Diálogos intergeneracionales sobre la guerra civil española y el franquismo en la España actual Intergenerational Dialogues on the Spanish Civil War and Francoism in Contemporary Spain
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sábado, 5 de julio de 2014
Artículos sobre la apropriación de menores en el franquismo y en Argentina
La revista electrónica Kamchatka, de la Universidad de Valencia, ha publicado un volumen especial sobre la apropiación de menores en el franquismo y en Argentina. Este apartado de la revista está dirigido por Luz Celestina Souto, que aporta un estudio valioso sobre el tratamiento contemporáneo del tema en la narrativa española e incluye una entrevsita con Benjamín Prado, cuya novela, Mala gente que camina (2006) fue la primera para salir en España sobre el tema de los niños robados. Me agrada especialmente ver que uno de nuestros seguidores y viejos colaboradores del blog, cuyo nombre no menciono aquí, tiene un artículo en la revista. Es bueno ver que este tema es uno que se intenta abordar de manera transatlántica, puesto que hay muchos puntos de contacto entre el caso español y argentino. Se puede acceder aquí la revista y descargar los artículos en PDF.
viernes, 2 de julio de 2010
Benjamín Prado sobre Rafael Alberti
De: El País.com
Rafael Alberti: a la caza del poeta rojo
El gaditano se ha convertido últimamente en una presa fácil, una presa enjaulada donde todos los cazadores vacían a placer sus escopetas. Su pecado fue llevar un carné político lejano de ese centro hoy tan sacralizado
BENJAMÍN PRADO 02/07/2010
En vida, Rafael Alberti se definía como un poeta en la calle y como un marinero en tierra; tras su muerte, lo han convertido justo en lo contrario: en una empresa fantasmal y en un barco lleno de agujeros. Las dos cosas dan el mismo resultado: un naufragio. Porque entre los ataques externos y el fuego amigo, su biografía se ennegrece día a día y sus libros están cada vez más lejos de sus lectores y de la verdad, puesto que algunos resultan inencontrables y otros están manipulados no se sabe si por sus herederos, sus editores, sus estudiosos o, más bien, por la suma de todos ellos.
Parece mentira, pero el nombre del autor de libros capitales como Sobre los ángeles, Baladas y canciones del Paraná, Retornos de lo vivo lejano, A la pintura y tantos otros, cada vez se cita menos a la hora de hablar de literatura y, en cambio, cada vez aparece más en los periódicos como parte de un escándalo o como víctima de un insulto. La tarea de desprestigiarlo parece haberse convertido en el deporte nacional, y da lo mismo abrir una novela, una biografía, un libro de poemas o un ensayo de algunos de nuestros autores más notables, para demostrarlo. Dan ganas de salir a defenderlo a pesar de su familia, cuya última versión es un gran ejemplo de que, cuando uno tiene mala suerte, la ropa limpia se mancha en casa.
En lo que debería de ser la casa de su obra, la Fundación Rafael Alberti, montada en El Puerto de Santa María con la bisutería de la que iba a abrirse originalmente en Cádiz, y por lo tanto sin ninguno de los tesoros artísticos que fueron trasladados a España, con dinero público, desde la casa del poeta en Roma, todo son sospechas y acusaciones de inmoralidad.
Los dos últimos episodios de esa historia negra son un nuevo caso de manipulación de la obra de Alberti y la denuncia que acaba de presentar el secretario de la institución, en la que señala gravísimas irregularidades cometidas por sus máximos responsables, entre ellas la de comprar serigrafías del autor de Noche de guerra en el Museo del Prado para revendérselas por cinco veces su precio de mercado a la propia Fundación. En cuanto a la censura que se ejerce desde hace años sobre los textos del maestro, que ya expliqué en su momento en mi libro A la sombra del ángel y en varios artículos publicados en este mismo periódico, esta vez le ha tocado a un estudio del arquitecto Joan Carles Fogo Vila titulado Los espacios habitados de Rafael Alberti que ha sacado la misma "fundición", como la llama José Manuel Caballero Bonald, con una serie de cambios y supresiones que son, más o menos, los mismos que sufrieron las últimas ediciones de las memorias de Alberti, La arboleda perdida, que la editorial Seix Barral sigue publicando en sus versiones tergiversadas: Luis García Montero y yo hemos sido tachados, también Teresa Alberti, a veces su hija Aitana, y en este caso nuevos enemigos-consorte como Almudena Grandes o Pedro Guerra. Qué miseria y, sobre todo, qué despropósito.
