial de suspender a Baltasar Garzón por su investigación sobre las desapariciones del franquismo?
Respuesta.- Una de las mayores debilidades de España es la politización de su sistema judicial. Las actividades de Garzón han estado muy determinadas por la política. En lo que se refiere a la «amnistía», siempre ha medido por un rasero muy distinto a la izquierda y a la derecha. En vez de ser un juez imparcial que se atiene a la ley, Garzón ha sido muy frecuentemente el «antijuez», preocupado, sobre todo, por la publicidad y por la política.
P.- Lo cierto es que el caso Garzón, y no hace mucho la Ley de Memoria Histórica, han vuelto a poner la Guerra Civil al rojo vivo. ¿Reviven los viejos fantasmas?
R.- No creo que el Gobierno pretenda revivir la Guerra Civil, sería exagerado decir eso. Lo que Zapatero está intentando en todo caso es rentabilizar la Guerra Civil, sacarle partido político. A mí me parece, sobre todo, una maniobra para estigmatizar históricamente a la derecha y, por extensión, al PP.
P.- En su libro, asegura que el PSOE fue uno de los principales obstáculos para la democracia antes y durante la Guerra Civil. ¿No es una acusación demasiado fuerte?
R.- A los hechos me remito. Está claro que las graves contradicciones internas y las tensiones entre las facciones de Besteiro, Prieto y Largo Caballero ayudaron mucho a que las cosas fueran mal en la República. Indalecio Prieto hizo una pequeña autocrítica, pero el Partido Socialista -y la izquierda en su conjunto- no ha hecho una examen autocrítico de sus errores.
P.- Usted acusa también a Santiago Carrillo de ser uno de los pocos extremistas que en realidad quería la guerra...
R.- Es cierto. Conviene recordar que Carrillo no fue un demócrata hasta 1977. Sus discursos en las Juventudes Comunistas eran muy radicales; de alguna manera, estaba esperando la llegada de la guerra, como tantos extremistas. El Carrillo de la Transición actuó de un modo muy responsable, pero en los últimos años ha vuelto a la vieja retórica de la izquierda y mantiene una posición muy sectaria.
P.- Parece que está exculpando usted a la extrema derecha.
R.- Los dos extremos estaban deseando y provocando la guerra civil. La extrema izquierda y la extrema derecha pensaban que iba a ser un conflicto rápido y que iba a culminar con la victoria. La sociedad española no estaba, en realidad, tan polarizada; lo que se había polarizado era el activismo radical. La radicalización de las minorías fue letal y acabó contagiando a todo el sistema y a los líderes políticos, que permitieron que el país se encaminase hacia un proceso revolucionario violento.
P.- Hasta ahora, hemos cargado las tintas sobre la izquierda, pero díganos, ¿qué podría haber hecho la derecha para evitar la Guerra Civil?
R.- Lo que podría haber hecho la derecha es, en el fondo, muy simple: someterse a todos los abusos de la izquierda. Someterse a la persecución es, a veces, la mejor opción política (al fin y al cabo, ésa era la posición de la Iglesia Católica hasta el 18 de julio de 1936). Así se podría haber evitado la guerra, al menos en ese momento. Tal vez el Frente Popular se habría partido o las condiciones podrían haber mejorado. O, tal vez, dada la naturaleza de la izquierda, podíamos haber asistido a una Guerra Civil bastante distinta.
P.- Sin el asesinato de Calvo Sotelo, ¿se habría evitado el conflcito [sic] armado?
R.- Se podría haber evitado el Alzamiento, eso creo. Franco lo consideraba prematuro unos días antes. Nadie duda de que el asesinato fue el detonante.
P.- ¿Cuál fue la baza peor jugada de la República?
R.- El Gobierno de la República fue poco inteligente a la hora de poner a prueba el nivel de tolerancia de la derecha. En las sociedades humanas, hay siempre un nivel de tolerancia que se puede soportar sin contraatacar. Pero el Gobierno de la República sobrepasó ese límite. Debería haber reforzado la ley y la Constitución, y, sin embargo, no se hizo... Incluso después del asesinato de Calvo Sotelo, Casares Quiroga tuvo la ocasión de crear un gobierno de conciliación nacional, aunque sólo fuera para mantener la seguridad. Pero tanto Casares como Azaña y Largo Caballero creyeron que el conflicto era inevitable y, hasta cierto punto, lo instigaron porque estaban convencidos de que la rebelión militar no iría muy allá. Cometieron un grave error de cálculo.
P.- ¿Tuvo la República alguna opción real de ganar la guerra?
R.- La tuvo durante las seis u ocho primeras semanas. Pero las divisiones políticas y los errores militares frustraron esa capacidad. Uno de los tópicos de la guerra es que la fuerza militar de Franco era abrumadoramente superior. En ciertas fases de una guerra de desgaste, como lo fue la Guerra Civil española, hubo un claro desequilibrio, pero las diferencias no fueron tan grandes.
P.- Entonces, ¿por qué perdió realmente la República?
R.- Creo que el propio Negrín dio en el clavo cuando se refería a «las intrigas, celos y divisiones» que corrompieron la República, y también a «los errores y la irresponsabilidad» de los líderes, asumiendo su parte de culpa. Hablar a estas alturas de las guerras civiles que hubo dentro de la Guerra Civil resulta tal vez un tópico, pero está claro que las disensiones internas debilitaron tremendamente a la izquierda.
P.- Usted critica duramente la versión de la izquierda, pero no podemos olvidar que, durante 40 años, en España existió una sola versión de la guerra.
R.-Queda tan sólo un pequeña minoría de franquistas que consideran que Franco era maravilloso, pero incluso la opinión más conservadora acepta el hecho de que fue una dictadura que llevó a cabo un fiera represión. La derecha no idealiza el franquismo como la izquierda sigue idealizando el Frente Popular, con sus abusos e incluso sus prácticas terroristas. El debate en España no es sobre la izquierda frente a la derecha, sino sobre la necesidad de reconocer la realidad histórica de la guerra sin romantizarla.
P.- ¿Qué lección se puede extraer finalmente de la Guerra Civil?
R.- Una muy simple: respetar las reglas del juego democrático. Y sirve igual para los dos bandos, estén en el poder o en la oposición. Creo que los españoles aplicaron muy bien esa lección durante la Transición. Lo que no tiene sentido es reabrir la Transición a estas alturas.
lunes, 8 de marzo de 2010
Resumen de lo último sobre el caso Garzón - en inglés
De: Typically Spanish
Spanish Prime Minister criticised for publically supporting Judge Baltasar Garzón
By h.b. - Mar 8, 2010 - 6:49 PM
José Luis Rodríguez Zapatero praised the courage of the judge against ETA.
The General Council for Judicial Power, CGPJ, the body which oversees the judiciary in Spain, has called on the Prime Minister and other politicians to ‘respect’ its judicial independence.
The actual statement fails to name José Luis Rodríguez Zapatero in particular, but it comes after he spoke in support of National Court judge, Baltasar Garzón over the weekend, when the Prime Minister praised the courage of the judge against ETA.
It warns of an ‘unmerited delegitimizing effect’ of such comments made over recent days, as Garzón now faces three separate counts of perversion of the course of justice, and the CGPJ has to decide whether to temporarily suspend him.
Partido Popular leader, Mariano Rajoy, also accused Zapatero of putting pressure on the Supreme Court, and criticised the Prime Minister for not supporting Judge Eloy Velasco following the insults from Venezuela.
