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sábado, 23 de julio de 2011

Sección especial en Babelia sobre el 75º aniversario del comienzo de la guerra civil

Hoy me ha llamado la atención el título de un artículo de Santos Juliá en Babelia, "La disección interminable de la Guerra Civil." En este reportaje que sirve de reseña breve de varios libros recién salidos sobre la guerra, Juliá traza la larga trayectoria del interés académico en este tema, concluyendo que "volverá a ser de aquí a que pasen otros 25 años y las salas de conferencias se llenen a tope y la Guerra Civil motive grandes ventas de libros, igual que ocurrió hace ahora 25 y 30 y 35 años." Por desgracia, dado el espacio limitado, Juliá no especula aquí de los motivos por los que la guerra sigue siendo un tema tan poderoso, tanto en el campo de la historia como en otras disciplinas. Y, a pesar de que su título indique cierto cansancio con el tema, Juliá parece más que dispuesto a continuar analizando el torrente de publicaciones sobre la guerra y, por supuesto, contribuyendo a ellas.

El aspecto de lo "interminable" en lo que se refiere al tema de la GCE y la represión ha sido una queja frecuente o, digamos, interminable también en la prensa española. Vemos la frustración con el tema cada vez que sale, según los críticos, "otra película ambientada en la guerra civil" o, en palabras del novelista Isaac Rosa, Otra maldita novela sobre la guerra civil. Para los hispanistas que estudian la literatura y el cine contemporáneos españoles, hace mucho tiempo que se declaró oficialmente "muerto" el tema de la memoria histórica. Cuando estudiosos prestigiosos declaran públicamente que un tema ya se ha agotado, está agotado; en contraste con hace 10 años, hoy es más y más difícil publicar en EE.UU. artículos o libros sobre la guerra -- o incluso la memoria en sí -- a menos que se haya elegido un tema realmente innovador, algo que ofrezca un ángulo especialmente único sobre una vieja historia. Los mismos críticos que proclaman muerto el tema de la guerra en el ámbito académico también han identificado (y parece que felizmente) el fin del auge de la novela de la guerra. Me gustaría responder a estas aseveraciones.

Por un lado opino que la producción "interminable" de textos sobre la guerra civil es un tema en sí que no se ha estudiado lo suficiente. Sí, hasta para mí, cuando se ve "objetivamente" el tema, es fatigante. Es imposible seguir la cantidad de publicaciones que salen sobre la contienda y lo que pasó después (aunque algunas siempre se destacan más, por supuesto). Si se ha hablado de tener acceso a demasiada información en la era digital, entonces pasa lo mismo cuando viene a investigar la guerra civil buscando en una librería o biblioteca. Sin embargo, lo que está claro es que aun hay la necesidad de escribir sobre la guerra y hay todavía la necesidad de leer sobre la guerra y verla representada en el cine. La guerra civil vende porque interesa. Pero ¿por qué sigue interesando? Porque hay un sinfin de asuntos pendientes que nada tienen que ver con la guerra misma, sino con todo lo que pasó después, y no se han resuelto todavía, incluso después de más de 30 años de democracia. Además, hoy día los investigadores tienen más acceso a los archivos y revelan cosas cada vez más horrorosas sobre la guerra y la represión franquista. Aun no he visto el nuevo libro de Paul Preston, pero no es un historiador que repite lo que ha dicho antes -- vuelve a los archivos y lleva años investigando para sacar a la luz nueva información que cambia lo que pensamos antes. Y ese es otro punto que no menciona Juliá cuando dice que la guerra civil es un tema que, desde los años 80, realmente no ha desaparecido nunca.

La historia de la guerra civil que se cuenta hoy no es la misma historia que se contaba en los 80, ni en los 90. Con cada década que pasa, cambia el discurso y se llega a un paso más a entender un pasado común. Pero aun no ha llegado el momento en que se puede haber de la "reconciliación" o el "consenso" sobre el pasado, y por eso se siguen comprando libros sobre la guerra, y las pelis siguen ganando Goyas, y los historiadores, escritores y cineastas encuentran cada vez más perspectivas desde las que analizar la contienda. Por bien o mal, se lee el pasado desde el presente. Todo lo que se escribe hoy sobre la guerra, se escribe en un contexto histórico particular que termina alternando la narrativa de la guerra que existía antes. Además, hoy hay el factor de narrar desde el punto de vista de la tercera generación.

Para terminar, me gustaría agregar que es importante destacar que el tema de la guerra es interminable porque el Estado español no ha hecho lo suficiente para obtener justicia -- por simbólica que sea -- para las víctimas del franquismo y sus familias. En cambio, de forma indirecta intentó "declarar muerto" el tema con la aprobación de la Ley de Memoria, la causa contra el juez Garzón y muchos otros actos significativos tan solo de nombre.

Uno se tiene que preguntar por qué casi todo lo que se escribe o se dice en la tele sobre la guerra se tiene que preceder - casi como un aviso o una disculpa -- por comentarios sobre la larga duración del tema. Es casi como si con estos comentarios se pidiera permiso por poder hablar de la guerra y no ofenderle a nadie. Ha llegado a ser como su propio tropo, lo de declarar la saturación de textos sobre la guerra civil. Pero ¿no será, para mucha gente, ya otra excusa para no tratar el tema? Por un lado, la producción y la venta constantes de libros sobre la guerra civil. Por otro lado, el deseo de hacerlos desaparecer de una vez. Entre los dos lados, ¿cómo se negocia el pasado?

Para mucha gente, hubo otra guerra después de la que terminó oficialmente en 1939. Y esa guerra también le parece interminable.

sábado, 5 de marzo de 2011

viernes, 14 de enero de 2011

Colaboración en el blog de DIME (Reseña 1, Esperando a Robert Capa)

Me alegra poder colaborar mensualmente en el blog de DIME (Dignidad y Memoria, Marchena) con una reseña cinematográfica o bibliográfica. La primera reseña, que me han subido hoy, es sobre Esperando a Robert Capa, la última novela de Susana Fortes. Se puede acceder aquí en el blog de DIME o en este blog aquí.

lunes, 3 de enero de 2011

Resumen/reseña de "La presa," un corto documental de Jorge Rivero

Anoche vi La presa, un cortometraje evocador de Jorge Rivero del que leí por primera vez en Memoriando, un blog de cine documental muy recomendable y siempre actualizado que he citado varias veces en otras entradas. La presa, que ha aparecido en múltiples festivales internacionales de cine, ganó el primer premio de Nuevos Realizadores del Principiado de Asturias de 2007. Este corto es una delicia visual que, aunque no menciona una sola vez palabras como "dictadura" o "franquismo," es un estudio espectacular en la memoria y el olvido de una época. Aquí primero hablaré de mis impresiones generales del corto, para luego ir elaborando un poco más sobre el Salto de Salime, el lugar físico de donde parte el director.

Quizá de tanto estudiar el tema de la guerra y el franquismo, en un principio pensé que el título de esta película se refería a una persona -- a una mujer presa. Y en efecto, la imagen de la portada del corto puede sugerir, como vemos abajo, que la película trata el tema de encarcelados. Pero también es posible que, como hablante no nativa del español, tienda a leer un significado que simplemente no existe.
La presa no es sobre una persona, sino que se centra en un embalse construido en Asturias en 1946, en plena posguerra. En cierto sentido, "presa" adquiere un doble sentido, porque además de describir el tema del corto, señala un lugar que, como veremos, sí que parece ser presa -- presa del tiempo, del olvido y de su propio paisaje. En la sinopsis del corto leemos lo siguiente:
En 1946 se comenzó uno de los proyectos más colosales llevados a cabo en Europa: la construcción del embalse del Salto de Salime, en una remota y escarpada comarca de Asturias. Joaquín Vaquero Turcios llegó allí con 22 años para pintar el mural de la sala de turbinas, una experiencia que le cambió para siempre y marcó su trayectoria personal y artística.
El corto empieza con una cámara que hace un zoom lento sobre un cuerpo de agua, como si estuviéramos en un barco. Vemos un paisaje nublado y montañoso y oímos una música misteriosa y sin palabras -- ¿o es, en realidad, música? -- luego, el sonido parece ser emitido por un motor. Vamos acercándonos más y más hacia la presa, hasta que la cámara se detiene, dejando la pantalla en negro un segundo, antes de presentarnos con la magnitud de la presa, que contemplamos desde hacia abajo.