Sin nadie que lo defienda y en contra de las corrientes de opinión que nos arrastran, Alberti se ha convertido en la jaula donde todos los cazadores van a vaciar sus escopetas. Últimamente, la disculpa para atacarlo es Miguel Hernández, enfrentando el drama del poeta-soldado a la supuesta farsa de los "intelectuales de mono planchado y pistolas de juguete" -como los llama el biógrafo José Luis Ferris en Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta- que hicieron la guerra en la retaguardia, escondidos en la Alianza de Intelectuales Antifascistas de Madrid. En su biografía Oficio de poeta, por lo demás muy completa, Eutimio Martín lo acusa, con otras palabras, de egocéntrico y de oportunista, al aprovecharse de que su mujer dirigiera el Teatro de Arte y Propaganda para estrenar allí varias de sus obras, mientras que las del autor de Viento del pueblo se rechazaban; y eso a pesar de que el propio Martín reconoce que el teatro de Hernández no era gran cosa, mientras que el de Alberti está entre lo mejor que se escribió durante la contienda.
Siguiendo la misma línea, se deja entrever que Alberti no hizo todo lo que pudo por salvar a Miguel Hernández, pese a que luego se asume que fue el propio autor de Romancero y cancionero de ausencias quien se equivocó al elegir su huida, con lo que Martín repite el modelo que marcó Ignacio Martínez de Pisón en su obra Enterrar a los muertos, donde decía que Rafael no quiso salvar al traductor de John Dos Passos y, a la vez, llegaba a la conclusión de que su asesinato no lo pudo parar ni el presidente Negrín, puesto que fue el resultado de una lucha de poder entre dos poderosos generales rusos. Como remate, en la edición ampliada de su absorbente libro Las armas y las letras, Andrés Trapiello, que pese a su antipatía manifiesta por Alberti reconoce que este le ofreció su ayuda a Hernández para que pudiera salir de España en un avión de la República, aporta una foto del poeta gaditano, vestido de miliciano y dedicada al escritor ruso Ilya Erhemburg con la frase "la belle époque", de la que saca la conclusión de que para Alberti la Guerra Civil fue una fiesta. ¿No parece mucho más sensato deducir que de lo que habla Alberti es de su juventud, 25 años después de haber sido tomada esa imagen?
Si saltas del ensayo a la ficción, encuentras más de lo mismo.
Abres la última novela de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos, y Alberti es, sin duda, uno de esos señoritos hipócritas que lanzan vivas a la clase trabajadora mientras se cruzan de piernas y piden otra copa en la terraza del hotel Ritz; o te cuentan cómo él y su esposa viajaban a Rusia "costeados por el dinero de la República, y al volver se hacían fotos en la cubierta del barco, los dos levantando el puño cerrado, ella envuelta en pieles, rubia, con los labios muy pintados, como una Jean Harlow soviética con cara de pepona española".
O lees el último libro de poemas de Miguel d'Ors, Sociedad limitada, y en su poema 1938, encuentras esto: "Capital de la gloria. Una vez más los versos / doloridos de Alberti, con silbidos de balas / y sangre y trimotores y trincheras en donde / huelen los capotones a corderos mojados. / Y al fondo de estas páginas, en aquel horizonte / en que rasgan la noche lívidos fogonazos, / al otro lado de las alambradas, justo / donde la voz de Alberti señala al enemigo...". Son solo dos ejemplos.
Rafael Alberti fue un poeta colosal y un símbolo de la República, del Partido Comunista y de la Transición, cuyas primeras Cortes inauguró como vicepresidente de la Cámara junto a Dolores Ibárruri y cuya esencia tal vez resume mejor que ningún otro su gesto al descender del avión que lo trajo a España tras 38 años de exilio: "Me fui con el puño cerrado y regreso con la mano abierta".