Meanwhile the Socialist Organisation Secretary, Leire Pajón, has said that it was ‘odious and repugnant’ that members of the Government and the State of Law was being questioned regarding the fight against ETA when, ‘fortunately’ that fight is ‘inflexible’.
Pajín also spoke in support of José María Aznar, saying it was unacceptable that Hugo Chávez, the Venezuelan President, had described Judge Eloy Velasco as being part of José María Aznar’s mafia. She demanded ‘absolute respect’ for both Judge Eloy Velasco and for Aznar.
Spanish Prime Minister criticised for publically supporting Judge Baltasar Garzón
By h.b. - Mar 8, 2010 - 6:49 PM
José Luis Rodríguez Zapatero praised the courage of the judge against ETA.
The General Council for Judicial Power, CGPJ, the body which oversees the judiciary in Spain, has called on the Prime Minister and other politicians to ‘respect’ its judicial independence.
The actual statement fails to name José Luis Rodríguez Zapatero in particular, but it comes after he spoke in support of National Court judge, Baltasar Garzón over the weekend, when the Prime Minister praised the courage of the judge against ETA.
It warns of an ‘unmerited delegitimizing effect’ of such comments made over recent days, as Garzón now faces three separate counts of perversion of the course of justice, and the CGPJ has to decide whether to temporarily suspend him.
Partido Popular leader, Mariano Rajoy, also accused Zapatero of putting pressure on the Supreme Court, and criticised the Prime Minister for not supporting Judge Eloy Velasco following the insults from Venezuela.
Meanwhile the Socialist Organisation Secretary, Leire Pajón, has said that it was ‘odious and repugnant’ that members of the Government and the State of Law was being questioned regarding the fight against ETA when, ‘fortunately’ that fight is ‘inflexible’.
Pajín also spoke in support of José María Aznar, saying it was unacceptable that Hugo Chávez, the Venezuelan President, had described Judge Eloy Velasco as being part of José María Aznar’s mafia. She demanded ‘absolute respect’ for both Judge Eloy Velasco and for Aznar.
viernes, 14 de agosto de 2009
El uso excesivo de la palabra "dictadura"
Hace poco en este blog escribí de la presencia de términos relacionados con la dictadura - "estado policial" (María Dolores de Cospedal), "franquista" (Eduardo Madina) -- en el discurso político actual, sobre todo cuando se quiere acusar a políticos del campo opuesto de no cumplir con sus puestos, y cuando el partido de uno está bajo la lupa. A veces el uso de esta terminología es implícita, otras, más explícita, pero no se puede negar que está allí. Llamarle a alguien "franquista" o insinuar que alguien es "dictador/a" se ha vuelto común en la sociedad de hoy --- son insultos fáciles de soltar, y casi nunca se analizan profundamente. La proliferación de términos así, una vez cargados de significado, ha resultado en su banalización total. Lo interesante es que ahora sea la derecha que no se corta, llamándole a Zapatero "dictador" en un intento más para desviar la atención mediática del público más allá de los problemas del PP. Aquí pongo unos ejemplos, sacados de las noticias de esta semana pasada.
En Estados Unidos hay los que se empeñan en categorizarle a Obama como "fascista" e incluso "nazi." Por supuesto en la era de Bush había quienes le llamaban "fascista" también. Pero me pregunto cómo será oír tales palabras -- en boca del PP o del PSOE -- en un país que realmente sufrió una dictadura. ¿Tendrán aún más peso lingüístico? ¿O es que no importan para nada, porque han perdido casi todo su valor? Me interesa saber qué opináis, así que por favor, no dudéis en comentar aquí este asunto.
1. Arenas sube la tensión y sostiene que España sufre una dictadura
En este artículo, Javier Arenas, el vicesecretario de Política Autonómica del PP, explica que "solamente en las dictaduras, en los regímenes no democráticos se persigue a la oposición con policías y fiscales" (subrayado mío). Otra vez, se le acusa a ZP de "estar atentando contra el espíritu de la Transición." La memoria sagrada de la Transición y sus padres fundadores se cita para recordar a la gente, otra vez, de una "democracia [que] está en peligro" (en palabras de Cospedal el otro día, "en grave riesgo")
fuente: Público
fecha: 12.8.09
2. Mato: 'Zapatero es la persona más dictatorial del mundo'
fuente: Público (publicado originalmente en Europa Press)
fecha: 14.8.09
Como reza el título. Para Mato, Zapatero "se ha apropiado del poder y parece que tiene un poder absoluto sobre todo".
En Estados Unidos hay los que se empeñan en categorizarle a Obama como "fascista" e incluso "nazi." Por supuesto en la era de Bush había quienes le llamaban "fascista" también. Pero me pregunto cómo será oír tales palabras -- en boca del PP o del PSOE -- en un país que realmente sufrió una dictadura. ¿Tendrán aún más peso lingüístico? ¿O es que no importan para nada, porque han perdido casi todo su valor? Me interesa saber qué opináis, así que por favor, no dudéis en comentar aquí este asunto.
miércoles, 3 de junio de 2009
"Zapatero es un rojo, lo ha dicho él." Tiempo de elecciones.
Justo antes de las elecciones (y poco después) en Estados Unidos la ultra derecha -- y la derecha -- hablaba de Obama marxista, Obama comunista, Obama socialista, muchas veces sin hacer ninguna distinción entre comunismo y socialismo, ni detenerse un segundo para explicar por qué merecía el candidato y luego, el Presidente, tal afiliación política. Y es que ni ellos mismos entienden las denominaciones; sin embargo, son perfectamente conscientes del peso de estos términos para gente de cierta edad. Resucitar el espectro de los años 50 y la era McCarthy era una manera en que los republicanos podían manchar la imagen popular de Obama. Hay que decir que lo último que está de moda es llamarle un "fascista," como se empeñan en hacer los de FOX y sus seguidores (¿cómo puede ser fascista y a la vez, marxista?), especialmente en los ridículos "tea parties" de hace unos meses.Desde luego los republicanos no son el PP ni vice-versa, pero a veces los dos tienen algunas semejanzas impresionantes. Decir "rojo" en España resucita la imagen que alimentó Franco durante años -- la de las "hordas marxistas," los monstruos, los comeniños, y los perdedores. Una vez más Esperanza Aguirre no se ha podido callar, diciendo ayer que Zapatero "es un rojo, lo ha dicho él, y está encantado en ese papel que tiene" (ver artículo aquí, de EFE). La idea es provocar asco, miedo o cualquier emoción negativa hacia el Presisdente (por supuesto, antes de las eleccciones), el que, según la Presidenta de la Comunidad de Madrid, "representa la izquierda más radical que hay en Europa." Probablemente, Aguirre también está reaccionando al comentario de Zapatero sobre el colega de ésta, Jaime Mayor Oreja, quien dijo que el franquismo fue una "época de placidez." Zapatero: "Su pensamiento nos retrotrae 30 o 40 años. No me extraña que dijera que el franquismo fue una época de placidez."
Respondiendo los comentarios de Aguirre, Jordi García-Soler, en El Plural, ha preguntado en un breve artículo de opinión: "¿Quiénes son, ahora y aquí, los 'azules? ¿Se sienten todavía orgullosos de serlo? ¿Se atreverán algún día a condenar el franquismo?" Sí, entiendo que El Plural es un periódico "progresista," como proclama en su web. Pero las preguntas del periodista no son irrelevantes. "Rojo," en boca de personas como Aguirre, anuncia su herencia, la del partido fundado por franquistas.
