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sábado, 16 de julio de 2011

Mónica Naranjo en Belchite

El otro "documento" que encontré buscando información sobre Belchite es esta serie de imágenes algo ridículas, de una sesión de fotos que le hicieron a la cantante Mónica Naranjo, cuando preparaba su disco "Tarántula" en 2008. Siempre he detestado la música de M.N., pero al ver estas fotos, aun más. Supongo que se espera salvar un poco de la crítica porque se toca la canción "Europa" al mismo tiempo que posa en Belchite. Pero para mí es otro comentario triste sobre el mal estado de las ruinas de Belchite, y la falta de cuidado y protección que se presta a un lugar de "ruinas históricas," donde además, murió mucha gente (incluyendo a voluntarios de las Brigadas Internacionales y la Brigada Lincoln). El video demuestra una falta total de respeto por lo que sucedió aquí.

"Belchite, olvidado en el silencio" -- fotos

Al crear el post sobre Belchite, encontré en internet dos documentos totalmente opuestos, el primero, este fotomontaje realizado por los fotógrafos Juan Carlos Pascual y Roberto Martín, que va acompañado por la siguiente descripción:
"Durante la guerra civil fue brutalmente asediado y en poco tiempo reducido a un escenario esperpéntico e inhabitable. Lo incomprensible de la guerra, lo que mancha el alma humana, fue en Belchite mostrado con una fría crudeza que avergonzaría al mundo entero.

Mucha gente fue desposeída brutalmente de su hálito vital, quedando impregnado entre las ruinas un dolor audible que aún hoy puede llegar a sentirse. Visitar Belchite hoy día es adentrarse en un teatro mudo rebosante de secretos escondidos. Eso sí, desde aquí emitimos una súplica: quién se acerque a este lugar, por favor, que lo haga desde el más humilde de los respetos, en una actitud de recogimiento casi espiritual. No mancillemos más nuestra propia historia, que ya está repleta de actos vandálicos.

Belchite, como los campos de concentración nazis, debería ser una visita obligada para todo el mundo. Es memoria viva de algo que no puede volver a suceder. Recordémoslo."
Curiosamente, la sinopsis no habla de actores -- o sea, ¿quiénes asediaron? ¿Quién desposeyó a la gente? -- en la historia de las ruinas de Belchite. Para ver más, dirigirse a la galería fotográfica aquí. Las fotos en blanco y negro parecen hablar más que las que se sacan en color.


Belchite, olvidado en el silencio / Fotografías de Juan Carlos Pascual y Roberto Martín from TERRA de NINGÚ on Vimeo.

jueves, 14 de julio de 2011

I. Belchite, el silencio de los años

Antes de emprender mi viaje a España, investigué en internet cómo llegar al pueblo viejo de Belchite. Sabía de antemano que no iba a ser nada fácil, porque no pensaba alquilar un coche y el horario de autobuses no era exactamente conveniente. Me imaginaba perdida en medio de la nada, documentando el lugar en el atardecer, sin manera de volver al hotel y se me ponía la piel de gallina. Afortunadamente, una amiga zaragozana, con quien estudié en Estados Unidos y a la que no veía desde hace por lo menos 5 años, se ofreció a ayudarme -- y eso, que era el día que libraba del trabajo. Gracias, M.C.

Mi interés en visitar el pueblo viejo de Belchite surgió después de ver foto tras foto en Flickr de las ruinas, y de informarme más de su historia, incluyendo la Batalla de Belchite y todo lo que pasó una vez terminada la guerra civil (la decisión franquista de dejar como símbolo el pueblo derruido; la reconstrucción del nuevo Belchite por presos republicanos; la inaugaración del pueblo por Franco en 1954 y los intentos fallidos de restaurarlo para que sea seguro para visitar y se conserve su valor histórico). Además, nunca había estado en Aragón y sabía que si no visitara el pueblo esta vez, sería muy probable que nunca lo viera, por dos motivos: uno, porque está un poco alejado para turistas sin transporte, y dos, porque está tan deteriorado que es muy probable que dentro de 10 años más ya no siga en su estado actual.