A unos 2 minutos desde el inicio del corto, un hombre empieza a hablar. Nunca vemos su cara; en cambio, su voz parece existir sólo para hacer que dialogue la memoria con el olvido, puesto que mientras los espectadores observamos la desolación o el silencio del valle, el hablante recuerda sus impresiones de estar allí -- no ahora, sino en los años 40: "a mí me recordaba más que una obra del futuro, una obra del pasado, incluso una visión de la Ilíada, o de la murallas de Troya..." Recuerda la oscuridad, el tamaño monumental de la estructura y "a las turbas de condenados, digamos, decir, los trabajadores cargados de sus herramientas." La humedad y la nubosidad que permiten entrever la presa construida contribuyen a una sensación de observar un lugar silenciado durante muchos años.

El hablante, recordando los poblados de trabajadores, los compara con el Wild West de las películas norteamericanas: "había una calle principal y la gente paseaba por esa calle, había unos bares, y tascas y salunes a lo película americana también, naturalmente, con sus mujeres de todo tipo." Mientras habla, vemos las cáscaras de casas sin techo, cuyas paredes se han convertido en el lugar propicio para la hiedra. Miramos por unas ventanas sin vidrio y la cámara se detiene para contrastar el crecimiento de plantas con el hormigón gris y frío de muros abandonados. En una escena que podemos encontrar al minuto 7,50 del corto, se destaca la imagen de un cielo azul, una cuesta y dos árboles vistos por medio de lo que debió haber sido en un tiempo una ventana. Los muros grises forman un marco del pasado para el paisaje actual que nos da la impresión de estar viendo una pantalla fílmica. La imagen de abajo viene del archivo de fotos disponible aquí:
Hay una falta total de personas o vida humana en lo que vemos. En cambio, lo que permanecen son huellas fantasmagóricas u oníricas y la voz del hablante que nos guía por el abandono aparente del lugar y nos puebla la imaginación con sus recuerdos de la vida experimentada allí -- hasta que la presa empezó a funcionar y "en el valle quedó solamente el silencio."

Cuando termina de hablar, a unos 9 minutos desde el principio, empieza a cantar una voz a capella. No puedo distiniguir ninguna palabra menos, creo, nieve. De hecho, la letra no parece cantarse en español. Ahora vemos un cambio de estación: la nieve cae pesadamente y el hormigón parece casi azul, tiritando bajo el efecto del frío y tan conmovido como podemos estar nosotros por la voz del cantante. Otra vez, como antes, al terminar la canción, oímos el viento y vemos una pantalla negra. Después, se inicia el último fragmento del corto.

Si hemos leído antes la sinposis, sabemos de antemano que el corto se narra por el artista Joaquín Vaquero Turcios, quien pintó murales en Grandas de Salime en 1955. Antes, ha hablado brevemente en el corto del cambio de planes para su proyecto artístico, diciendo que había pensado crear un mural abstracto que terminó siendo figurativo.

A unos 4 minutos del fin del corto, la cámara se enfoca en el mural de Vaquero Turcios, girando lentamente de izquierda a derecha, revelando así una obra que parece ser igual de gigantesca a la presa. Los colores y las actividades de la gente retratada en la pintura mural contrastan fuertemente con el paisaje que acabamos de ver. De esta manera, el mural, como la voz del artista, re-vigoriza el paisaje abandonado que hemos visto en la primera parte del corto. El mural retrata escenas de trabajo, avances científicos o tecnológicos, y es con esta vista que termina el documental.

He visto dos veces La presa y me gusta bastante. Es misterioso, transmitiendo la soledad o el silencio del lugar, mientras que al mismo tiempo intenta recuperar parte de su historia (sin ahondar en las razones por la construcción de la presa, o en el estado actual del lugar) por medio de la imagen visual y la narración del artista. Recomiendo ver el corto íntegro (abajo), antes de seguir leyendo el resto de este post.



Puede que la presa del Salto de Salime sea algo bastante conocida en el norte de España, o en la historia arquitectural española (y europea) en la primera mitad del siglo XX. Pero yo no sabía nada de ella hasta ver el corto e investigar un poco más en internet. Es muy interesante comparar el corto con el nodo (año desconocido) de abajo:



A pesar de tener dos propósitos totalmente diferentes, los dos vídeos subrayan la construcción de la presa, pasando por alto a los hombres que la hicieron. Según lo que he podido averiguar en internet, durante la construcción del Salto de Salime, perdieron la vida más de 100 hombres. No he podido encontrar mucha información sobre los que trabajaron allí, excepto que muchos eran andaluces y que había unos 3500 obreros en total. Se puede consultar más aquí y aquí. Dado que el embalse se empezó a construir a unos pocos años después del "fin" de la guerra, me gustaría saber más sobre el estatus de los obreros (en ningún lugar se habla de la construcción como un trabajo forzado o de presos políticos) y el uso propandístico del proyecto, como el que vemos en el nodo. Tal vez, uno de los motivos del corto es apuntar ciertos silencios y hacernos preguntar por esa gente que falta en un paisaje que retrata tanto poder físico. ¿Qué es la memoria cuando lo único que queda es la geografía y su peculiar monumento al pasado?

En mi opinión, La presa es un corto estupendo en que el paisaje asturiano desempeña un papel central. Me inspira a querer visitar el lugar, aunque seguramente se prohíbe.

martes, 21 de diciembre de 2010

Reseña de l5 minutos de "Behold a Pale Horse" (1964)

Por fin entregadas las notas y terminado el semestre, anoche aproveché el primer día de mi descanso invernal de la universidad y vi (parte de) una película estadounidense sobre la guerra civil española. Mala idea.

Hace tiempo decidí que, para ampliar mi conocimiento de cine sobre la guerra civil, no sólo había que ver películas españolas, sino otras también -- francesas, norteamericanas, inglesas -- que se hicieron mientras la dictadura seguía en poder (por ejemplo, La guerre est finie).Ver películas de la guerra que se filmaron durante el régimen y fuera de España las tiñe de otro color, especialmente cuando se ven bajo el objetivo del movimiento memorialista y todo lo que ha pasado en los últimos 10 años. Parece que todo tiene un doble sentido, o como si las palabras que enuncian los actores fuesen, sin saberlo, el principio de lo que todos llamamos hoy "memoria histórica."