Lo cierto es que también ha habido casos de personas tachando de "franquista" a sus opositores. Que palabras como "rojo" y "facha" siguen flotando por allí, sobre todo entre políticos de izquierda y derecha en temporada de elecciones, significa que algo no se ha resuelto. Pero mientras que muchos llamados "rojos" ya han aceptado y hasta se han orgullecido de esta frase, así re-apropiándola de quienes la abusaron y la siguen usando mal, los "azules" (palabras de García-Soler) nunca pueden admitir que son herederos del franquismo (en caso de algunos, como Mayor Oreja, son franquistas, porque apoyan abiertamente la ideología franquista). Pongo herederos porque es esa "herencia" a la que se refiere Aguirre -- es la guerra de los nietos.
La estrategia de la derecha, con respecto a la memoria del pasado franquista, significa echar "más tierra sobre las fosas," como ha dicho Pep Juárez en otro contexto (el del caso de Garzón) en Rebelión. Decir "rojo," admitir querellas contra Garzón, incumplir la Ley de Memoria, decir que el franquismo fue una "época de placidez". . .son fórmulas para el olvido, para que el PP pueda empezar de cero, tabula rasa.
miércoles, 18 de marzo de 2009
Modificar la Ley de Memoria Histórica

No es una noticia tan impactante como la de que el Gobierno no asumirá las exhumaciones de las fosas, pero hubo otro intento de modificar la Ley de Memoria Histórica esta semana pasada. Esta vez la petición venía de los "populares." Maria Jesús Sainz, senadora "popular" de A Coruña, había propuesto que todos los descendientes de emigrantes españoles accedieran la nacionalidad española. Según la senadora, el lenguaje inscrito en el apartado de la ley de memoria (denominada la "Ley de Nietos") discriminaba políticamente en contra de otros hijos y nietos de emigrantes españoles. Ayer, el Senado ha rechazado su petición de revisar la Ley (leer artículo aquí).Para mí está claro que Sainz vio una oportunidad de ganar más apoyo político al extranjero. Aunque haya ganado su partido estas últimas elecciones en Galicia, ha sido el PSOE que ha ganado el voto exterior gallego. Puede que me equivoque, pero me parece que, hasta el momento, la mayoría de las quejas frente a la lay ha venido de la izquierda ideológica (este es tema para otro post). ¡Es de notar, en el caso de Sainz, que su partido ni siquiera votara a favor de la Ley (es verdad que el PP sí había votado a favor de ciertos artículos)! Entonces, ¿no será un poco absurdo que proponga una moción para modificarla, especialmente con un detalle como el que cita?
Sin duda la Ley de Memoria tiene muchos defectos. Será interesante ver cómo se evoluciona, y si en algún momento habrá cambios notables. La cuestión es quién corregirá los errores, y si es que sí, ¿cuándo? El hecho de que el Gobierno no va a asumir las exhumaciones parece ser mala señal.
¿Qué significaría depender del Estado en lo que se refiere a las exhumaciones? Desde mi perspectiva en España se puede hablar del movimiento (creo que a estas alturas se puede llamar así) de la recuperación de la memoria histórica como una labor principalmente "grassroots," la cual sólo dentro de los últimos años ha podido contar -- y sólo hasta cierto punto -- con el apoyo estatal. Decir que la labor de la memoria es "grassroots" significa que se ha iniciado desde la fuente, o desde la iniciativa que han tomado los individuos y comunidades afectados. Es decir, el estado de la memoria en España hoy se debe mucho, si no todo, al esfuerzo de familiares valientes que han decidido hablar públicamente, buscar a sus seres queridos, asistir a manifestaciones, firmar peticiones, revisar los archivos, etc. Por supuesto también hay que reconocer a los historiadores, antropólogos forenses, profesores, escritores, blogueros y demás que han ayudado a difundir el tema, cuando parecía que no había quien lo quisiera tratar.
He intentado pensar en una buena traducción para "grassroots" (lit. "raíces de la hierba") pero lo único que encuentro en el diccionario español-inglés es "las bases," algo que para mí sencillamente no sugiere lo mismo que su compañero inglés. En inglés "grassroots" lo dice todo: algo que crece de la tierra, pero que sigue con las raíces firmemente plantadas bajo el suelo. Simboliza un contacto físico, elemental, desde cerca y desde el origen. Lejos, en otras palabras, de grandes empresas, políticos corruptos, la burocracia, y el papeleo.
Es importante entender y enfatizar el papel de la participación civil en el proceso de la recuperación de la memoria histórica, pero al mismo tiempo, se debe considerar lo que implica del estado democrático tal participación. Es decir, ¿qué dice de la democracia española que la labor de las exhumaciones la tienen que asumir organizaciones como la ARMH e incluso otros grupos menos conocidos, o que dichas organizaciones siguen teniendo que depender de voluntarios? ¿O que se tiene que parar una exhumación por una falta de fondos?
El PSOE apuntó la semana pasada en su rechazo que "el Ministerio de Presidencia ha entregado casi diez millones de euros para 'proyectos y actividades relacionados con las víctimas' (ver artículo en Público). ¿Es una cuestión de dinero, entonces, o algo más? Estas dos primeras oraciones del artículo citado antes lo explican en estos términos: "El Gobierno no está dispuesto a organizar y costear de manera directa y rápida la búsqueda e identificación de los restos de las víctimas del franquismo que permanecen en fosas comunes. Tampoco está por la labor de compensar económicamente a las familias republicanas a las que Franco expolió sus ahorros." ¿Piensa el Gobierno que ya hizo lo suficiente al proponer y aprobar la Ley? Parecería que sí.
Sigue habiendo tensión entre la memoria personal o privada y la colectiva porque el Estado no ha delineado bien su papel. El preámbulo de la ley dice: "No es tarea del legislador implantar una determinada memoria colectiva. Pero sí es deber del legislador, y cometido de la ley, reparar a las víctimas, consagrar y proteger, con el máximo vigor normativo, el derecho a la memoria personal y familiar como expresión de plena ciudadanía democrática. . ." Como si respondiera directamente a estas líneas, Georgina Blakeley, autora de un análisis reciente de la ley, explica, "While a state guarantee of the individual right to private memory is unnecessary, a state guarantee of the collective right to public memory is" (16). Está bien que la Ley mencione la importancia de la memoria privada o familiar, pero estoy de acuerdo con Blakeley en que la ley parece seguir negándose a entender la memoria como un asunto colectivo, que es lo que más hace falta todavía.
¿Por qué reconocer el trauma de la guerra civil y el franquismo tiene que ser equivalente a "implantar una determinada memoria"? La memoria colectiva no significa que todos tengan la misma memoria del pasado, sino que, como explica Jo Labanyi, "the shared (and contested) understandings of the past that comprise it do connect individuals with the past, and are transmitted across generations in the same way that private memories are" (121-22). Y, hablando de generaciones, cuando se trasmita la trayectoria de la memoria histórica en España, ¿qué podrá decirse del papel de este gobierno democrático? Esta es una pregunta importante para una democracia joven. Ha sido un logro importante establecer la ley 52/2007. Pero esta ley, y todo lo que representa, tiene mucho que perder o ganar, ya que, de acuerdo a Blakeley, tiene la capacidad de mejorar la imagen del Estado desde la perspectiva de su pueblo: "the Law of Historical Memory is perhaps at its most useful in aiding the State to restore its own reputation as a faithful representative of the people" (16).
sábado, 28 de febrero de 2009
El abuelo republicano
El militar que delató al abuelo de Zapatero conserva su calle
El Ayuntamiento de León estudia retirar ese honor al general Vicente Lafuente
DIEGO BARCALA - MADRID - 01/03/2009 08:00 Público.es
El 18 de julio de 1948 fue un día de fiesta en León. Aquel domingo, todo estuvo preparado para que el gobernador civil, Carlos Arias Navarro, celebrara el aniversario del Glorioso Alzamiento y homenajeara con una calle a su mayor "paladín" (según las crónicas de la época) en la ciudad, el general Vicente Lafuente. La calle del General Lafuente sigue en su sitio 51 años después, en honor al militar que traicionó a su ayudante, el capitán Juan Rodríguez Lozano, abuelo del actual presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. El Ayuntamiento, que desconocía el origen de la calle, ha confirmado a Público que cambiará su nombre durante el actual mandato.