Salimos de Zaragoza a eso de las 9:30 de la mañana. Yo iba en camiseta y vaqueros, con un par de sandalias de tacón muy bajo, de corcho. Iba a ponerme los zapatos de tenis, pero al último momento decidí que no (vaya error). Hacía sol, pero no demasiado calor (pensándolo ahora, no puedo imaginar haber ido en julio o agosto, o con el sol de la tarde. Hicimos bien en salir temprano). Belchite está a unos 48 kilómetros (29 millas) de Zaragoza, y llegamos en poco tiempo. Desde la carretera, reconocí de inmediato la silueta de las ruinas. Aparcamos el coche en el primer camino a la izquierda que vimos, justo después de doblar hacia el pueblo. Nadie estuvo allí menos nosotras, y exploramos durante la próxima hora y media lo que había sido de Belchite. Tratamos de verlo todo, pero hubo momentos en que ninguna quería continuar adelante por la cantidad asombrosa de escombros debajo de los pies. Cuando llegábamos a lo que pensamos era el final del camino, nos topamos con una pareja que llevaba la misma camiseta roja -- no pude leer lo que decía - y nos dimos cuenta de que realmente habíamos empezado con el final del pueblo, no con la entrada. Supongo que si hubiéramos sabido de antemano donde empezar, o si hubiéramos tenido un plano de cómo se había organizado Belchite hace 70 años, habría sido interesante recorrer el camino e identificar lugares que aun estaban de pie -- aquí la plaza mayor, aquí una casa, aquí el ayuntamiento, etc. Pero la verdad es que aun se puede identificar, al igual que si fuera el esqueleto de algún animal, la función original de muchos de los edificios, especialmente los religiosos.

Mi primera impresión de ver las ruinas de Belchite era la de una sensación profunda de olvido, como si el tiempo hubiera parado y hubiéramos llegado demasiado tarde. Mi amiga me había contado que hay los que dicen que aun se puede detectar el sonido de aviones y llantos atrapados en el viento. Es verdad que a mucha gente, solo le importa determinar si hay psicofanías o no. Solo hay que buscar en Google "pueblo viejo de Belchite" y sale un montón de entradas identificándolo como un "pueblo fantasma" o recomendando que se haga una visita de noche. Sí creo que existe tal cosa como un fantasma histórico, y está claro que Belchite está lleno de ellos. Este es un lugar que debería visitar todo aquel al que le interese la memoria histórica, y especialmente, la Guerra Civil española. Y se debe visitar con el mayor respeto.

Durante la hora y media que pasamos allí, mi amiga y yo apenas hablamos, a menos que fuera para apuntar algo. Fui sacando foto tras foto e incluso algunos fragmentos de video, porque me llamó la atención que en medio de toda la destrucción, la única señal de vida fuera el trino de los pájaros. También había evidencia de otras presencias más recientes: la caca de cabras; un par de bragas negras; graffitis y la vegetación invadiendo espacios que antes habían tenido otros propósitos. Caminamos lentamente, pausando para contemplar lo que veíamos. Abajo hay una selección de fotos y un video que saqué con mi cámara (es una cámara normal digital, nada sofisticada):




Estando en Belchite, notamos que casi nada se identifica. Casi la única fuente de información es el letrero grande al principio del camino que anuncia "Belchite. Pueblo Viejo. Ruinas históricas," cerca del cual hay un aviso sobre los peligros de desprendimientos -- de información histórica, no hay nada en absoluto. Es muy importante visitar Belchite habiendo leído antes un poco de su historia y habiendo identificado los edificios más significativos para que se puedan reconocer al llegar allí. Belchite es un pueblo pequeño que vivió otras batallas antes de la GCE y que tuvo una larga y rica historia (para saber más, leer la página del Ayto. de Belchite nuevo y su enlace a la historia de B.V.).