Pero nada de eso hace que se le tenga el más mínimo respeto. Al contrario, hay tanta gente a la caza del poeta rojo, tantos buscadores de oro tratando de sacarle el último euro al muerto y tan pocos que quieran recordar su categoría literaria, civil y humana, que dentro de poco su nombre será parte de esa sombra que se ha echado sobre toda la parte de nuestro pasado que no se ha podido arrastrar al centro político. Un centro que funciona como un desagüe por el que lo mismo se cuela una Ley de Memoria Histórica que el prestigio de un escritor que, según sentencia del tiempo, llevaba el carné equivocado en la cartera.
Benjamín Prado es escritor.
Rafael Alberti: a la caza del poeta rojo
El gaditano se ha convertido últimamente en una presa fácil, una presa enjaulada donde todos los cazadores vacían a placer sus escopetas. Su pecado fue llevar un carné político lejano de ese centro hoy tan sacralizado
BENJAMÍN PRADO 02/07/2010
En vida, Rafael Alberti se definía como un poeta en la calle y como un marinero en tierra; tras su muerte, lo han convertido justo en lo contrario: en una empresa fantasmal y en un barco lleno de agujeros. Las dos cosas dan el mismo resultado: un naufragio. Porque entre los ataques externos y el fuego amigo, su biografía se ennegrece día a día y sus libros están cada vez más lejos de sus lectores y de la verdad, puesto que algunos resultan inencontrables y otros están manipulados no se sabe si por sus herederos, sus editores, sus estudiosos o, más bien, por la suma de todos ellos.
Parece mentira, pero el nombre del autor de libros capitales como Sobre los ángeles, Baladas y canciones del Paraná, Retornos de lo vivo lejano, A la pintura y tantos otros, cada vez se cita menos a la hora de hablar de literatura y, en cambio, cada vez aparece más en los periódicos como parte de un escándalo o como víctima de un insulto. La tarea de desprestigiarlo parece haberse convertido en el deporte nacional, y da lo mismo abrir una novela, una biografía, un libro de poemas o un ensayo de algunos de nuestros autores más notables, para demostrarlo. Dan ganas de salir a defenderlo a pesar de su familia, cuya última versión es un gran ejemplo de que, cuando uno tiene mala suerte, la ropa limpia se mancha en casa.
En lo que debería de ser la casa de su obra, la Fundación Rafael Alberti, montada en El Puerto de Santa María con la bisutería de la que iba a abrirse originalmente en Cádiz, y por lo tanto sin ninguno de los tesoros artísticos que fueron trasladados a España, con dinero público, desde la casa del poeta en Roma, todo son sospechas y acusaciones de inmoralidad.
Los dos últimos episodios de esa historia negra son un nuevo caso de manipulación de la obra de Alberti y la denuncia que acaba de presentar el secretario de la institución, en la que señala gravísimas irregularidades cometidas por sus máximos responsables, entre ellas la de comprar serigrafías del autor de Noche de guerra en el Museo del Prado para revendérselas por cinco veces su precio de mercado a la propia Fundación. En cuanto a la censura que se ejerce desde hace años sobre los textos del maestro, que ya expliqué en su momento en mi libro A la sombra del ángel y en varios artículos publicados en este mismo periódico, esta vez le ha tocado a un estudio del arquitecto Joan Carles Fogo Vila titulado Los espacios habitados de Rafael Alberti que ha sacado la misma "fundición", como la llama José Manuel Caballero Bonald, con una serie de cambios y supresiones que son, más o menos, los mismos que sufrieron las últimas ediciones de las memorias de Alberti, La arboleda perdida, que la editorial Seix Barral sigue publicando en sus versiones tergiversadas: Luis García Montero y yo hemos sido tachados, también Teresa Alberti, a veces su hija Aitana, y en este caso nuevos enemigos-consorte como Almudena Grandes o Pedro Guerra. Qué miseria y, sobre todo, qué despropósito.
Sin nadie que lo defienda y en contra de las corrientes de opinión que nos arrastran, Alberti se ha convertido en la jaula donde todos los cazadores van a vaciar sus escopetas. Últimamente, la disculpa para atacarlo es Miguel Hernández, enfrentando el drama del poeta-soldado a la supuesta farsa de los "intelectuales de mono planchado y pistolas de juguete" -como los llama el biógrafo José Luis Ferris en Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta- que hicieron la guerra en la retaguardia, escondidos en la Alianza de Intelectuales Antifascistas de Madrid. En su biografía Oficio de poeta, por lo demás muy completa, Eutimio Martín lo acusa, con otras palabras, de egocéntrico y de oportunista, al aprovecharse de que su mujer dirigiera el Teatro de Arte y Propaganda para estrenar allí varias de sus obras, mientras que las del autor de Viento del pueblo se rechazaban; y eso a pesar de que el propio Martín reconoce que el teatro de Hernández no era gran cosa, mientras que el de Alberti está entre lo mejor que se escribió durante la contienda.