"Trinchera del capitán Rodríguez Lozano. Miliciano apunta bien y defiende la República", recuerda una pintada en el monte Aralla (León) del 16 de septiembre de 1936. "Me la sé de memoria", afirma Juan Rodríguez, de 82 años, que recuerda la vida de su padre fusilado como si la viera todas las mañanas. El padre de José Luis Rodríguez Zapatero, habla con orgullo de su progenitor, muerto junto a una tapia el 22 de agosto de 1936, cuando él tenía nueve años. "Era un gran militar, de mucho prestigio y honrado. Tenía el honor de los hombres de la República que ahora se desconoce", describe.
Vicente Lafuente era coronel en 1936. Las pocas fotos que se conservan de este personaje muestran a un militar serio, de cara redonda, calva incipiente, nariz aguileña y fino bigote. Su imagen recuerda mucho a la de Francisco Franco. Su papel en la represión de León le valió el ascenso a general y la ciudad lo conmemoró con una calle. "La verdad es que desconocíamos quién era el tal general Lafuente. Para comprobarlo ha habido que rebuscar en los archivos municipales", reconoce el concejal socialista del Ayuntamiento de León Iván García del Blanco.
El hijo del capitán Lozano sí sabía que la calle homenajeaba al hombre a quien su madre siempre culpó de la detención del abuelo del presidente. "Mi madre conocía al coronel Lafuente, era un matrimonio que había venido a casa a tomar café. Siempre decía que le tenía que haber avisado de la conspiración. Era su ayudante y nunca le dijeron nada. Estábamos en un pueblo cerca de León, en casa de un tío mío, cuando le llamó para que fuera al cuartel. Mi padre tranquilizó a mi madre y le dijo: No te preocupes, que voy y esto se arregla. Es lógico que no le dijeran nada, porque un hombre como él jamás habría apoyado un golpe", recuerda.
La memoria de Juan Rodríguez permanece intacta. Y su compromiso por recuperar el buen nombre de su padre, también. "Las generaciones de ahora desconocen qué fue aquello. Mi hijo José Luis, que lógicamente conoce la historia, no entiende esta situación con tanto vigor como yo. Fue un milagro que mi madre saliera adelante sola y consiguiera que estudiáramos y prosperásemos. Era una época en la que estábamos marcados. Los hijos de rojos eran rechazados de las oposiciones e incluso de las milicias universitarias. ¿Cómo iban a dar pistolas a los hijos de los represaliados?", rememora.
El prestigio del capitán Lozano entre la tropa se basaba en su compromiso por culturizar a la clase militar. Durante 12 años ejerció de profesor en los cuarteles. En una carta que escribió en 1934 al director del periódico El Socialista, reitera su compromiso "socialista" y define con claridad su apoyo a las ideas republicanas, en favor de "una Humanidad mejor, de una más justa y más científica organización social".
Esa carta fue intervenida en la sede del periódico en Madrid, a raíz de la revolución minera de Asturias, lo que le supuso una denuncia en la que su jefe, el coronel Lafuente, declaró que su subordinado profesaba "ideas socialistas" impropias para un militar. El general Bosch va más lejos y recomienda que sea apartado por "su influencia en la tropa". El capitán acaba viendo reducida su paga como castigo y no llega a recuperar su sueldo hasta un mes antes del golpe. Para entonces, su nombre ya estaba en la lista negra.
El 18 de agosto de 1936, a las seis de la mañana, fue fusilado en el polígono de Puente Castro, en León, junto a otros cinco detenidos, según las investigaciones del historiador Javier Rodríguez. Pocas horas antes, el capitán, que en ese momento tenía 42 años, tuvo serenidad y sangre fría suficientes en su celda de la cárcel de San Marcos para escribir su testamento. En su punto sexto, el capitán escribió "a mano" a la espera de que llegara el notario el siguiente deseo: "Que cuando sea oportuno se vindique su nombre y se proclame que no fue traidor a su Patria y que su credo consistió siempre en su ansia infinita de paz, el amor al bien y el mejoramiento social de los humildes".
Intelectualidad y socialismo, tal y como reivindica el padre del presidente: "Persiguieron la cultura y el magisterio. Aplicaron ni más ni menos que el viva la muerte para provocar el pánico. Aquello fue un exterminio contra la gente culta".
El Ayuntamiento de León estudia retirar ese honor al general Vicente Lafuente
DIEGO BARCALA - MADRID - 01/03/2009 08:00 Público.es
El 18 de julio de 1948 fue un día de fiesta en León. Aquel domingo, todo estuvo preparado para que el gobernador civil, Carlos Arias Navarro, celebrara el aniversario del Glorioso Alzamiento y homenajeara con una calle a su mayor "paladín" (según las crónicas de la época) en la ciudad, el general Vicente Lafuente. La calle del General Lafuente sigue en su sitio 51 años después, en honor al militar que traicionó a su ayudante, el capitán Juan Rodríguez Lozano, abuelo del actual presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. El Ayuntamiento, que desconocía el origen de la calle, ha confirmado a Público que cambiará su nombre durante el actual mandato.
"Trinchera del capitán Rodríguez Lozano. Miliciano apunta bien y defiende la República", recuerda una pintada en el monte Aralla (León) del 16 de septiembre de 1936. "Me la sé de memoria", afirma Juan Rodríguez, de 82 años, que recuerda la vida de su padre fusilado como si la viera todas las mañanas. El padre de José Luis Rodríguez Zapatero, habla con orgullo de su progenitor, muerto junto a una tapia el 22 de agosto de 1936, cuando él tenía nueve años. "Era un gran militar, de mucho prestigio y honrado. Tenía el honor de los hombres de la República que ahora se desconoce", describe.
Vicente Lafuente era coronel en 1936. Las pocas fotos que se conservan de este personaje muestran a un militar serio, de cara redonda, calva incipiente, nariz aguileña y fino bigote. Su imagen recuerda mucho a la de Francisco Franco. Su papel en la represión de León le valió el ascenso a general y la ciudad lo conmemoró con una calle. "La verdad es que desconocíamos quién era el tal general Lafuente. Para comprobarlo ha habido que rebuscar en los archivos municipales", reconoce el concejal socialista del Ayuntamiento de León Iván García del Blanco.
El hijo del capitán Lozano sí sabía que la calle homenajeaba al hombre a quien su madre siempre culpó de la detención del abuelo del presidente. "Mi madre conocía al coronel Lafuente, era un matrimonio que había venido a casa a tomar café. Siempre decía que le tenía que haber avisado de la conspiración. Era su ayudante y nunca le dijeron nada. Estábamos en un pueblo cerca de León, en casa de un tío mío, cuando le llamó para que fuera al cuartel. Mi padre tranquilizó a mi madre y le dijo: No te preocupes, que voy y esto se arregla. Es lógico que no le dijeran nada, porque un hombre como él jamás habría apoyado un golpe", recuerda.