Behold a Pale Horse es una película estadounidense de 1964, protagonizada por dos grandes del cine norteamericano, Gregory Peck y Anthony Quinn. Basada en la novela Killing a Mouse on Sunday de Emeric Pressburger, el filme fue dirigido por Fred Zinneman y relata la historia de un guerrillero catalán exiliado en Francia. El principio del filme incorpora escenas de To Die in Madrid y utiliza una voz en off sombría para narrar los datos básicos de la guerra. Según parece, la producción de Columbia, después de visionar el filme por primera vez, incluyó el uso de metraje documental e información narrada porque pensó que la contienda había quedado relativamente olvidada en la memoria de los espectadores en este lado del Atlántico. En un principio, estos "recordatorios" fílmicos no estorban demasiado: el epígrafe del Apocalipsis (de donde viene el título); la voz en off; el sonido siniestro de castañuelas y las secuencias documentales de Rossif dan la sensación que vamos a ver una película seria y comprometida. Por desgracia, aparte de estos detalles, no sé mucho de la película porque era tan mala que no podía seguir viéndola. Hoy, pensándolo otra vez, creo que es uno de esos filmes que sirven muy bien para investigar (como en una ponencia o un artículo), aunque no se pueda disfrutar el visionado en sí. Hay muchos defectos en este intento de retratar la guerra a 25 años desde su "fin," y voy a resumir varios aquí, a pesar de sólo haber visto unos 15 minutos de la peli.

1. Representaciones estereotipadas -- y fáciles de digerir para el público estadounidense -- de "las dos Españas."
En una sinposis que encontré en línea, hay un comentario interesante sobre la creación de Behold a Pale Horse: "By 1964, it was possible for a major studio to make a film touching upon the Spanish Civil War without having to answer to some senate investigating committee or other." El comentario se refiere, por supuesto, a la persecución de cineastas -- por ser comunistas o por sospecha de comunistas -- en la década de los años 50 durante la era de McCarthyism (para más información, ver explicación de HUAC [House Un-American Activities Committee], cuerpo establecido en 1937 para investigar supuestas actividades anti-americanas o subversivas). Es evidente que las secuencias que empiezan el filme carecen en absoluto de ideologías; en cambio, presentan una versión aséptica de la guerra. Sí, vemos la cola de exiliados cruzando la frontera a Francia, pero la manera en que el director presenta esta información prácticamente pide que no nos identifiquemos con nadie. La guerra, parece decir, es una guerra como cualquier otra: "The whole world found itself involved in the struggle. The whole world looked toward Spain . . . These are the men who lost, crossing the border into France....and exile."

Si las primeras secuencias casi son el opuesto del cine propagandístico de la guerra, después vemos intentos por esbozar los "dos lados," principalmente por la aparición frecuente de crucifijos, iglesias, y oraciones espontáneas como las que vemos en el segundo fragmento abajo (diferente de la secuencia en inglés). No sé cómo sigue el resto de la película, pero por lo que he leído, tiende a moralizar bastante, cosa que no me extrañaría. Sin duda, este aspecto del cine gusta mucho en Estados Unidos.

2. Un reparto mal elegido para los papeles que desempeña. 
Es muy difícil ver a actores como Quinn y Peck en estos papeles e imaginarlos españoles. Los acentos, que son una mezcla de un "acento español estilo Hollywood" (en inglés, me suena como un acento italiano, francés y quizá británico a la vez), casi me provocan la risa. Hasta hay una mujer que suena como si fuera de Nueva Inglaterra. No es tan curioso -- obviamente querían actores que fueran a ayudar a "vender" la película y no podían ser actores españoles (aunque sí es cierto que el director y los actores principales conversaron con exiliados españoles en Francia antes del rodaje). Aun así, este asepcto quita mucha atención del argumento.

3. Interpretaciones mecánicas
En lo que vi de la película, todos los actores parecían estar leyendo sus papeles como si fuera la primera vez. No había ni un atisbo de contacto emocional entre los personajes. Por eso, tuve que reírme al leer estas palabras del director, describiendo el libro en que se basó la película: "The book had a mechanical feeling about it..." Pues si el libro daba la sensación de ser "mecánica," también el filme.

4.Dirección sin sentido
La película parece ser una ópera prima, cuando en realidad Zinneman dirigió su primera película en 1930. Posiblemente, se puede atribuir la calidad de Behold a Pale Horse a una mala novela que se convirtió en una mala adaptación. Es casi como si la película quisiera ser más de lo que es posible en aquel momento. Una reseña de 1964 en Time la describió así: "Zinnemann's direction is occasional, his characters are trumpery and his actors obviously know it. Worst of all, though, is the picture's plot: something about a Spanish Loyalist guerrilla (Peck) who lives in the French Pyrenees and passes the time nursing his nerves instead of fighting Franco."

Sé que no se puede hacer una reseña detallada y sincera sin ver una película entera, pero para empezar, esos son mis pensamientos en torno a Behold a Pale Horse. Más que la película en sí, me interesa la recepción de la misma en España y todas las complicaciones que enfrentó el rodaje gracias a la dictadura. Como es de esperar, al régimen no le gustó para nada lo que vio, lo cual condujo a la prohibición de filmar en España, la retirada del país de Columbia Pictures y una pérdida de millones de dólares.

En inglés:


En español:

sábado, 5 de junio de 2010

Lectura de verano 1: El dueño del secreto de Antonio Muñoz Molina

Hace seis veranos, cuando estaba preparándome para los exámenes de doctorado, lo único que hacía, día y noche, era leer y sacar apuntes. Leer y sacar apuntes. Excepto en el caso de novelas muy largas como Rayuela o novelas especialmente secas e insoportables, intenté empezar y terminar todo en un par de días, porque cuando terminaba con una novela, había que empezar otra. Este verano, libre de clases y otros deberes, tengo pocos planes concretos menos leer. Tengo hambre de leer lo que quiera, cuando quiera, o dejar un libro y empezar otro cuando me apetezca.

Para organizarme, he preparado una lista de títulos de ficción, no ficción y libros que hay que leer una segunda vez. Las lecturas forman parte de algunos trabajos que estoy escribiendo, y también van a ayudarme a decidir cuáles novelas incluir la próxima vez que enseñe literatura. En este blog he mantenido, desde hace mucho tiempo, una lista de "lecturas de nunca acabar." Estos libros, principalmente novelas contemporáneas, tratan la guerra civil, la posguerra y la Transición. Este verano, voy a intentar resumir y reseñar brevemente algunos de estos títulos, empezando hoy con El dueño del secreto, de Antonio Muñoz Molina.

(foto)

Sin duda, Antonio Muñoz Molina es uno de los escritores más respetados y celebrados de la actualidad. Miembro de la Real Academia, periodista, novelista, casado con la también escritora Elvira Lindo, Muñoz Molina es un escritor prolífico, cuya última novela es un tomo bastante grueso, La noche de los tiempos (hay por lo menos 3 novelas que aún no me he atrevido a leer por su extensión - la de AMM, la última de Almudena Grandes y la última de Manuel Rivas).

Como lectora, mi primera experiencia con Muñoz Molina fue El invierno en Lisboa. Luego leí Beltenebros, Beatus Ille y El viento de la luna. Pero por alguna razón me seguía llamando la atención una novela breve, El dueño del secreto, publicada en 1994.

El dueño del secreto (Castalia, edición de Epicteto Díaz Navarro) tiene lugar en Madrid en 1974; la  novela se ha descrito como una "autobiografía ficticia." El narrador-protagonista, un joven andaluz que ha venido a Madrid a "estudiar" (lo pongo entre comillas porque salvo una o dos escenas, no sabemos nada de su vida estudiantil), consigue trabajo de mecanógrafo para un viejo anarquista, Ataúlfo Ramiro. El narrador -- no recuerdo haber visto su nombre una sola vez -- es virgen, tiene pelo largo, y le afecta una necesidad loca e inoportuna de orinar siempre que tenga miedo. También le caracteriza una incapacidad de guardar secretos y, como admite él mismo, cierta cobardía. Me da la impresión de ser como tantos jóvenes de unos 18 o 19 años, que quieren aparentar ser "revolucionarios" audaces y comprometidos con alguna causa, cuando en realidad, están buscando su propia identidad y son un poco idealistas o ingenuos. Cuando el narrador de 1974 "sale" de esa época para contemplar su vida desde la actualidad (1993), se observa de una forma casi tragicómica -- medio avergonzado por lo que hizo o no hizo e influido, sin duda, por volver la vista atrás desde el mirador de la democracia.