Siguiendo la misma línea, se deja entrever que Alberti no hizo todo lo que pudo por salvar a Miguel Hernández, pese a que luego se asume que fue el propio autor de Romancero y cancionero de ausencias quien se equivocó al elegir su huida, con lo que Martín repite el modelo que marcó Ignacio Martínez de Pisón en su obra Enterrar a los muertos, donde decía que Rafael no quiso salvar al traductor de John Dos Passos y, a la vez, llegaba a la conclusión de que su asesinato no lo pudo parar ni el presidente Negrín, puesto que fue el resultado de una lucha de poder entre dos poderosos generales rusos. Como remate, en la edición ampliada de su absorbente libro Las armas y las letras, Andrés Trapiello, que pese a su antipatía manifiesta por Alberti reconoce que este le ofreció su ayuda a Hernández para que pudiera salir de España en un avión de la República, aporta una foto del poeta gaditano, vestido de miliciano y dedicada al escritor ruso Ilya Erhemburg con la frase "la belle époque", de la que saca la conclusión de que para Alberti la Guerra Civil fue una fiesta. ¿No parece mucho más sensato deducir que de lo que habla Alberti es de su juventud, 25 años después de haber sido tomada esa imagen?
Si saltas del ensayo a la ficción, encuentras más de lo mismo.
Abres la última novela de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos, y Alberti es, sin duda, uno de esos señoritos hipócritas que lanzan vivas a la clase trabajadora mientras se cruzan de piernas y piden otra copa en la terraza del hotel Ritz; o te cuentan cómo él y su esposa viajaban a Rusia "costeados por el dinero de la República, y al volver se hacían fotos en la cubierta del barco, los dos levantando el puño cerrado, ella envuelta en pieles, rubia, con los labios muy pintados, como una Jean Harlow soviética con cara de pepona española".
O lees el último libro de poemas de Miguel d'Ors, Sociedad limitada, y en su poema 1938, encuentras esto: "Capital de la gloria. Una vez más los versos / doloridos de Alberti, con silbidos de balas / y sangre y trimotores y trincheras en donde / huelen los capotones a corderos mojados. / Y al fondo de estas páginas, en aquel horizonte / en que rasgan la noche lívidos fogonazos, / al otro lado de las alambradas, justo / donde la voz de Alberti señala al enemigo...". Son solo dos ejemplos.
Rafael Alberti fue un poeta colosal y un símbolo de la República, del Partido Comunista y de la Transición, cuyas primeras Cortes inauguró como vicepresidente de la Cámara junto a Dolores Ibárruri y cuya esencia tal vez resume mejor que ningún otro su gesto al descender del avión que lo trajo a España tras 38 años de exilio: "Me fui con el puño cerrado y regreso con la mano abierta".
Pero nada de eso hace que se le tenga el más mínimo respeto. Al contrario, hay tanta gente a la caza del poeta rojo, tantos buscadores de oro tratando de sacarle el último euro al muerto y tan pocos que quieran recordar su categoría literaria, civil y humana, que dentro de poco su nombre será parte de esa sombra que se ha echado sobre toda la parte de nuestro pasado que no se ha podido arrastrar al centro político. Un centro que funciona como un desagüe por el que lo mismo se cuela una Ley de Memoria Histórica que el prestigio de un escritor que, según sentencia del tiempo, llevaba el carné equivocado en la cartera.
