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sábado, 24 de octubre de 2009

Para los que hablan de abrir o reabrir heridas

Emma Riverola, autora de la novela Cartas desde la ausencia (comentada aquí en enero 2009) tiene un blog llamado Álter Egos Alterados, en que adopta diferentes "yoes" para narrar una breve escena o reflexión. Por ejemplo, hay la voz de una niña cuya madre está siendo maltratada por su pareja. Hay la voz de una chica cuyo ex-novio dice que va a colgar en internet unas fotos escandalosas de ella. Incluso hay un párrafo en la voz de Bo, el perro de Obama, que me ha dado mucha risa. Como lectora, tengo la sensación de oír de los que normalmente no se sabría nada. Por eso quería mencionar especialmente el post de hoy, en que Riverola narra usando la voz de un fusilado que ha tenido que excavar su propia tumba. Sin más comentarios, para no estorbar la lectura....
Soy el muerto sin lápida. El difunto que cavó su propia tumba una madrugada callada, a las afueras del pueblo. La tierra no quería cuartearse, como si temiera que el frío cruel del invierno acabara por matarle las entrañas. Me ardían las manos por el esfuerzo y el tacto glacial de la pala, pero sabía que no debía preocuparme por las llagas. Mucho antes de que aparecieran las ampollas, moriría. La inmediatez de mi fin me volvió loco. Nadie puede aceptar la muerte a los 19 años, cuando el cuerpo escupe vida. Cuando todo parece posible y la nada ni siquiera existe en tu vocabulario. Que nadie se lleve a engaño, no morí como un héroe, recibí la ráfaga de balas entre lágrimas y alaridos de terror. Hubiera matado por vivir, hubiera mentido, robado o traicionado por escapar de aquellos fusiles. Yo no era nadie. No era nada. ¿Por qué me asesinaban? ¿Por qué nadie paraba aquello? No podía aceptar el terror de la realidad. Me fusilaron y con el último estertor sentí que los esfínteres se aflojaban añadiendo una última humillación a mi vida. Nadie lavó mi cuerpo después. Nadie vertió una lágrima sobre mi cadáver, ni una caricia de despedida, ni una palabra de amor. Me fui y lo último que vieron mis ojos fueron las caras del odio y la burla. Morí y fui enterrado en el agujero que entre cuatro desgraciados habíamos abierto. Los cuatro juntos para toda la eternidad. Dos viejos y dos jóvenes. Algunos amigos, otros apenas conocidos.

La templanza de la vida escapaba de nuestro cuerpo con cada paletada de tierra gélida. Y ahí nos quedamos, empujados por el odio, los celos y el sinsentido en este rincón anónimo de la memoria.

Yo ya no estoy ahí, ni viven los que me asesinaron, ni los que me lloraron detrás de las puertas y ventanas cerradas. Pero si algún día tengo una lápida con mi nombre, ruego que alguien deposite una flor blanca sobre ella. La flor que mi madre nunca supo a dónde llevar.

sábado, 18 de julio de 2009

"¿Qué pasó el 18 de julio?," artículo de Emma Riverola; algunas reflexiones sobre la enseñanza de la historia

Me acuerdo de la primera vez que entendí que mi país era capaz de darme vergüenza -- o por lo menos, que no tenía que estar de acuerdo con todas las decisiones políticas de mi gobierno. Era adolescente, y me escribía con un amigo de correspondencia, Miguel, en Panamá. El año era 1989, y por medio de una revista llamada , destinada para jóvenes principalmente latinoamericanos, tuve la oportunidad de escribir a más de 10 personas en Colombia, Panamá, México, Brasil, Puerto Rico, Perú, Costa Rica, España y lo que era en aquel entonces Checoslovaquia. Conocí a dos de aquellos amigos, uno que vino a Estados Unidos desde Costa Rica, y otra cuando yo fui a Sevilla durante un viaje a España en 1998.

ex-dictador panameño, Manuel Noriega

Miguel y yo llevábamos unos meses escribiéndonos cuando Estados Unidos invadió Panamá el 20 de diciembre de 1989. Hasta aquel momento, nos contábamos lo normal para dos adolescentes - generalmente, se trataba de qué música escuchábamos, adonde salíamos y con quien, y cómo eran las clases. Pero cuando pasó "aquello," cuando los tanques pasaban por las calles de la ciudad de Panamá y los militares subían a todo volumen una música horrible para hacer que Manuel Noriega saliera de su casa para que lo pudieran detener, cambió la amistad que Miguel y yo habíamos forjado por carta. Me contó su tristeza de lo que sucedía en su país. Aunque nunca me lo dijera explícitamente, sabía que yo pertenecía ahora al país invasor, y él, al invadido. Dejamos de escribirnos poco después.

Por lo menos en aquel entonces, se presentaba esta invasión como lo mejor que pudo suceder para Panamá. Similar al caso de Irak, uno de los motivos, ante todo, fue destronar a un dictador, supuestamente para el bien de los ciudadanos. Me metí en Wikipedia a ver qué decían sobre la invasión de Panamá. Entre las razones que citan son: defender a los ciudadanos estadounidenses que se encontraban allí; defender los derechos humanos; y parar el narcotráfico. ¿Defender los derechos humanos? ¿O era más bien defender los intereses de Estados Unidos en la región? ¿Será esta la historia que cuentan los libros de historia en este país sobre la guerra de Irak? ¿O hablarán también de las violaciones graves en contra de los derechos humanos que se produjeron en Irak y Guantánamo?