El mejor amigo del narrador, "Ramonazo," es un maoísta con una "novia prochina;" trabaja de mecánico y detesta a los "socialfascistas." Ramonazo ve a Ataúlfo - "mi maestro," según el narrador (117) - como un burgués. Cuando se conocen el comunista y el anarquista, Ramonazo le dice a su amigo, "Pues vaya pinta de burguesón que tiene el tío" (126). La huella de tensiones entre anarquistas y comunistas corre a través de gran parte de la novela. El narrador y Ramanozo comparten habitación en una pensión de Madrid, donde el mundo va abriéndose a los dos "pueblerinos" como suele retratar la ficción esta experiencia -- conocen el metro, la vida nocturna, la bebida, la comida exótica, y por supuesto, las chicas.

Relativamente poco de la novela se enfoca en la vida sentimental del narrador. El narrador alude a una novia, a su foto y sus cartas, pero la mayoría del tiempo lo pasa con Ataúlfo, indoctrinándose en una vida misteriosa donde llega a ser el confidente de Ataúlfo, quien le confiesa primero que es un anarquista, y luego lo involucra en un plan para derribar a Franco.

Para mi gusto, la novela es un poco lenta al principio, pero gana velocidad por la mitad durante uno de los pasajes más interesantes en que el narrador se ve envuelto en una manifestación estudiantil y se encuentra perseguido por los grises. Aunque ya hayamos podido percibir que nuestro protagonista es un poco miedoso, está aquí donde realmente entendemos el miedo y la sospecha que penetran todo en que participa. El pasaje me recuerda descripciones del mayo de 1968, pero aquí, el narrador, ahora con casi 40 años, es capaz de reconocer que su participación en la concentración sirvió casi como máscara para el miedo que sentía. Y este es uno de los temas de la novela - el rechazo a mitificar el pasado:
Una parte de mí, irreductiblemente alojada en el estómago, en las náuseas que provocaban el amontamiento y el miedo, quería marcharse de allí aunque fuese a codazos, esconderse en un aula desierta, en el interior de un retrete, cerrar los ojos y taparse los oídos y no saber nada de los caballos ni del ruido metódico del helicóptero que volaba muy bajo sobre la Facultad, tan bajo que desde el interior veíamos agitarse las copas de los pinos. (111)
La novela termina poco después que Ataúlfo le pide ayuda al narrador a derribar a Franco. Incapaz de guardar hasta este secreto, se lo confiesa a Ramonazo. Poco después, desaparece Ataúlfo, y el narrador está convencido de que parte de la culpa la tiene él por no quedarse callado. Como reconoce en las últimas páginas, el gran secreto realmente no tenía nada que ver con las confidencias de Ataúlfo, sino con ACORDARSE DE TODO: "Nadie piensa ya en aquellos tiempos, nadie se acuerda del invierno y de la primavera de 1974, ni de la ejecución de Puig Antich o del nombre del húngaro o polaco al que le dieron garrote vil en Barcelona. Yo sí me acuerdo de todo: ése es mi secreto. Nadie sabe que aún continúo añorando lo que no sucedió nunca, la revolución franca y gozosa que no llegó a triunfar. . ." (167). Esta cita, si la pensamos unos 15 años después de publicada la novela, es especialmente interesante porque habla del "pacto de silencio" que aún afectaba el discurso público sobre los últimos años de la dictadura; también, revela los avances que se han hecho para recuperar el pasado (una película reciente sobre Puig Antich, por ejemplo, o su foto en las manifestaciones en apoyo a las víctimas del franquismo). La cita nos recuerda además que aquí, en el acto de compartir este último secreto (igual que hago yo en este blog, qué horror), el narrador garantiza que alguien va a pensar en aquellos tiempos.

Como mujer, tengo que decir que siempre he encontrado muy androcéntricas las novelas de A.M.M. El dueño del secreto también lo es. Aquí, las mujeres quedan al margen como accesorios a hombres importantes con agendas políticas. No ha sido una de mis novelas preferidas del autor, pero he leído menos literatura contemporánea sobre el tardofranquismo que la primera posguerra y esta me inspira a leer más ficción sobre los últimos años de la dictadura. El dueño del secreto tiene unas citas muy buenas sobre Franco y la mezcla de ansiedad e impaciencia sobre la posibilidad de su muerte:
Faltaban dos meses para el abril glorioso de Lisboa, menos de tres para el levantamiento español en el que yo aún no sabía que iba a participar, poco antes de un año para que se muriera el enano mineral, el galápago eterno que aparecía en blanco y negro de los televisores como la momia anticipada de sí mismo, embalsamado en condecoraciones o vestido con trajes y sombreros de fieltro de vejestorio diminuto y pulcro, de abuelito fastidioso con el que ya nadie sabe qué hacer. (85)
Nuestra generación. . .fue la última en llegar al antifranquismo, y nos tocó la paradoja de heredar, con dieciocho años, la tradición de derrota de las generaciones anteriores, de respirar un aire enrarecido por treinta y tantos años de desaliento y de invenciones gloriosas y absurdas de huelgas generales que no fueron vencidas porque nunca llegaron a existir. (131)
Me gusta la novela por lo que nos dice sobre la memoria y el olvido. Creo que el autor siempre ha visto con sospecha a los autores que tienden a idealizar el pasado, e intenta enfatizar la necesidad de acercarnos críticamente al pasado, especialmente a nuestro pasado. Reconoce cómo el tiempo distorsiona los recuerdos a la vez que reivindica el derecho a recordar, como afirma aquí: "En esa época, en los setenta, sobre todo al principo, creíamos fervorosamente en la comunicación [. . .] Ahora, algunas veces, yo agradezco exactamente lo contrario, el privilegio de la inviolabilidad, la maravilla del silencio, el derecho a acordarme sin que lo sepa nadie" (168).

viernes, 17 de julio de 2009

Reseña: "Bucarest, la memoria perdida," de Albert Solé

Estoy de vacaciones, y he estado viendo muchas películas últimamente, la mayoría de cine negro estadounidense. Pero ya era hora de volver a mi campo de investigación, así que anoche he visto dos españolas -- Bucarest, la memoria perdida, un documental de Albert Solé, y La buena nueva, película de ficción ("basada en hechos reales") de Helena Taberna. Aquí me gustaría reseñar brevemente la película de Solé, y en otro post hablaré de la de Taberna.

Me enteré por primera vez de Bucarest, la memoria perdida hace unos meses, y escribí aquí de la película antes de haberla visto, y antes de que ganara un Goya en la categoría de cine documental. Albert Solé, su director, es hijo de Jordi Solé Tura, uno de los padres fundadores de la Constitución de 1978. Solé Tura sufre actualmente el Alzhéimer, pero aquí, la "memoria perdida" no sólo se refiere a la de Solé Tura, sino también a la de su hijo, nacido en Rumania en 1962. Como gran parte del film nos enseña, cuando se altera o se borra la memoria de alguien que queremos, hay un cambio (a veces imperceptible hasta mucho tiempo después) en nuestra memoria e identidad también - nuestros recuerdos de quien era esa persona, o de quienes éramos nosotros con ella, chocan con nuestra imagen actual de esa persona -- y ese choque produce los recuerdos que vamos a tener algún día. Parte de nuestra identidad muere también con la inhabilidad de esa persona de relatarnos nuestra historia. Pero, como ha dicho Pablo Neruda, "es mejor recordar lo que va a suceder," y esa parece ser la labor de Albert Solé en la creación de esta película.

foto de Jordi Solé Tura, en EcoDiario
Bucarest, la memoria perdida narra la vida política del padre, un militante antifranquista, que, tras varios exilios, vuelve a España y es instrumental en el desarrollo democrático del país. Entrevistas personales muy emotivas con familiares de Solé contrastan con los recuerdos de figuras políticas destacadas como Jorge Semprún, Santiago Carrillo, y hasta Manuel Fraga. Fragmentos audiovisuales de la época franquista, tanto dentro como fuera de España (las emisiones de Radio Pirenaica, por ejemplo), recorren varias décadas de la historia española, ayudando a establecer la identidad de un hombre que está perdiendo todo sentido de sí mismo y su historia. El director explora la identidad intelectual y política de Solé Tura más que su papel como esposo y padre, pero no es decir que estas posiciones -- la familiar y la política -- no se mezclen, una interfiriendo en, o mejor dicho, informando a la otra.