Visitar Belchite me hizo pensar en estos puntos:

1. La manipulación de la historia: Paloma Aguilar Fernández, en su libro fundamental Memory and Amnesia (Berghahn, 2002), explica la manera en que el régimen franquista decidió "utilizar" el pueblo de Belchite: "The town in Saragossa was deliberately omitted from the reconstrution process so that it might survive as a living example of the catastrophe that had befallen Spain and of alleged insanity of the Republicans.[. . .] In Spain, the task of national reconstruction was rapidly undertaken in order to remove the signs of internal strife. Only the old town of Belchite was deliberately left in ruins" [El pueblo de Zaragoza se omitió a propósito del proceso de reconstrucción para que sobreviviera como un ejemplo vivo del catástrofe que había sufrido España, y de la presunta locura de los republicanos. [. . .] Solo el pueblo viejo de Belchite se dejó deliberadamente en ruinas.] (89-90, traducción al español, mía). He buscado más información en internet sobre la decisión de re-construir Belchite, pero no he podido verificar nada. Varias fuentes dicen -- y otras lo niegan, tachándolo de leyenda -- que Franco propuso una reconstrucción de Belchite (viejo), o la construcción de un nuevo pueblo que tuviera lujos como agua corriente.Según parece, la gente optó por tener un nuevo pueblo. Es difícil imaginar que un hombre como Franco dejó que la gente del pueblo tomara sus propias decisiones sobre qué hacer con su pueblo, pero es posible (¿quién no optaría por agua potable?). Lo que sabemos es que dejar como recuerdo el pueblo destruido era una táctica muy estratégica por parte de Franco, que lo inauguró en persona en los años 50. Sabiendo de la manía franquista por todo lo católico,  apostólico y romano, es fácil imaginar el valor simbólico que vieron en los lugares religiosos derruidos, los que serían ya más evidencia de la violencia de las "hordas rojas."

2. La violencia de la guerra, y también, del tiempo (a veces, son indistinguibles): en las fotos que cuelgo aquí, hay dos en las que se puede observar la presencia de lo que creo ser de balas u obuses (si alguien tiene otra información, por favor, deja un comentario en este post). Ver la cantidad de agujeros es tan impactante como sentirlos con la mano -- están en todas partes. Caminar en Belchite es también sentir la presencia de la violencia por lo que está debajo de los pies. Sin duda, muchos escombros se deben no a bombardeos, sino a la falta de cuidado del lugar durante los años. Todo está expuesto a los elementos y a la naturaleza del ser humano que pisa suelo aquí.

3. La falta de señales ideológicas: ¿es posible -- y si es posible, ¿es deseable? -- ver las ruinas de Belchite sin adoptar una postura ideológica con respecto a la guerra? Es decir, ¿es posible ver las ruinas y solo ver los horrores de la guerra -- cualquier guerra -- sin decir, "esta destrucción la causaron los republicanos (o los nacionales)"? Después de tantos años de deterioro y olvido, parece razonable que las generaciones jóvenes que visitan este lugar no piensen en quien bombardeó qué o a quién -- especialmente porque no hay ninguna explicación histórica aquí. Posiblemente, es más fácil hablar de un "pueblo fantasma," que hablar de qué hacer con él.

4.¿Qué hacer con este lugar?: aunque ha habido -- y hay pendientes - varios intentos de restaurar estructuras, como el Arco de San Roque (febrero de 2011), el próximo paso debe determinar qué hacer con el pueblo viejo de Belchite para que se sepa su historia, tanto de la época de la guerra, como de antes. Se ha de valorar más este lugar por ser el único pueblo bombardeado que no fue re-construido tras la guerra, y también por lo que se puede aprender de sus otras historias más antiguas. Entiendo y estoy de acuerdo con la gente que dice que hay que alterar lo menos posible el pueblo viejo, pero no se puede dejar que desaparezca, y está en un estado muy frágil. Cuando derrumbaron la cárcel de Carabanchel de Madrid, mucha gente quería que al menos preservaran la cúpula -- y no lo hicieron. Si un lugar de memoria va a ser más que un destino turístico o un lugar vacío de significado visible ocupado por otro lugar, y en cambio, va a simbolizar un enlace entre pasado, presente y futuro, entonces creo que es importante que algunos de los restos físicos de la tragedia o de la memoria traumática se conserven allí (u otro lugar, si no es posible), por lo menos en parte (esta vez, desde luego, tendrían una función completamente diferente de cuando el franquismo).

Visitar Belchite me hizo pensar en otras guerras de hoy y del pasado. En gente que vive entre escombros todos los días. En qué pasa cuando se borra toda la historia de un pueblo, de una familia, o de una persona.