La memoria de Juan Rodríguez permanece intacta. Y su compromiso por recuperar el buen nombre de su padre, también. "Las generaciones de ahora desconocen qué fue aquello. Mi hijo José Luis, que lógicamente conoce la historia, no entiende esta situación con tanto vigor como yo. Fue un milagro que mi madre saliera adelante sola y consiguiera que estudiáramos y prosperásemos. Era una época en la que estábamos marcados. Los hijos de rojos eran rechazados de las oposiciones e incluso de las milicias universitarias. ¿Cómo iban a dar pistolas a los hijos de los represaliados?", rememora.
El prestigio del capitán Lozano entre la tropa se basaba en su compromiso por culturizar a la clase militar. Durante 12 años ejerció de profesor en los cuarteles. En una carta que escribió en 1934 al director del periódico El Socialista, reitera su compromiso "socialista" y define con claridad su apoyo a las ideas republicanas, en favor de "una Humanidad mejor, de una más justa y más científica organización social".
Esa carta fue intervenida en la sede del periódico en Madrid, a raíz de la revolución minera de Asturias, lo que le supuso una denuncia en la que su jefe, el coronel Lafuente, declaró que su subordinado profesaba "ideas socialistas" impropias para un militar. El general Bosch va más lejos y recomienda que sea apartado por "su influencia en la tropa". El capitán acaba viendo reducida su paga como castigo y no llega a recuperar su sueldo hasta un mes antes del golpe. Para entonces, su nombre ya estaba en la lista negra.
El 18 de agosto de 1936, a las seis de la mañana, fue fusilado en el polígono de Puente Castro, en León, junto a otros cinco detenidos, según las investigaciones del historiador Javier Rodríguez. Pocas horas antes, el capitán, que en ese momento tenía 42 años, tuvo serenidad y sangre fría suficientes en su celda de la cárcel de San Marcos para escribir su testamento. En su punto sexto, el capitán escribió "a mano" a la espera de que llegara el notario el siguiente deseo: "Que cuando sea oportuno se vindique su nombre y se proclame que no fue traidor a su Patria y que su credo consistió siempre en su ansia infinita de paz, el amor al bien y el mejoramiento social de los humildes".
Intelectualidad y socialismo, tal y como reivindica el padre del presidente: "Persiguieron la cultura y el magisterio. Aplicaron ni más ni menos que el viva la muerte para provocar el pánico. Aquello fue un exterminio contra la gente culta".
miércoles, 14 de enero de 2009
"Los antepasados" de Maite Pagazaurtundúa
Cuando los muertos hablan.
Me encantan las bibliotecas - el silencio, y ese
olor que producen los libros viejos. Aún más, me gusta vagar por las estanterías, buscando el libro exacto para estimular mis ideas, o abrir mi pensamiento a la razón o a la duda. Suelo descubrir lo que quiero leer al buscar el título de otro libro que no tiene nada que ver con el que intentaba encontrar. Aunque a veces me quejaba de ella cuando no encontraba lo que necesitaba, ahora echo de menos aquella biblioteca enorme de mis estudios de doctorado, cuyos donantes bien dotados la llenaban siempre de nuevos libros inesperados. No es exactamente lo mismo, pero viviendo donde vivo ahora también me da acceso a una biblioteca universitaria cercana, y desde hace meses voy allí para sacar lo último o tropezarme con algo un poco más fuera del radar. Fue así como descubrí El viudo sensible y otros relatos, de Maite Pagazaurtundúa.
De este libro me llamó la atención el hecho de que eran relatos, algo que no tardaría mucho en leer. Me encanta la novela, pero durante el semestre típicamente leo relatos y poesía por la cuestión del tiempo. No me gusta dejar abandonada una novela de la que sólo he leído la mitad para retomarla después.
Lamentablemente, de la "literatura vasca" sé muy poco, excepto por lo que he leído de Bernardo Atxaga. Cuando me puse a investigar sobre la autora de El viudo sensible, me enteré de que a su hermano Joxeba, un sargento de la Guardia Municipal de Andoain, lo había fusilado ETA en 2003. También, que ella ayudó a fundar ¡Basta ya!, y que, además de ser filóloga, es ahora Presidenta de la FVT (Fundación de Víctimas del Terrorismo).
Hay que admitir que el relato que más me atrajo de El viudo sensible y otros relatos era "Los antepasados," una historia sobre los fantasmas de la guerra civil que habitan una playa en San Sebastián, y la primera obra de ficción que he leído que alude a la recuperación de la memoria histórica en la actualidad.
Lo primero en que pensé al empezar a leer este relato fue que me recordó temáticamente uno de Javier Marías por la cuestión de fantasmas que narran (ver "Cuando fui mortal," en el libro homónimo, 1996). Pero aquí, a diferencia del relato de Marías, se mantiene un diálogo de fantasmas, que recién se han despertado de un largo silencio, como explica el narrador, un preso fusilado en la cárcel de Ondarreta el 16 de noviembre de 1936: "Por fin pude dormirme. Necesitaba pensar que las voces y los murmullos de los presos desaparecían también. Y los tiros. Y la miseria. Estuve adormilado mucho tiempo" (170).
Como muchas otras obras contemporáneas sobre la GCE y el franquismo, el relato de Pagazaurtundúa mezcla elementos de la realidad histórica de la época con los ficticios. La cárcel Ondarreta era una cárcel en San Sebastián, demolida a fines de los años 40. Según un artículo de Mikel G. Gurpegui en El Diario Vasco, "sus cimientas aún asoman entre las arenas." La autora de "Los antepasados" ha incorporado un detalle similar en su relato, cuando el narrador ex-preso nos cuenta, "Tal vez sentía de forma vaga el rumor de las olas que azotaban mis piedras enterradas bajo la arena. Tal vez lo sentía, y tal vez me influía, pero no puedo dar fe de ello. Tal vez pasó como en el sueño del coma cerebral, pero era distinto, lógicamente" (170). Aunque estos fantasmas de la guerra han estado "dormidos" (léase olvidados, o mejor dicho, aún no "recuperados" de la historia), ahora parece que algo los ha resucitado (pero resucitado no, ya que nunca estaban del todo muertos - algo los ha revivido o despertado) y los está llamando para convocarse. Es así que el narrador y ex-preso Blas Blanco se encuentra con el ex-capitán socialista Juan Rodríguez Lozano, nadie menos que el abuelo del Presidente del gobierno, fusilado el 20 de agosto de 1936, igual que relata "Los antepasados" (aunque sin mencionar un segundo que esta figura se relaciona con ZP).
Además de estos hombres, se juntan otros personajes fantasmas, como Joxepa y Juana, la esposa de Blas, que está esperando que él la encuentre: "Estoy muy atenta, porque a lo mejor con los ecos de las voces encuentra el camino. Lo espero desde que llegué. Pasé muchos años sin recordarlo y me parecía un sueño que hubiese parido una hija suya, ya ves qué olvidado lo llegué a tener" (172).
¿Qué son las "voces" a las que se refieren los personajes de "Los antepasados"? ¿A quiénes pertenecen? Hay evidencia de que son de los descendientes de los fusilados. Cuando conversan Blas y Juana, él le habla de lo que ha oído: "la voz contaba nuestra historia sin desgarro, como un relato antiguo" (178). Juana teoriza entonces que la voz es de "tu nieto Iñaki y sus crías" (179) y le cuenta a su marido cómo la hija de ambos pudo transmitir a sus cinco hijos la historia de sus abuelos.