El tema del exilio es el hilo conductor del documental de Solé -- el exilio exterior e interior y el auto-exilio provocado por el Alzhéimer. La película empieza señalando la inestabilidad de la identidad, sobre todo de la vida empezada en el exilio: Solé no sabía hasta que tenía 9 años que no había nacido en Hungría, el país que siempre habían mencionado sus padres (nos enteramos después que se intercambió Budapest por Bucarest en el certificado de nacimiento de Solé, para mantener la clandestinidad de la familia). La existencia se define por múltiples apellidos, documentos falsificados, mudanzas cuyo destino se desconoce por los propios viajeros.

Los paralelos que crea Solé entre esta vida y la de su padre ahora, luchando por reconocerse, y por reconocer a su propio hijo y mujer, es lo que hace que este film sea tan maravillosamente concebido. Esta no es una película sobre el Alzhéimer y los efectos desastrosos de esta enfermedad -- no se trata de definir en quien se ha "convertido" Jordi Solé Tura o en explotar su condición debilitada. Bucarest, la memoria perdida es un intento de recuperar un pasado que ya no se puede verificar por su propio autor, de reconstruir una identidad que va más allá del ámbito familiar y permite apreciar y entender los esfuerzos de otra generación para derribar el fascismo. Al mismo tiempo, el documental ofrece un "álbum familiar" para transmitir la historia del abuelo a la hija del director, a quien va dedicada la película.

Albert Solé, en los Goya 2009, en http://www.daylife.com/photo/0bXY6IL2dy124

El director termina su obra elegíaca contrastando las perspectivas de dos mujeres: la segunda esposa de su padre, y Noa, la hija de Albert Solé. La esposa de Solé Tura le dice al director que es mejor no recordar quien era su marido antes. Duele demasiado recordar, y entre lágrimas, admite que olvidar es la única manera de seguir adelante. Para ella, el olvido de su esposo es contagioso; parece ser que la única manera de acompañarlo es por vivir con él, y con el Alzhéimer, día a día. En seguida después de esta entrevista, la última secuencia del film se nos presenta con una vista desde arriba de un laberinto, el que está en la portada del DVD. Oímos la voz de una niña - es Noa, la hija del director -- buscando a su abuelo. "Jordi," le llama, "¿dónde estás?" Noa intenta explicarle cómo salir del laberinto, y es esta imagen poderosa con la que termina el film. El padre-director provee el enlace entre pasado y futuro, enfatizando la necesidad de transmitir el pasado de una generación a otra. De la misma manera que Albert Solé empieza el film deseando indagar en quien era su padre, así lo acaba su propia hija. Los dos tienen en común el deseo de revelar a Solé Tura, para conocer sus orígenes, y así ayudar a salir del laberinto la memoria.


Bucarest, la memoria perdida es un documental serio, y con eso quiero decir que es una obra pulida y profesional. Las escenas fluyen de una a otra sin transiciones torpes o intervenciones inapropiadas por parte del director. La voz en off es justo lo suficiente para no estorbar, y las entrevistas mantenidas con los familiares de Solé Tura nunca parecen explotar la gravedad de la situación en que se encuentran.

Si tuviera que hacer una crítica del documental, diría que huye de ser más crítico para con la información recibida (para con los recuerdos de los otros, en otras palabras). Aquí, el director parece aceptar todo lo que le dicen sin cuestionar nada de la biografía de su padre. Entiendo que dada la condición cognitiva de Jordi Solé Tura, el director tiene que depender de las perspectivas de los amigos y conocidos de su padre, pero a mi parecer confía demasiado en ellas y nunca las cuestiona, prefiriendo dejarlos hablar y soltar sus recuerdos para la cámara. Los entrevistados terminan creando un retrato más o menos unidimensional de Solé Tura, un retrato que apoya la labor del director y no va en su contra. En otros documentales que he visto en torno a la memoria familiar-política, los directores -- también de la generación de los hijos o nietos de la guerra -- han tendido a cuestionar más las versiones narradas por sus entrevistados, sobre todo cuando no corresponden con las mantenidas por los documentalistas. Son documentales más auto-reflexivos o metafílmicos. Aquí, es como si la imagen de Solé Tura promovida por su hijo-director se centrara casi exclusivamente en su vida política, y los entrevistados sirven para confirmar y elaborar ese retrato, no queriendo desviar de cierto camino pre-establecido. He notado muy pocas críticas de Solé Tura; en cambio, los espectadores reciben una visión muy admirable del ex-militante antifranquista. Hay algunos momentos que indican las divisiones internas entre los comunistas de aquel entonces, incluyendo el alejamiento de Solé Tura del PCE, pero más que nada Bucarest, la memoria perdida nos enseña un Jordi Solé Tura sumamente inteligente, políticamente comprometido, esencial para el movimiento antifranquista y en la Transición, y admirado por todos. Tal vez fuera así, y mis dudas son mal razonadas, pero estudiar el cine documental me ha hecho desconfiar más de las técnicas empleadas para contar una historia.

Por un lado, se puede decir que esta película indaga en la fragilidad de la identidad y la memoria. Pero por otro lado, es un intento de presentar (¿estabilizar? ¿confirmar?) ciertos recuerdos para llenar el vacío dejado por la memoria perdida de Solé Tura. Para él, la historia está acabando o ha acabado ya. Pero para su hijo y su nieta, sigue transformándose. Bucarest, la memoria perdida es, entonces, una película sobre la herencia del pasado y el deber de recordar. Vincula, en este caso, la transmisión del pasado familiar con la del pasado reciente de España. Se lo recomiendo mucho a todos los que están interesados en la historia reciente de España, sobre todo en el exilio, la vida clandestina, y el tardofranquismo. El éxito de Bucarest, la memoria perdida apunta el interés en el tema de la memoria, y también ejemplifica el florecimiento del documental en España en años recientes, punto que espero explorar más tarde en este blog. Espero que continúe este fenómeno!

viernes, 2 de enero de 2009

Cartas desde la ausencia de Emma Riverola - parte 4

Anoche terminé de leer Cartas desde la ausencia. Esta última sección, "El legado," que va desde 1940 a 2006, es la que más me ha gustado. Me sentí totalmente enganchada, y tuve esa sensación que se tiene con un buen libro -- no quería que terminara. Sin embargo ahora que intento escribir algo sobre la lectura, me cuesta un poco; Cartas es una novela un poco complicada para explicar, si se habla en términos de personajes y cómo se relacionan entre ellos (aunque es verdad que hay libros mucho más complejos en este sentido, como La voz dormida). Además, aunque quisiera hablar de mis impresiones, creo que es importante hacerlo sin revelar demasiados detalles de la trama. Todas las novelas requieren una buena dosis de misterio, pero puede que esta aún más, porque hay relaciones que surgen al final que no necesariamente se esperan al principio.