Por casualidad, aquella noche, al llegar a mi hotel, supe que un tornado devastador había destruido la noche anterior la localidad de Joplin, un pueblo de unas 50.000 personas del suroeste de Misuri donde yo viví y trabajé entre 1998-2001, y donde conocí a mi pareja. Aun tenemos a varios amigos que viven allí, y pasamos varios días hasta poder contactar con todos ellos. Murieron más de 150 personas, y era el tornado más destructivo en Estados Unidos desde 1947. Se está hablando de gastos de 1-3 billones de dólares para re-construirlo todo. A pesar de que se trataba de un desastre de la naturaleza, no pude dejar de pensar en lo que había visto en Belchite esa misma mañana: los interiores de lo que habían sido casas, donde se podía apreciar donde había habido escaleras, techos y habitaciones de pintura azul; fachadas y balcones con el hierro de entonces; hilos de paja y madera rota expuestas al cielo en un techo abierto; una plaza donde ya no se reunía nadie. Pensé en donde había vivido en Joplin. Pensé en la historia de este pueblo norteamericano, que antes había sido el corazón de la industria minera de la zona pero que, con el tiempo, había caído en la miseria económica, sufriendo serios problemas con el narcotráfico. Era un lugar feo para vivir, y estuve muy sola el primer año que viví allí. Imaginé todos los apartamentos diferentes en que había vivido cuando estaba allí, y pensar que ya no existían me provocó una sensación extraña. Por supuesto, una guerra no es un tornado, ni vice-versa. Pero el hecho de que mi visita a Belchite coincidiera con el tornado de Joplin significa que pasé los últimos días de mi viaje a España contemplando aun más la importancia de ruinas y nuestras decisiones de qué hacer (o no) con ellas.

Algunos lugares de memoria son solo espacios abiertos, campos o bosques sin ningún indicio físico de lo que fueron menos la memoria de la gente que sabe lo que transcurrió allí. Cuando esa gente haya muerto, ¿quién contará la historia de ese lugar para que la sepa, interprete y comparta la próxima generación?

Belchite, tal como está hoy, no va a seguir existiendo si no se hace algo muy pronto para cuidarlo. El valor en mantenerlo está en poder contar su pasado, y también hacer que ese pasado se integre en la actualidad, y en el futuro de la memoria.

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Información general sobre Belchite y la Batalla de Belchite en la GCE:

Batalla de Belchite (inglés):
Y en español:
Sobre el pueblo viejo de Belchite (en español):

domingo, 5 de diciembre de 2010

Entrevista breve en El País a Elena Moya, autora de Los olivos de Belchite

De: El País

ENTREVISTA: ELENA MOYA Autora de 'Los olivos de Belchite'
"Como lesbiana y periodista sufro las consecuencias del franquismo"

MERCÈ PÉREZ - Barcelona - 06/12/2010

Elena Moya tiene 40 años. Por tanto, no vivió la etapa más negra del franquismo. Pero sí los coletazos de sus imposiciones que aún perduran. "Porque 40 años de dictadura y 400 de Iglesia católica pesan y mucho, incluso a los jóvenes ateos", explica. La sombra del pasado es alargada y de ello trata su primera novela, Los olivos de Belchite (Suma, en castellano y catalán), que llega tras cosechar buenas críticas en su versión en inglés. La historia, en Cataluña y el Reino Unido, transcurre entre los resquicios aún no resueltos de la dictadura y batallas financieras de hoy. Una novela que enlaza relaciones amorosas con la fragilidad del sistema democrático. La protagonizan tres mujeres de una familia cuyo destino engarza con las heridas abiertas de las dos Españas. "De la Guerra Civil me interesaba retratar sus consecuencias hoy, quizá por los 15 años que llevo fuera. En España tenemos una babydemocracia: hay enchufismo y nepotismo. El país está en manos de 20 familias y Cataluña, de 10. Aquí se acaba tu vida profesional si te quedas embarazada... No son síntomas de una democracia establecida", relata. Y lo dice con acento inglés porque, aunque Moya se crió en Tarragona, vive en Londres y trabaja en The Guardian.

Tras cuatro años de recopilar testimonios, aunar vivencias y un curso de escritura creativa, salió la novela. "Leí mucho. Los hijos muertos, de Ana María Matute me dio pesadillas una semana. Pregunté a mis padres, viajé por el Ebro y fui a Belchite". Moya habló con enfermeras inglesas voluntarias en 1936 y brigadistas.