Benjamín Prado es escritor.
domingo, 7 de marzo de 2010
Escritos sobre Miguel Hernández
En El País.com
La vida breve de Miguel Hernández
Tributo al genial escritor en el centenario de su nacimiento. Escriben: Antonio Muñoz Molina, Elena Medel, Luis Muñoz, Alfonso Guerra, Benjamín Prado, Joan Manuel Serrat, Eutimio Martín y Luis García Montero
07/03/2010
Ver más aquí
La vida breve de Miguel Hernández
Tributo al genial escritor en el centenario de su nacimiento. Escriben: Antonio Muñoz Molina, Elena Medel, Luis Muñoz, Alfonso Guerra, Benjamín Prado, Joan Manuel Serrat, Eutimio Martín y Luis García Montero
07/03/2010
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viernes, 16 de enero de 2009
Benjamín Prado - "¿Será usted un niño robado por el franquismo?"
En este momento me encuentro leyendo la novela de Benjamín Prado Mala gente que camina, novela cuyo título viene de un poema machadiano ("Mala gente que camina y va apestando la tierra"). Es la primera novela que leo de este autor, y no he llegado muy lejos con la lectura, pero ya me intriga por la conexión que sugiere con mujeres como Carmen Laforet y Mercedes Sanz Bachiller. Como dije en otro post, cuando uno está investigando algún tema, a veces puede ser rara la manera en que todo parece coincidir (por ejemplo, sólo ayer salió la noticia sobre el nuevo libro publicado por la hija de Laforet, Cristina Cerezales). Sabía de qué iba la novela de Prado, y por eso la compré. Pero en este post no es mi intención comentar el libro, sino dirigiros a un editorial del autor que El País ha publicado hoy sobre los niños robados del franquismo, un tema importantísimo que seguramente volverá a aparecer aquí cuando termine la novela:de: El País, 16.1.09
¿Será usted un niño robado por el franquismo?
Cuando en el año 2006 publiqué mi novela Mala gente que camina, cuyo tema central es el de los niños robados por la dictadura a los vencidos de la Guerra Civil, muchos pensaron que la historia que contaba era inventada, o al menos que había exagerado las dimensiones de aquella tragedia. Ahora, la causa contra el franquismo iniciada por el juez Baltasar Garzón y abatida por el fuego amigo y enemigo del Gobierno y de los magistrados conservadores de la Audiencia Nacional les ha puesto un número a esos secuestros, al hablar de más de 30.000 niños segregados de sus familias y dados en adopción a personas afectas al Régimen o internados en centros del Auxilio Social, hospicios, conventos o seminarios, en donde se los reeducaba según los ideales del fantasmagórico Movimiento Nacional.
Como se ve, lo que se contaba en aquel libro era una recreación de la verdad, no un invento, ni mucho menos una suposición, pero esa certeza nos lleva a una pregunta que hoy día, tras más de 30 años de democracia, resulta hiriente: ¿cómo es posible que un drama de semejantes dimensiones se haya mantenido oculto tanto tiempo y que, aún hoy, se dificulte o prohíba su investigación desde las alturas del Estado de derecho? Tal vez sea porque esas alturas siempre están cubiertas por la nieve incontestable de la Transición, que con tanta eficacia decora, idealiza y cubre todo lo que está debajo de ella.
Garzón, que ha intentado salvar parte de su proceso inhibiéndose de él en favor de las salas de instrucción territoriales de toda España, ha remitido también la investigación sobre los niños perdidos a los juzgados decanos de Barcelona, Burgos, Valencia, Vizcaya, Madrid, Málaga y Zaragoza, que tendrán que decidir si los delitos que se pretende perseguir, y que el auto califica de "desapariciones legalizadas", son crímenes contra la humanidad, lo cual impediría que pudiesen prescribir. El juez sabe bien lo que dice y cómo decirlo, porque esa palabra, "legalizadas", es el centro del problema.