Creo que la voz que oye Blas no es necesariamente singular, porque también tiene en cuenta una colectividad; "Los antepasados" alude a los actos de homenaje que recuerdan a los muertos de la GCE. Por ejemplo, Juana le comenta a Blas, "yo sabía que mi memoria era muy débil pero empecé a echarte de menos cuando llegué aquí y no quise perder los sentidos, por eso, por esperarte, y cuando escuché el homenaje bastante cerca de este nicho algo acerté a ver y cuando comprobé que te recordaban hasta los políticos, en voz alta, el día 14 de abril y con megáfono, imaginé que te llegaría el eco, con el viento. . ." (179).
Uno de los elementos más interesantes de "Los antepasados" - y de este libro en particular - es la inclusión de una "contrahistoria"al final de cada relato. En "Los antepasados" se puede leer la contrahistoria como una nota medio auto-reflexiva de la autora, "la mujer [que] envió a su paciente editora madrileña la historia que le confiaron las almas de aquella cárcel varada en la playa" (180). En la contrahistoria se narra también un extraño suceso - la "preocupante falta de arena en las playas donostiarras" (180), que preocupa por las implicaciones para el turismo a la zona. En "La contrahistoria" otra persona narra -- alguien que no estuvo presente antes, cuando hablaban los fantasmas. Es 2004, y este narrador resume las noticias televisivas sobre la arena escasa; parece que sólo él (¿ella?) entiende las razones tras esta desaparición o perturbación de la playa: "La mujer sonrió ante la ignorancia de los periodistas y políticos locales. No sabían que los niños y las mareas los habían despertado. A Blas, a Josefa, a tantos otros" (181).
La contrahistoria, en el sentido foucauldiano, es recuperar y re-escribir la historia desde el punto de vista de los "vencidos," y ese es el efecto de "Los antepasados." Pero no por eso significa que la historia se contenga dentro del pasado. Esta es una historia literalmente construida por sobre el pasado, que mira hacia el futuro. Los muertos empiezan a hablar cuando los vivos los reconocen e identifican como suyos, cuando los vivos tienen la necesidad de preguntar por ellos. Aquí, "Los antepasados" no se refiere a los antepasados particulares de una sola familia, sino a esa colectividad humana de la que descendemos todos.
Me encantan las bibliotecas - el silencio, y ese
olor que producen los libros viejos. Aún más, me gusta vagar por las estanterías, buscando el libro exacto para estimular mis ideas, o abrir mi pensamiento a la razón o a la duda. Suelo descubrir lo que quiero leer al buscar el título de otro libro que no tiene nada que ver con el que intentaba encontrar. Aunque a veces me quejaba de ella cuando no encontraba lo que necesitaba, ahora echo de menos aquella biblioteca enorme de mis estudios de doctorado, cuyos donantes bien dotados la llenaban siempre de nuevos libros inesperados. No es exactamente lo mismo, pero viviendo donde vivo ahora también me da acceso a una biblioteca universitaria cercana, y desde hace meses voy allí para sacar lo último o tropezarme con algo un poco más fuera del radar. Fue así como descubrí El viudo sensible y otros relatos, de Maite Pagazaurtundúa.(foto de la autora de Ernesto Agudo, ABC, 23.4.05)
De este libro me llamó la atención el hecho de que eran relatos, algo que no tardaría mucho en leer. Me encanta la novela, pero durante el semestre típicamente leo relatos y poesía por la cuestión del tiempo. No me gusta dejar abandonada una novela de la que sólo he leído la mitad para retomarla después.
Lamentablemente, de la "literatura vasca" sé muy poco, excepto por lo que he leído de Bernardo Atxaga. Cuando me puse a investigar sobre la autora de El viudo sensible, me enteré de que a su hermano Joxeba, un sargento de la Guardia Municipal de Andoain, lo había fusilado ETA en 2003. También, que ella ayudó a fundar ¡Basta ya!, y que, además de ser filóloga, es ahora Presidenta de la FVT (Fundación de Víctimas del Terrorismo).
Hay que admitir que el relato que más me atrajo de El viudo sensible y otros relatos era "Los antepasados," una historia sobre los fantasmas de la guerra civil que habitan una playa en San Sebastián, y la primera obra de ficción que he leído que alude a la recuperación de la memoria histórica en la actualidad.Lo primero en que pensé al empezar a leer este relato fue que me recordó temáticamente uno de Javier Marías por la cuestión de fantasmas que narran (ver "Cuando fui mortal," en el libro homónimo, 1996). Pero aquí, a diferencia del relato de Marías, se mantiene un diálogo de fantasmas, que recién se han despertado de un largo silencio, como explica el narrador, un preso fusilado en la cárcel de Ondarreta el 16 de noviembre de 1936: "Por fin pude dormirme. Necesitaba pensar que las voces y los murmullos de los presos desaparecían también. Y los tiros. Y la miseria. Estuve adormilado mucho tiempo" (170).
Como muchas otras obras contemporáneas sobre la GCE y el franquismo, el relato de Pagazaurtundúa mezcla elementos de la realidad histórica de la época con los ficticios. La cárcel Ondarreta era una cárcel en San Sebastián, demolida a fines de los años 40. Según un artículo de Mikel G. Gurpegui en El Diario Vasco, "sus cimientas aún asoman entre las arenas." La autora de "Los antepasados" ha incorporado un detalle similar en su relato, cuando el narrador ex-preso nos cuenta, "Tal vez sentía de forma vaga el rumor de las olas que azotaban mis piedras enterradas bajo la arena. Tal vez lo sentía, y tal vez me influía, pero no puedo dar fe de ello. Tal vez pasó como en el sueño del coma cerebral, pero era distinto, lógicamente" (170). Aunque estos fantasmas de la guerra han estado "dormidos" (léase olvidados, o mejor dicho, aún no "recuperados" de la historia), ahora parece que algo los ha resucitado (pero resucitado no, ya que nunca estaban del todo muertos - algo los ha revivido o despertado) y los está llamando para convocarse. Es así que el narrador y ex-preso Blas Blanco se encuentra con el ex-capitán socialista Juan Rodríguez Lozano, nadie menos que el abuelo del Presidente del gobierno, fusilado el 20 de agosto de 1936, igual que relata "Los antepasados" (aunque sin mencionar un segundo que esta figura se relaciona con ZP).
Además de estos hombres, se juntan otros personajes fantasmas, como Joxepa y Juana, la esposa de Blas, que está esperando que él la encuentre: "Estoy muy atenta, porque a lo mejor con los ecos de las voces encuentra el camino. Lo espero desde que llegué. Pasé muchos años sin recordarlo y me parecía un sueño que hubiese parido una hija suya, ya ves qué olvidado lo llegué a tener" (172).
¿Qué son las "voces" a las que se refieren los personajes de "Los antepasados"? ¿A quiénes pertenecen? Hay evidencia de que son de los descendientes de los fusilados. Cuando conversan Blas y Juana, él le habla de lo que ha oído: "la voz contaba nuestra historia sin desgarro, como un relato antiguo" (178). Juana teoriza entonces que la voz es de "tu nieto Iñaki y sus crías" (179) y le cuenta a su marido cómo la hija de ambos pudo transmitir a sus cinco hijos la historia de sus abuelos.