En la obra se aborda también la homosexualidad femenina. "Ave María Purísima... El demonio se ha asentado entre nosotros", le espetan a una mujer del relato cuando hace pública su tendencia. "Los prejuicios de la educación cristiana están aún muy presentes. Dime una lesbiana que esté en el poder en el mundo de las artes, de la política o de la empresa. Como mujer, lesbiana y periodista he sufrido el franquismo, sus consecuencias", explica. La bomba de relojería la pone una subtrama del Opus Dei; Moya conoce la organización ya que estudió en la Universidad de Navarra: "Tenía compañeros de 20 años que llevaban cilicios y eran numerarios. El Opus manipula y roba a los hijos".

En Los olivos de Belchite también hay negocios en el palco del Camp Nou, boicoteo a productos catalanes y toros prohibidos en Cataluña. "Si hay un millón de personas en la calle significa que el problema Cataluña-España no está resuelto".

Los personajes de Moya han recibido los elogios de Paul Preston. "La novela de Moya es un milagro", escribió el historiador. Así que ya trabaja en la continuación.

jueves, 7 de octubre de 2010

Nueva novela sobre la guerra civil: Los olivos de Belchite

De Paul Preston:

Los olivos de Belchite han crecido en una tierra que ha sido abonada con la sangre derramada durante la Guerra Civil española.

Moviéndose entre las largas sombras de la guerra que marcó a España y las batallas de negocios de la economía global actual, Los olivos de Belchite es la historia de cómo el pasado atormenta nuestras vidas y de las batallas que comienzan cuando termina la lucha.

Una novela con muchos planos y ritmo perfecto, que se desarrolla a caballo entre España y el Reino Unido, entre viñedos y campos de olivos, fusionando épocas y temas dentro del marco de una inesperada historia de amor. Una saga de tres mujeres que se enfrentaron al franquismo y a sus vestigios en la actualidad.

Nuestra Historia ha ido saltando de novela en novela a lo largo del tiempo para por fin quedarse en las páginas de Los olivos de Belchite.

«La novela de Elena Moya es un milagro. No sólo esgrime cómo la Guerra Civil destrozó miles de vidas y amores, sino que también trasluce cómo las consecuencias del conflicto todavía están muy presentes hoy. De una manera íntima, la novela ilustra las limitaciones que una democracia tan corta impone en la vida de todos los españoles».

PAUL PRESTON


Ficha Técnica

Páginas: 440
Publicación: 13/10/2010
Género: Sentimientos
Formato: 15 x 23 (cartoné con sobrecubierta)
Precio: 22.00 €
ISBN: 9788483651988

Ver el sitio oficial de la autora

Leer y descargar las primeras páginas del libro aquí

lunes, 10 de mayo de 2010

Novela en inglés sobre la guerra civil (escrita por una española)

De: Qué Leer

Elena Moya: la guerra civil al otro lado del Canal


Tras doce años en Londres, esta periodista tarraconense ha escrito en el inglés de allí una novela sobre la guerra civil de aquí, “The Olive Groves of Belchite” (Pegasus). Experiencia, la de publicar originalmente en el extranjero, que ella misma nos relata en espera de vender los derechos de la obra para el mercado español. Texto: Elena Moya

Soy de Tarragona y siempre sonrío cuando me preguntan si soy “originally Spanish”. Os aseguro que soy Spanish de pies a cabeza y nunca llegué a imaginar que pudiera publicar una novela en inglés. Pero la vida realmente da sorpresas. Llevo doce años en Londres; recalé aquí después de haber estudiado un Master en Periodismo Económico, gracias a una beca Fulbright, en Estados Unidos. Lo mío siempre ha sido el periodismo financiero y aquí empecé en Bloomberg, rodeada de pantallas más de doce horas por día. Al cabo de unos años, en medio de la jungla andina, mientras recorría el Camino Inca hasta el Machu Picho, me di cuenta de que, si no ponía un poco de creatividad a mi vida, acabaría convertida en un robot.