Los golpistas de 1936 no sólo pretendían exterminar a sus rivales, como demuestran las más de 150.000 personas enterradas en las fosas comunes que el Tribunal Supremo le impide abrir a Garzón, sino también erradicar su ideología. Para conseguirlo, pensaron en quitarles a los republicanos sus hijos para poder sembrar en ellos la doctrina nacionalsindicalista y el odio a las ideas de sus familiares. En esa ciénaga moral hicieron fortuna personajes como el militar y psiquiatra Antonio Vallejo Nájera, que había explicado en sus absurdos libros una teoría según la cual el marxismo es una enfermedad mental y contagiosa, por lo cual era necesario separar el grano de la paja, como les gustaba decir a los heraldos negros del Régimen. Cuando los hospicios del Auxilio Social, la organización caritativa fundada por Mercedes Sanz Bachiller, viuda del líder falangista Onésimo Redondo, se llenaron de huérfanos o hijos de presos, y las cárceles acogieron a cientos de mujeres embarazadas o con menores a su cargo, los ladrones de niños tuvieron lugares de sobra donde escoger su botín. Para que el asunto se revistiese de esa legitimidad de la que habla Garzón, al poco de acabar la guerra Franco dictó dos leyes, según las cuales la patria potestad de todos los niños que entraban en el Auxilio Social pasaba a manos del Estado, que de esa manera podía cambiarles el nombre y entregarlos a quien quisiese. A otros se los llevaban recién nacidos, horas antes de fusilar a sus madres, de centros como la Prisión de Madres Lactantes de Madrid, que habían montado junto al río Manzanares. Y a muchos los fue a raptar al extranjero el Servicio Exterior de la Falange, a menudo, a los campos de concentración donde habían ido a parar los exiliados. Según datos recopilados por el historiador Ricard Vinyes, de 32.037 niños enviados por sus padres al exterior fueron repatriados 20.266.
Con los años se han ido reuniendo numerosos testimonios de los supervivientes de aquel horror, unos esbozados en libros pioneros como los de la militante comunista Tomasa Cuevas, y otros debidos al trabajo de historiadores como Miguel Ángel Rodríguez Arias, reciente autor de El caso de los niños perdidos del franquismo: crimen contra la humanidad, o el propio Vinyes, que ha asesorado a Garzón y que fue el inspirador del documental Los niños perdidos del franquismo, realizado por Montse Armengou y Ricard Bellis, que puso sobre la mesa ese espanto que sigue entre nosotros, porque como señala Garzón, "las víctimas (los hijos y algunos progenitores) podrían estar vivas".
¿Cuántas personas de este país no son quienes creen ser ni vienen de donde creen venir? Según los datos que obran en el sumario, la cifra de hijos de presas tutelados por el Estado llegó en 1955 a casi 31.000, tal y como le comunicó al propio Franco el Patronato Central de Nuestra Señora de la Merced para la Redención de Penas. Algunas víctimas recuerdan haber sido entregadas en adopción y devueltas por quienes se los habían llevado hasta cuatro veces, y haber tenido, por tanto, cuatro apellidos diferentes. Y en un documento interno de Auxilio Social se reconoce que el asunto se les está yendo de las manos, porque muchos no se llevan a los niños para criarlos como hijos, sino para trabajar en sus tierras o sus casas prácticamente como esclavos.
La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica le ha pedido a Garzón que ordene de inmediato que se hagan pruebas de ADN a las víctimas, alegando su edad, porque esa urgencia justificaría que se ocupase del asunto la Audiencia Nacional, y argumenta que aunque la Sala de lo Penal declaró que Garzón no es competente para investigar el genocidio franquista, dejó abierta la puerta a la realización de pruebas inaplazables para averiguar el delito. Para demostrar que el tiempo se acaba, la ARMH recuerda a dos mujeres, Emilia Girón y Marina Álvarez, que murieron el año pasado sin llegar a encontrar a su hijo y a su hermana, y pide que se evite que eso ocurra en otros casos, los de Agustina Gómez, de 100 años, Julia Manzanal, de 93, y los hermanos José y María Setefilla Sánchez, de 75 y 73, que también buscan a sus familiares. Además, consideran clave el testimonio de Trinidad Gallego, de 95 años, que ejerció de matrona en varios penales, por lo que puede dar fe de cómo los niños eran robados a sus madres.
Será difícil que la iniciativa prospere, porque nuestro país se ha acostumbrado a considerar el abandono que sufren muchos represaliados por la dictadura una especie de mal necesario, cuando no a verlos a ellos como una presencia molesta que enturbia la imagen luminosa que la admirable democracia española quiere dar de sí misma, y olvidando en ocasiones que su meta no es parecer infalible, sino ser justa. ¿Seré yo una niña o un niño robado a mis padres por la dictadura? Esa pregunta se la podrían hacer muchas personas que tal vez sospechen de su pasado, hoy mismo, mientras se arreglan frente al espejo, y no es bueno que su país no quiera responderles.
Benjamín Prado es escritor.
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