Para mí uno de los efectos residuales de la escuela graduada es ya no poder simplemente leer un libro, cerrarlo y hacer otra cosa. Si es un libro que realmente me gusta, no dejo de apuntar y subrayar pasajes. Me gusta empezar una novela sin haber leído demasiadas reseñas o saber la biografía completa del autor, para luego ir indagando en los detalles que me interesen. Así leo con la mente más o menos tranquila, y formo mis propias ideas antes que me afecte lo que diga algún crítico literario. Afortunadamente, como Cartas desde la ausencia salió en abril 2008, aún no hay mucha información disponible (por lo menos en Estados Unidos o por internet) sobre la novela, aunque sí existen algunas reseñas breves y un par de entrevistas en diarios.

"El legado" es un título apropiado para este último capítulo de la novela, porque aquí las cartas cruzan varias generaciones, pasando de los supervivientes de la guerra a los que nacieron en los años 60. Lo impresionante de esta sección es su forma de exprimir la esencia histórica y política de varias décadas; Riverola escribe sin perder el rumbo de las historias personales que transcurren al lado de acontecimientos como la II Guerra Mundial, la muerte de Stalin, la repatriación de los niños a España, la revolución cubana, la muerte de Franco, y las elecciones democráticas. Por alguna razón (¿cuestiones de espacio?), hay una laguna entre 1980 y 2006, pero no creo que quite valor del resto de la obra. De hecho, como indican el título y la autora misma, son estas lagunas que forman el eje de la novela.

Leer una novela epistolar siempre significa leer la ausencia. La carta es sólo una huella física de su remitente, y en la era antes del e-mail, no llega con regularidad. La comunicación en Cartas desde la ausencia se interrumpe vez tras vez por múltiples guerras; la censura; trastornos emocionales o psíquicos; discusiones que se convierten en silencios; el encarcelamiento y la muerte; y por algo tan sencillo como el tiempo que lleva para hacer llegar una carta de un lugar a otro. Las palabras evocadas en estas cartas se tiñen de preguntas, recuerdos reales e inventados (muchas veces los niños comentan que tienen que inventar recuerdos de España), y cargan con el peso de no saber.

Desde dentro de España, las palabras se tienen que elegir con cuidado, para evitar la censura o algo peor. Asimismo leemos cartas de Carmen a sus hijos que dicen una cosa, pero luego confiesan otra cuando van dirigidas a su amiga Gloria. Nunca sentía como si las cartas no contaran toda la verdad, porque inevitablemente había alguna de otro personaje que contenía más información. Sé que suena cliché, pero en muchos casos las cartas actúan como pedazos de un puzzle que tenemos que reconstruir. Pero esta no es una historia con una resolución perfecta: es un puzzle inacabado, y así podemos apreciar mejor los huecos dejados por la guerra y el exilio en la memoria y en el legado de estos personajes.

Como lectores, tenemos el privilegio de poder leer todas las cartas y tenemos acceso a un archivo familiar íntimo -- es fácil sentirse voyeur frente a la información que obtenemos, aunque Riverola nunca explota las vidas de sus personajes, ni cae en la nostalgia o el sentimentalismo tan asociados con el género epistolar. Hay veces en que el lector/a se entera de cosas que se ocultan de los personajes - por ejemplo, de un aborto, una aventura, o un intercambio secreto de cartas. Además, somos los únicos que tenemos la habilidad de leer las cartas censuradas al lado de las cartas originales, así que la autora nunca nos priva de la información necesaria para reconstruir las historias de sus personajes.

Hay muchísimos temas de los que podría hablar en relación con esta novela, pero de momento el que me interesa es el mecanismo de la carta, y el triángulo que forma entre los remitentes, los destinatarios, y los lectores implícitos. De ninguna manera quisiera empezar a intentar hablar de teóricos como Lacan o Derrida y sus evaluaciones de "la carta." De hecho, no confío mucho en mi habilidad de explicar lo que he leído de estos dos filósofos. Pero resulta imposible pensar en una novela epistolar sin tener en cuenta lo que han dicho sobre "la carta," a pesar de que no están hablando de una carta como la conocemos (o del contenido de ella en sí), sino de la naturaleza de la relación entre remitente y destinatario. Esta es una cuestión que Slavoj Žižek también ha explorado intensamente en muchas de sus obras críticas (aquí, en el libro Looking Awry):
A letter always arrives at its destination - especially when we have the limit case of a letter without addressee, of what is called in German Flaschenpost, a message in a bottle thrown into the sea from an island after shipwreck. This case displays at its purest and clearest how a letter reaches its true destination the moment it is delivered, thrown into the water -- its true addressee is namely not the empirical other which may receive it or not, but the big Other, the symbolic order itself, which receives it the moment the letter is put into circulation, i.e., the moment the sender 'externalizes' his message, delivers it to the Other, the moment the Other takes cognizance of the letter and thus disburdens the sender of responsibility for it. (10)
Dicho sencillamente, se crea un significado no por lo que dice la carta, sino al reconocernos destinatarios de la carta misma. En palabras de Althusser, este sería un acto de interpelación: al entender que se nos está siendo dirigida la carta, vamos creando una interpretación y examinando cómo nos relacionamos con ella. En este contexto, entonces, es interesante que Žižek utilice el término "responsabilidad," situando esta responsabilidad no con quien ha mandado la carta, sino con el Otro que la "recibe."

Muchas novelas contemporáneas de la GCE y el franquismo parecen tratar la cuestión de la "responsabilidad" del lector/a hacia el pasado y también el futuro. Estas novelas muchas veces dan la sensación de ser novelas detectivescas; el lector/a explora, junto con el protagonista, algún episodio olvidado o desconocido de la guerra y/o la posguerra, en una narración teñida de autoreflexión y elementos metaficticios. Hablo de libros como Soldados de Salamina, Otra maldita novela de la guerra civil, La mitad del alma, Camino de hierro, Los girasoles ciegos, etc. etc. En estas obras lo que se estudia no es la historia con hache mayúscula, sino la historiografía (tal vez un poco menos en Los girasoles ciegos, pero pienso en particular en Segunda derrota). Se pregunta ¿cómo se ha escrito la guerra civil, y qué se debe hacer con tal información?, sobre todo ahora que el archivo del pasado ha caído en manos de la llamada segunda o tercera generación -- a veces sin querer. En todos estos libros encontramos simulacros de documentos franquistas, testimonios orales, cartas y diarios personales que ayudan a iluminar (y a veces, confundir) las investigaciones del narrador o protagonista. Hay diálogos entre los que sobrevivieron la guerra y los que nacieron en la democracia. Hay viajes que cruzan fronteras, que llevan a los personajes a explorar archivos y relaciones familiares antes desconocidas. Hay también un movimiento constante entre pasado y presente, con una falta de tiempo lineal.

La novela de Riverola comparte algunas de estas características, como el tiempo no cronológico (lo digo por el capítulo "La derrota," que ocurre en 2006, para luego volver a 1940). Pero por otro lado es una novela distinta a otras que he leído sobre la GCE y el franquismo porque aquí no interviene una voz narrativa; no hay quien juzgue o interprete la evidencia del pasado. Lo que hay son las cartas, y las respuestas y los silencios que se producen después. Los lectores tenemos más información a nuestro alcance que los personajes; tenemos que crear un nuevo significado de lo narrado.