Creo que la voz que oye Blas no es necesariamente singular, porque también tiene en cuenta una colectividad; "Los antepasados" alude a los actos de homenaje que recuerdan a los muertos de la GCE. Por ejemplo, Juana le comenta a Blas, "yo sabía que mi memoria era muy débil pero empecé a echarte de menos cuando llegué aquí y no quise perder los sentidos, por eso, por esperarte, y cuando escuché el homenaje bastante cerca de este nicho algo acerté a ver y cuando comprobé que te recordaban hasta los políticos, en voz alta, el día 14 de abril y con megáfono, imaginé que te llegaría el eco, con el viento. . ." (179).
Uno de los elementos más interesantes de "Los antepasados" - y de este libro en particular - es la inclusión de una "contrahistoria"al final de cada relato. En "Los antepasados" se puede leer la contrahistoria como una nota medio auto-reflexiva de la autora, "la mujer [que] envió a su paciente editora madrileña la historia que le confiaron las almas de aquella cárcel varada en la playa" (180). En la contrahistoria se narra también un extraño suceso - la "preocupante falta de arena en las playas donostiarras" (180), que preocupa por las implicaciones para el turismo a la zona. En "La contrahistoria" otra persona narra -- alguien que no estuvo presente antes, cuando hablaban los fantasmas. Es 2004, y este narrador resume las noticias televisivas sobre la arena escasa; parece que sólo él (¿ella?) entiende las razones tras esta desaparición o perturbación de la playa: "La mujer sonrió ante la ignorancia de los periodistas y políticos locales. No sabían que los niños y las mareas los habían despertado. A Blas, a Josefa, a tantos otros" (181).
La contrahistoria, en el sentido foucauldiano, es recuperar y re-escribir la historia desde el punto de vista de los "vencidos," y ese es el efecto de "Los antepasados." Pero no por eso significa que la historia se contenga dentro del pasado. Esta es una historia literalmente construida por sobre el pasado, que mira hacia el futuro. Los muertos empiezan a hablar cuando los vivos los reconocen e identifican como suyos, cuando los vivos tienen la necesidad de preguntar por ellos. Aquí, "Los antepasados" no se refiere a los antepasados particulares de una sola familia, sino a esa colectividad humana de la que descendemos todos.
martes, 16 de diciembre de 2008
"Este absurdo que nadie les pedía:" El PP y la cuestión de las fosas
Una noticia de hoy, "El PP pide a Zapatero que no le 'endose' la apertura de fosas" (Natalia Junquera, El País, 16.12.08), me recordó el cómic de arriba, aunque apareciera hace más de un mes. Es posible que justo cuando había empezado a estudiar el tema de la memoria en España, me sorprendiera un poco lo que decía el PP sobre el pasado franquista (o, mejor dicho, lo que no decía). Ya no me extraña, pero me sigue molestando lo que leo.
Mariano Rajoy, el líder del PP, dijo ayer, hablando de la polémica de las fosas y de la posibilidad de que se transfiera el control de su apertura a las comunidades autónomas: "El Gobierno está cayendo en el esperpento y el ridículo. Es mejor que se ocupen Zapatero y De la Vega, ya que han sido ellos los que han propiciado este absurdo que nadie les pedía." Pero luego Rajoy parece contradecirse, cuando dice que ZP debe estar ocupándose de la crisis económica y no del asunto de las fosas. Encima, critica que la decisión de abrir las fosas pueda caer a las comunidades autonómas: "que ahora no intenten endosarle esto a los demás." ¿A quién desea Rajoy que maneje el asunto de las fosas, entonces? No es a Garzón, ni tampoco a las comunidades autonómas. Entonces, ¿quién? ¿Es posible que prefiera que desaparezca por completo el tema, o que sea tarea personal de las familias exhumar las fosas?
El PP alaba al juez Garzón cuando está persiguiendo a ETA o a malhechores en otros países. Pero cuando se trata de los crímenes del franquismo, luego es una cuestión aparte. Ahora que el juez se ha inhibido, el PP ha tenido que re-dirigir su atención a otra parte. Es un dado que todo, absolutamente todo lo que tiene que ver con la memoria del franquismo en la España actual, se tiene que burlar, criticar, juzgar, o borrar por el PP. Pensando en los orígenes del partido, se puede entender su postura. Teme que se re-escriba el pasado histórico. Pero que se critican los métodos de exhumar las fosas comunes, empleando la vieja excusa de la política, es grotesco e irreverente. Quizá lo que desea el PP es que la gente se enfoque en estos debates superficiales y se olvide de las historias humanas que están en juego. Porque son estas historias olvidadas - algunas anónimas, y otras, ya no - que van a ser escritas en libros de Historia donde antes no estaban.
sábado, 22 de noviembre de 2008
"20-N: los últimos días de Franco"


"La mayoría de los españoles ya ni nos acordamos de lo que era el 20-N," comentó el jueves 20-N José Luis Rodríguez Zapatero. Según ZP, la memoria y el olvido parecen ser una especie de elección personal: "'Los residuos que quedan (del franquismo) irán desapareciendo poco a poco; habrá gente con más disponibilidad a que eso suceda y otras con menos'" (citado en Colpisa). Son comentarios curiosos de un líder bajo cuya presidencia se ha aprobado la Ley de Memoria y que, hace sólo unas semanas, hablaba a favor del auto del juez Garzón. Puede que las críticas a ZP con respecto a la economía hayan hecho que responda con más cuidado todo lo relacionado con el discurso de la memoria histórica, especialmente cuando ciertos líderes del PP se han empeñado en señalar el "pasado violento" del PSOE.
Por ejemplo, el 19 de noviembre Esperanza Aguirre, la presidenta de la Comunidad y del PP de Madrid, recordó el asesinato de Calvo Sotelo, en lo que tiene que ser el acontecimiento más citado de la derecha en cuanto a los antecedentes de la GCE (con la Revolución de Asturias en segundo lugar). La "Espe" también criticó al PP que según ella, al decir que "'había que mirar hacia adelante, le ha hecho aparecer como franquista'" ("Aguirre: 'El PSOE sí tiene un pasado violento'").
Resulta interesante observar la manera en que los dos políticos, por lo menos en el contexto de estos comentarios, parecen querer deshacerse del pasado. Por su parte, ZP recuerda la influencia de la distancia temporal y las ganas que tiene (o no) la gente de proseguir más allá de las huellas del franquismo, mientras que para Aguirre, lo importante es apuntar que el otro "bando" es el que necesita disculparse.
Como para responder los comentarios de ZP, justo cuando parecía que este 20-N no se iba a recordar públicamente (aparte de unos falangistas dedicados), me enteré de"20-N: los últimos días de Franco," una peli hecha para televisión que se estrenó en Antena 3 el jueves. Según parece, el filme made for TV tuvo mucho éxito (tal vez más de lo esperado), "disparando sus datos hasta el 19.7%, lo que le permite dar batalla en el cuarto día de la semana por primera vez en mucho tiempo" ("Había interés por ver la muerte de Franco"). El éxito relativo de la peli realmente no es de extrañar, ya que presenciar la muerte de cualquier dictador es una obsesión frecuente. Sólo hay que pensar en la cantidad de libros que imaginan la muerte de Franco - o en todas las películas que han salido sobre los últimos días de Hitler.

El tratamiento repetido de la agonía de Franco es intrigante, pero ya se ha escrito mucho en un nivel crítico y teórico sobre esta cuestión, y sobre la manera en que tales representaciones pueden ser síntomas de un deseo de matar simbólicamente a esta figura. No es mi intención demorarme en este asunto aquí.