Me apunté a una diplomatura universitaria en Londres, “Creative Writing,” que disfruté mucho durante dos años. A pesar de todo el trabajo que conllevaba, era un respiro escaparme de los movimientos bursátiles para pensar en personajes, tramas, descripciones y diálogos.Pero aprendí muy poco –aunque sí tuve grandes profesores que, al menos, me animaron a soñar–. Fuimos unos cuantos que seguimos la tradición universitaria inglesa y formamos un grupito, tras acabar, para seguir con nuestros proyectos. Por entonces, a mí siempre me había fascinado el tema de la guerra civil española y sabía que quería aprender y profundizar más.

Todos los meses, unas cinco personas nos reuníamos en una casa y, rodeadas de tazas de té, comentábamos los capítulos que cada miembro del grupo había mandado por mail a todos, una semana antes de la reunión. El beneficio de cuatro comentarios era máximo, como también el trabajo de preparar el propio capítulo, además de leer el de los demás. Pero la crítica era buena y, sobre todo, constructiva: no se podía decir “no me gusta” a secas. Si algo no funcionaba, había que explicar por qué y, sobre todo, dar alternativas. ¡Había que pensar mucho!

Este ejercicio nunca lo hubiera podido hacer en castellano, mi lengua materna, porque los del grupo eran ingleses. De hecho, creo que de no haber pertenecido al “Writers’ group” nunca hubiera acabado la novela. Primero, porque era muy novel y necesitaba ayuda y apoyo. Y, sobre todo, porque al tener que trabajar siempre a tiempo completo seguramente no hubiera tenido la disciplina de escribir y reescribir tanto. Las reuniones me daban un deadline todos los meses que me imponía presentar capítulos.

Ahora, después de la primera experiencia, tengo mucha más confianza y he aprendido cómo uno debe empezar, al menos. Por eso, mi segunda novela será en castellano y la haré por libre. Pero a todos los que intenten escribir y no tengan experiencia, les recomiendo apuntarse a un grupo de escritores. Para mí, su ayuda fue fundamental (¡y es mejor que no sean amigos!).

Los cuatro años que pasé escribiendo me llevaron a lugares y situaciones insospechadas: hablar con ancianos en Belchite, recorrer pueblos del Ebro en busca de balazos en las paredes de los cementerios (el paredón), hasta entrar en una sauna con el portátil escondido debajo del albornoz. Lo mejor de las novelas, y de las profesiones creativas, es que no hay límites, los ponemos nosotros mismos, y cualquier aventura vale para agilizar la imaginación. Mi novela narra las consecuencias de la guerra civil en tres generaciones de mujeres. Hay una historia de amor entre dos mujeres y una subtrama del Opus Dei.

El esfuerzo y las horas ante el ordenador empezaron a dar sus frutos a partir del tercer año, cuando le había pillado el “tranquillo” al asunto. Finalmente llegué a tener la sensación de control –por fin el toro estaba cogido por los cuernos–. Una novela de 120.000 palabras alberga muchos detalles y es muy difícil mantenerlos todos en la cabeza a la vez, cuando uno tiene que currar para pagar la hipoteca. Pero poco a poco la cosa va cristalizando y los personajes empiezan a tener vida propia. Ése es el momento más dulce. Este proceso interior, para mí, ha sido el más gratificante. Luego, ante mi sorpresa, conseguí que me lo publicaran (después de que dos amigas inglesas, editoras, me lo revisaran.) Unos cuarenta agentes me rechazaron, pero justo la primera editorial que contacté me fichó. Nunca hay que dejar de intentarlo.

Hice una presentación muy galáctica en Londres, con Michael Portillo, Paul Preston y Jimmy Burns, en un restaurante español en Kings’ Cross llamado Camino. Y otra en Tarragona, en enero, muy entrañable, rodeada de profesores y ex compañeros de clase. Tengo ahora más actos (el 31 de marzo en la librería Cómplices de Barcelona). Estos eventos son especiales, pero lo que llena el corazón (desde luego, no los bolsillos) es el viaje interior. Lo recomiendo a todo el mundo. Aunque uno no vaya a escribir una novela, cualquier cuento, o pequeña investigación sobre algún tema que nos interese, se puede escribir en una, veinte o cincuenta páginas y darle una encuadernación digna. ¡Ánimo!

Ver reportaje en PDF en La Vanguardia ("De Londres a Belchite")
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