Es significativo que, de todas las cartas de Cartas desde la ausencia, la última sea para Paula, una mujer de 43 años que, en 2006, ya había pasado la mayoría de su vida en la democracia. Paula recibe esta carta, pero no la lee (otra vez, hemos podido leerla antes que ella). Paula también ha escrito una carta, y al final del libro la vemos enterrar con Andreu (no voy a decir cómo se relaciona con ella). Aunque muerto, son las palabras de este hombre que terminan la novela, buscando en Paula la respuesta de la "inmensa ausencia de mi vida" (287). La red de cartas termina con la muerte de Andreu, pero la novela me hace pensar que la reunión de Paula con él significa que ya no serán necesarias, y que Paula reconstruirá su propia historia partiendo de las de otros. Aún así hay que destacar que aunque haya este primer y último encuentro, representa ya otra ausencia o silencio: la carta de Paula, enterrada con Andreu, y la carta de Andreu, aún no leída por Paula. Tal vez lo importante es que cada uno haya sabido de la existencia del otro, aunque nunca se conocerán en persona.

Cartas desde la ausencia es una novela conmovedora, que explora el exilio de los niños a la URSS y los efectos duraderos de esta ausencia en ellos y en su familia. ¡La recomiendo mucho! Aquí se puede leer una entrevista con Emma Riverola, de La Vanguardia.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Cartas desde la ausencia de Emma Riverola - parte 3

Leyendo Cartas desde la ausencia a trozos durante el viaje en coche entre estados, me he dado cuenta otra vez de lo mucho que aún me falta saber sobre la GCE y la posguerra, especialmente en lo que se refiere a la diáspora española del exilio (un tema que me interesa más con cada nueva lectura). De hecho, creo que esta novela me ha inspirado a investigar un poco más la relación de los exiliados a la URSS con España y Cuba.

Las primeras 120 páginas de la novela consisten en cartas enviadas entre 1936-1940, a excepción de una especie de confesión escrita de Jaume a su esposa Carmen (parece ser en el lecho de muerte) el 23 de septiembre de 1938. Esta carta, a diferencia de las otras, no se dirige explícitamente a un destinatario y forma parte de un capítulo titulado "La impotencia." Luego aparecen las otras cartas de las que ya he hablado, en "El desgarro." Con la última carta el lector/a de repente se encuentra con un salto a 2006, en la sección "La derrota."

"La derrota" representa un cambio brusco no sólo por la cuestión temporal, sino por el tono de la narración. Donde antes leíamos cartas de la URSS del niño Andreu, ahora ese niño es muy mayor, un señor amargado y roto que recuerda su vida después del exilio, con un odio intenso para Stalin, a quien llama Joseph, camarada, y Padre. Andreu además confiesa cómo se convirtió en asesino a los 26 años, de su vuelta a España y su extraño encuentro con su madre Carmen, y de su viaje a Cuba poco después de la revolución. Lo que se destaca en esta sección de la novela - más que la dictadura franquista - es la pérdida de la ilusión del comunismo, o de la ilusión revolucionaria en sí, aprendida desde la infancia en la URSS. Andreu reflexiona, bebiendo trago tras trago de ron cubano, y reconociendo que todo lo que pensaba era mentira:
Habíamos sido educados en la ilusión de nuestra patria. Creyendo que algún día podríamos regresar como vencedores. En nuestras fantasías infantiles imaginábamos un país hambriento y desolado esperando la llegada del hombre nuevo como su única posibilidad de redención, como una virgen impaciente en espera de la semilla de su amante. . .Pero no encontramos nada de eso. No había virgen. Nadie nos esperaba. (147)
La confesión de Andreu incorpora mucho más de lo que sé hablar aquí (además no quiero revelar todo para los que aún no hayan leído la novela), pero es importante apuntar que parece ir dirigida a Paula (¿hija de Andreu?):
Querida hija. . .Hija. . .No, no puedo empezar así, me suena falso, nunca me he dirigido a nadie llamándole así. Querida Paula. . .¿Te quiero realmente? ¿Puede sentirse amor por una desconocida? No, un momento, estoy desvariando, tengo que centrarme, he de ordenar mis ideas. ¿Pero qué ideas? Mis recuerdos, sí, mis recuerdos. A ver, ¿por dónde quiero empezar? Por el principio, viejo chocho, por el principio. Pero es que, ¿sabes niña?, me cuesta poner en orden mis recuerdos. . .(126)
Paula es de una generación más joven, y Andreu parece burlarse de estos jóvenes por su falta de ideales: "Un cachito de 0,7%, una manifestación contra la guerra de Irak, dos chocolatinas de comercio justo y el cambio para el tsunami. Unas gotas de solidaridad esterilizada, pasteurizada y purificada para limpiarse el culo de la conciencia" (130).

Me queda leer la última sección de la novela -- ¡qué lentamente leo estos días! -- y veo que se titula "El legado" y sucede entre 194o y 2006. Como en "El desgarro," todo está narrado por carta, e incluye cartas censuradas. También aparecen aquí los primeros emails. Por cierto esta es una característica única de las novelas contemporáneas que he leído sobre la GCE y la posguerra.

Esta novela me ha dejado pensando en cómo hablar de generaciones cuando se habla de los "niños de la guerra." La cuestión de las generaciones limita mucho; no se puede dividir todo tan fácilmente entre "primera," "segunda," y "tercera" generación, por cuanto que quisiéramos poder agrupar a los "hijos" y "nietos" de la guerra, etc. Aún así está claro que la novela de Riverola busca examinar los efectos del exilio no sólo en los que lo experimentaron de primera mano, sino en los que termina afectando décadas después.

Si fuéramos a hablar de la "posmemoria" en este contexto, ¿qué significaría? Andreu mismo habla de su memoria como una que se ha contaminado, cuando dice, "Al menos, el recuerdo de mi padre no se contaminó. Permaneció inmaculado y glorificado como una virgen inalcanzable" (162). Esta memoria "contaminada" es una memoria que se transmitirá a otras generaciones de españoles. Para Andreu, las mentiras del partido forman parte de esta "contaminación." Andreu experimenta una pérdida múltiple (de su familia, de su niñez, de su patria, de su futuro, de sus ideales políticos) que, si se transmite en forma oral o escrita a su hija u otros parientes, terminará cambiando los recuerdos de ellos de España también (y así, cómo se narra su historia).

Se entiende a lo que se refiere Andreu, pero todas las memorias son contaminadas - no existe ninguna memoria "pura" como la memoria virgen que describe. La memoria evoluciona con el tiempo, con cada nueva interpretación del pasado. Parte de "recuperar" la memoria es entender que una memoria ha sido manipulada. Mientras que en la España franquista tal manipulación era un componente clave de la dictadura, en el exterior significaba en muchos casos manipular la memoria de los españoles exiliados a beneficio del país "anfitrión" (como en el caso de la URSS o Cuba de esta novela).

domingo, 28 de diciembre de 2008

Cartas desde la ausencia - parte 2 - los niños del exilio

Hay momentos en que parece coincidir de una forma extraña todo lo que estoy leyendo. El 24 de diciembre, en un editorial en El País, Vicenç Navarro escribió de los "niños perdidos del franquismo," subrayando la ausencia de este tema en el imaginario español. Igual que comenta Jordi Soler al principio de la novela Los rojos de ultramar, Navarro empieza su editorial recordando un episodio en el aula de clase que le dejó marcado:
Una de las sorpresas que me encontré a la vuelta de un largo exilio fue el ver que mis estudiantes (gente joven, despierta y curiosa intelectualmente, horrorizados por las barbaridades realizadas por las dictaduras chilenas y argentinas -- tales como el robo de niños de padres asesinados por aquellas dictaduras --) desconocían que todos aquellos horrores habían ocurrido también en España durante la dictadura franquista, incluyendo el robo de niños de madres republicanas asesinadas por el Ejército golpista.
Aquí se puede ver un breve vídeo sobre los niños de los que habla Navarro (un poco caducado, por lo que se refiere al auto del juez Garzón). Habla el historiador y profesor conocido Ricard Vinyes:



La novela que estoy leyendo, Cartas desde la ausencia, no habla de esta situación en particular (por lo menos hasta ahora), pero sí llega un momento en que Carmen, la madre, se ve obligada a tomar la decisión de mandar a sus dos hijos a la URSS. Nos enteramos de esta despedida por una carta que le escribe a su marido Jaume, quien está en el frente:
Mañana partirán hacia la Unión Soviética. Supongo que ése es el lugar que tú hubieras escogido. Les he comprado zapatos nuevos. Madre me ayudó porque a mí no me llegaban los cuartos. Les he hecho dos abrigos con la tela del mío. Creo que allí hace mucho frío y yo no sé si volveré a necesitarlo. Los niños no saben muy bien lo que pasa, les hemos dicho que se van con sus primos y muchos chiquillos más a un lugar donde no hay guerra y les van a dar muy bien de comer. Cuando les conté, Víctor lloraba y repetía que él no quería irse. Andreu preguntó si el barco pasaría por Barcelona para recoger su telescopio. Yo tengo un peso muy fuerte en el pecho. (65)
La novela de Riverola no sólo contiene cartas de los mayores, sino también las de Andreu, que escribe constantemente a su madre Carmen desde su llegada en la URSS. Andreu se encarga de cuidar a su hermano menor, Víctor, y sus cartas se hacen cada vez más comprometidas; muchas veces el niño se despide con un "Viva el gobierno del Frente Popular," o "Salud que venceremos."

Mientras tanto, Jaume escribe a su hermano Ramon desde el frente, habiéndose enterado por la carta de Carmen de la salida de sus hijos. Le pide a Ramon que busque a Andreu y Victor, pero Ramon no es capaz de hallarlos. Hasta ahora, lo que subraya la novela es la imposibilidad de volver a encontrarse la familia. Andreu nunca ha recibido una carta de Carmen, aunque le escribe mucho. Un día se desespera: "Yo te he escrito muchas cartas pero no he recibido ninguna. Me dicen que igual se pierden en el mar o que las quitan los fascistas. Si nos escribes nos envías un retrato porque se me olvida tu cara" (81). Las cartas de Andreu aportan otra dimensión a esta novela, destacando la confusión, el silencio y el miedo desde la perspectiva de un niño. Cuando a Jaume le detienen y encarcelan, es fácil imaginar cómo se rompen los lazos familiares para siempre. Habrá que leer más para saber cómo se evoluciona todo.

He hablado en otro post de este blog de la experiencia de ver la exposición Los niños del exilio en el Círculo de Bellas Artes en Madrid en 2005. Nunca me olvidaré de lo que vi allí, ni de la historia que me contó "Rosa," cuyo marido era un niño exiliado a Bélgica. Ni tampoco me olvido de la historia de una mujer galesa que conocí este año pasado, cuya madre había sido una de los "niños vascos," y cuyo abuelo había muerto en México, antes que terminara la dictadura franquista.

Hoy, en un artículo de El País, he visto una foto de una cola larga de personas esperando pedir la ciudadanía española. La foto fue sacada en La Habana. Por la Ley de Memoria, los descendientes de exilios españoles podrán empezar los trámites para ser ciudadanos españoles. Según el artículo:
La medida que entra hoy en vigor permite a los interesados no renunciar a la nacionalidad anterior, puesto que la española es de origen. Cabe la posibilidad de que los descendientes de las personas que opten a la nacionalidad con la nueva medida también puedan conseguirla.

Es el caso de los hijos menores de 18 años de los beneficiarios, que podrán optar a la nacionalidad española no de origen, de acuerdo con el Código Civil, pero no el de los hijos mayores de edad.
Es imposible saber por cierto cuántas vidas fueron afectadas por el exilio español. Pero lo cierto es que el exilio traspasa generaciones. Los niños, si son los que mencionan Vinyes y Navarro, o los que fueron exiliados a países como la URSS, la Argentina, Cuba, o México, siempre son los que más sufren los efectos de una guerra. Sólo hay que leer el sinnúmero de libros - de ficción y de no ficción - que tratan este tema. Ser niño - especialmente uno que no ha entrado aún en la pubertad - significa no tener la habilidad de interpretar lo que se está pasando, de pensar críticamente. Seguramente hay grandes diferencias, por lo tanto, en los recuerdos de un niño del exilio, y en la gente mayor que también tuvo que huir de España, voluntaria o involuntariamente.

El editorial de Navarro comenta que el documental conocido de Montse Armengou y Ricard Belis, Els nens perduts del franquisme (disponible en YouTube), prácticamente no se ha enseñado en España. Para Navarro, esta ausencia no es casual: "ha sido mostrado en la televisión sólo en Cataluña, en el País Vasco, y en Andalucía (a la 1 de la madrugada). Recientemente se hizo una presentación de una versión abreviada en TV2. Por lo demás no se ha presentado en ninguna otra televisión, sea pública o privada, contribuyendo a los horrores de aquella dictadura cuyo conocimiento es muy escaso en nuestro país. . ."

Ahora que han empezado los procedimientos formales para los descendientes del exilio, quizá este asunto gane más atención en España. Porque los "niños del exilio" ahora tienen nietos que buscan la verdad de quienes son.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Cartas desde la ausencia de Emma Riverola - parte 1

Estoy leyendo Cartas desde la ausencia, una novela epistolar de Emma Riverola. Me cuesta pensar en la última vez que leí una novela narrada en cartas, y al principio, no sabía si me iba a gustar o no. Lamento decir que suelo pensar en el género epistolar como uno cargado de sentimentalismo -- sin embargo, eso no es lo que he encontrado hasta ahora en la novela de Riverola.

Supe de la novela por algo que leí en internet, y por suerte había un ejemplar que recién llegó a una biblioteca cercana. Como me interesan más que nada novelas contemporáneas de la GCE que se mueven entre varias épocas (la guerra, el franquismo, la actualidad, por ejemplo), pensé que el libro de Riverola era uno que necesitaba leer. Además, como no conocía antes el nombre de Riverola, y parece haber pocas novelas de la guerra escritas por mujeres, decidí ponerme al tanto durante las vacaciones.

La novela empieza el 23 de septiembre de 1938, pero luego nos lleva atrás 2 años, cuando Jaume, el marido de Carmen y militante del POUM, dejó a su familia en Barcelona para ir al frente. Carmen, embarazada de 8 meses, luego se irá con sus 2 hijos a Bilbao, donde está su familia. En las primeras 60 páginas, se cartean Carmen y Jaume, Andreu (el hijo de Jaume) y Jaume, Carmen y Gloria (una amiga), y Jaume y Ramon (el hermano de Jaume). Entre las cartas personales, Riverola teje documentos "oficiales," como una carta escrita por un cónsul británico poco después del bombardeo de Gernika.

Lo interesante de la novela es su capacidad de contar la historia totalmente por cartas - la tensión entre Jaume y Carmen, el nacimiento de su hija Maria, el empeoramiento de las condiciones de la guerra - el hambre, el frío, la desesperación. Echando un vistazo al texto he podido apreciar que Riverola continúa las cartas hasta 2006, cuando se escriben en forma de emails. También ha incorporado cartas en que oraciones enteras han sido borradas por la censura, así haciendo que el lector/a tenga que imaginar lo dicho. La novela no sólo tiene lugar en España, sino en Moscú, La Habana, y París.

Como no he leído siquiera la mitad de la novela todavía, he decidido escribir un poco sobre ella aquí cada día hasta que termine. Por ahora los dejo con una breve entrevista con la autora en Barcelona en el Día de Sant Jordi, justo después que salió la obra (abril 2008):

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