Sin embargo, sí quería mencionar a Manuel Alexandre, el actor que desempeña el papel de Franco (el que, a mi parecer, a veces se ve más como Pinochet que Franco). Es muy interesante que parte de la peli se filmara en el Pardo (en el dormitorio y el comedor del dictador, entre otros lugares); así, las escenas están impregnadas, como nos explica el director, de una "autenticidad" y un "realismo." Aún así, la perspectiva de Alexandre sobre el pasado franquista es, según el actor, sumamente "apolítica," característica que tal vez fue necesario para que Alexandre pudiera encarnar de forma más auténtica a Franco (ver "Vea un adelanto de. . ."):
"Ni tengo pasado ni recuerdo nada de él. El 1 de julio de 1940 decidí borrar para siempre de mi cabeza la política de este país. Desde entonces soy radicalmente apolítico", explica a El Mundo si se le pregunta por sus recuerdos del franquismo.Por un lado, se puede entender, apreciar y respetar la postura de Alexandre. Pero por otro lado se puede leer los comentarios como evidencia de que, a pesar de lo que piensa ZP, no es verdad que "la mayoría de los españoles" no se acuerde "de lo que era el 20-N." ¿Para quién -- y a quién está hablando ZP cuando dice esto? Es obvio que sigue interesando el tema de la muerte de Franco. ¿Es porque ya no hay recuerdos de aquella fecha (y así, ganas de "recordarla" o imaginarla) o porque hay espectadores que buscan que los actores confirmen la historia que piensan conocer ya? O, ¿puede ser que, después de tantas representaciones, lo que se busca es olvidar por medio de una versión definitiva que, como promete Antena 3, va a contestar las preguntas que aún tienen los espectadores sobre la muerte de Franco?
Sobre aquella época, el actor asegura que "Me repugnaban los unos y los otros. Iba a un pueblo y me decían que los fascistas habían matado a 200 y yo decía: 'Qué hijos de puta'; iba a otro pueblo y me decían que allí los rojos habían matado a otros 200 y yo repetía siempre lo mismo: 'Qué hijos de puta'".
"Se hicieron muchas barbaridades, por eso no quiero saber nada de aquello". ¿Y cómo se prepara un personaje sin memoria y sin querer recordar esa época? "Ese trabajo lo han hecho los guionistas y el director, que al final son los responsables de todo. Yo sólo pongo la guinda a su trabajo", dice como mirando hacia otra parte.
En un fragmento de la peli, un médico del equipo de quirófanos del dictador expresa su molestia de que tenga que operarle a Franco, alguien que ha gobernado casi 40 años. Su queja es un recordatorio de que el pasado no es pasado, o que la historia sigue evolucionándose. Vista al lado de todas las imágenes de las exhumaciones de las fosas comunes, la muerte de Franco -- su "agonía" -- parece espantosamente libre de sufrimiento. Aún así, "operar" a Franco, o imaginar su cuerpo debilitado bajo la navaja, puede ser representativo de una justicia que nunca llegó. Pero en vez de olvidar a Franco, es concienciar al público de quien era, de qué era responsable. Es hacer presente la historia. De momento, sigue habiendo necesidad de "recordar" el 20-N.
sábado, 6 de septiembre de 2008
Abrir vs. cicatrizar heridas
El presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha hablado esta mañana en un congreso del PSM (Partido socialista de Madrid), sobre la "hipocresía" del PP con respecto a la Ley de Memoria y la investigación reciente de Baltasar Garzón en torno a las fosas comunes. Una de las críticas más frecuentes del PP sobre las iniciativas durante el gobierno socialista a hacer frente a la (des)memoria de la guerra civil - la Ley de Memoria Histórica, la retirada de símbolos franquistas, el censo de desaparecidos - ha sido que es un intento de dividir al pueblo español y de reabrir heridas y rencores entre los españoles.Como informó Carlos Cué el 3 de septiembre ("El PP y los jueces critican a Garzón por 'remover la historia' de la represión," El País), el líder de los populares, Mariano Rajoy, ha afirmado que es "'partidario de no abrir las heridas del pasado, porque no conduce a nada'," mientras Jaime Mayor Oreja, el ex-ministro de Interior de Aznar, ha explicado que la iniciativa de Garzón es un "'disparate'" que sólo representa "'recuperar la peor historia de España.'" Como se sabe, el mismo Mayor Oreja ha hecho comentarios parecidos antes: tal vez el ejemplo más citado (por lo menos en internet) es su pregunta durante una entrevista en La voz de Galicia de 2007, "¿Por qué voy a tener que condenar yo el franquismo?" (ver la versión completa aquí).
Desde los comentarios del 3 de septiembre, el portavoz de los populares, Esteban González Pons, ha contradicho a Rajoy, diciendo que las familias de los desaparecidos tienen "'todo el derecho del mundo' a saber dónde están sus cuerpos" ("El PP ahora apoya que se abran las fosas de la guerra"). Es posible que el desacuerdo aparente entre los del PP de un día para otro subraye las divisiones dentro del partido. Pero lo que enfatiza aún más es el peso que tienen los motivos políticos. No es que la política y la ética no se puedan mezclar. Hablo de la manipulación política de la cuestión ética y humana que representan las fosas y la recuperación de sus restos. Como explica ZP, "la mejor manera [de cerrar heridas]. . .como se hace en cualquier país democrático. . .es que no sea objeto de la confrontación partidista":
Es sumamente interesante observar la forma en que los dos partidos hacen referencia a la imagen de la "herida" para hablar a favor o en contra de la conexión con el pasado. La repitición constante de la frase "no reabrir las heridas" por parte del PP es, en primer lugar, una manera de sugerir que los que desean encontrar, identificar y enterrar a sus seres queridos no tienen derecho a sentir esas heridas. Pero aún peor es la sugerencia que esas heridas las causó o está causando una minoría selecta de gente rara - que se está haciendo daño a sí misma.
Está claro que para el PP, "reabrir las heridas" significa mirar hacia atrás, lo cual implicaría, entre otras cosas, recordar a la gente de la encarnación original del partido como la Alianza Popular fundada por Fraga y amigos. "Reabrir las heridas" significaría (significa) también investigar por qué hay heridas, quién las causó, y qué pasó que hasta ahora no se han podido cicatrizar. Los comentarios del PP revelan una falta de respeto total para con la gente que ha sufrido estas pérdidas. Es adoptar un aire paternalista y condescendiente sobre el trauma personal o familiar de otros. Es decir: entendemos mejor que Uds. lo que necesitan, lo que sienten, lo que deben de sentir.
No digo que el PP sea dictatorial; sin embargo, la especie de comentarios que deja saltar alude a la clase de creencias que construye una dictadura: mandando emociones, intentando controlar la memoria del pasado para que sólo exista una versión oficial de la Historia. El partido realmente parece ser un partido derechista pos-dictatorial dedicado a borrar las huellas de su propio pasado - por eso, los comentarios del tipo, "hay que mirar hacia el futuro, no al pasado." Por eso, el miedo a que se toque el tema de la Constitución de 1978, o que se critique el proceso de transición a la democracia.
Lo expresó bien Isaías Lafuente en el prólogo al libro de Emilio Silva, Las fosas de Franco: "¿Puede un país democrático permitir que miles de ciudadanos asesinados como animales por un régimen dictatorial permanezcan enterrados al borde de las cuneta? ¿Puede soportar que eso suceda mientras quien amparó y propició la matanza descansa bajo el altar mayor de una basílica cristiana? La respuesta es tan evidente que casi ofende hacer la pregunta."
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