Para mí, Panamá representó la primera vez que sentí un conflicto interno sobre mi estatus como ciudadana estadounidense. Yo era "gringa." "Yanqui." Volví a experimentar una emoción parecida cuando entré en la universidad. No sabía mucho de la historia brutal de la esclavitud en este país, o de la larga y continua trayectoria del movimiento para derechos civiles, hasta tomar un curso titulado "Black Experience" (la experiencia negra), que presentaba la historia estadounidense desde la perspectiva afro-americana. Tampoco sabía del papel de Estados Unidos en las dictaduras del Cono Sur. Y la primera guerra en Irak era, para mí, unas luces nocturnas medio verdes con explosiones intermitentes. Cuando me fui enterando de todo lo que nunca había aprendido, recuerdo haberme sentido engañada, avergonzada, y enfadada. Pero tuve la suerte de tener a profesores que me ayudaban a abrir la mente a otras historias, a otras Historias.

No siempre me consideraba una persona políticamente responsable; ahora que lo pienso, era una veinteañera relativamente apática. Las clases que tomé no me cambiaron radicalmente la actitud hacia la política o me hicieron participar activamente en campañas o manifestaciones o escribirle cartas de protesta o petición a mi congresista local. La verdad es que tuvieron que pasar varios años -- la presidencia de Clinton - antes que realmente consideré seriamente mi relación con la política, y mi relación conmigo misma como ciudadana estadounidense. Las elecciones de 2000, en que Al Gore "perdió" para cederle la presidencia al hijo Bush, me provocaron una frustración enorme y un sentido de injusticia, y los Estados Unidos después del 11-S marcaron una nueva etapa en la evolución de mi relación con la política y los políticos.

La anécdota sobre mi amigo panameño y mis reflexiones después tienen poco que ver con el tema de este blog, pero surgen aquí gracias a un artículo de opinión que he leído esta mañana,"¿Qué pasó el 18 de julio?," de Emma Riverola, una novelista de la que he escrito aquí en otras ocasiones (ver posts sobre Cartas desde la ausencia y nuestra entrevista). Riverola utiliza una fecha, el 18 de julio, para hablar del papel del sistema educativo en España, sobre todo en lo que se refiere a la enseñanza de la historia reciente. Este es un tema que he comentado aquí antes, y uno que me interesa mucho. Si los libros de texto no enseñan lo que pasó en la historia de un país, si hay información que queda al margen -- por cuestiones de tiempo, espacio, rechazo o pura ignorancia -- los jóvenes se crían en una burbuja que los protege del mundo exterior: como dice Riverola, viven "inmersos en la apatía de la complacencia." Son más fácilmente manipulados por los políticos, y sirven como títeres para los intereses de ellos. Creen ciegamente en lo que leen y lo que ven, y no siempre por culpa suya. La apatía impide la resistencia y el cambio político.

No sé cómo los libros de texto españoles de hoy presentan el 18 de julio. Pero las múltiples interpretaciones de aquella fecha en internet -- que si se denomina golpe de Estado, Alzamiento Nacional o, como señala Riverola, apuntando una web pro-franquista, Día de Liberación - apuntan las dificultades afrontadas por los docentes al enseñar la historia. ¿Puede haber -- ¿debe haber? - un consenso general en los libros sobre la relevancia del 18 de julio para España? Tal vez la pregunta no es esa, sino, cómo bien lo dice Riverola, cómo "devolver a los jóvenes la voluntad de hacer historia"," cómo estimular en ellos el deseo de saber, y ofrecerles las herramientas necesarias para explorar y evaluar distintas versiones del pasado antes de tomar una decisión sobre cómo se debe "leer" ese pasado.

Riverola menciona el impacto de las nuevas tecnologías en nuestra consciencia del pasado: "Las nuevas tecnologías nos han impuesto la inmediatez. El ocio, el conocimiento y el consumo en un clic. Todo es rápido, todo es fácil y rabiosamente innovador. [...] Allí, entre las máquinas de escribir y los papeles que huelen a polvo, duerme nuestro pasado." Especialmente a causa de la velocidad con que el internet publica y borra las noticias, transformando la historia literalmente minuto por minuto, parte del rescate del pasado depende de nuestra habilidad de leer críticamente las historias que recibimos, de apuntar y cuestionar lagunas, blanqueos, mentiras y revisiones que son más bien falsificaciones de documentos, de nombres y de fechas. Pero la otra parte depende de nuestra responsabilidad -- como ciudadanos de cualquier país del mundo -- de, en palabras de Riverola, "transmitir el legado de la historia para que los errores del pasado no se conviertan en la herencia de las futuras generaciones."

Si somos docentes, "transmitir el legado de la historia" es nuestra labor más importante, y no sólo en las clases de historia. Como profesora de literatura, tengo el deber de ayudar a que mis estudiantes conozcan el contexto histórico en que fue escrita una novela. Pero lo que es tal vez más importante, tengo la obligación de motivarlos a explorar más allá de las fronteras del aula y empezar sus propias investigaciones.

Yo nunca he enseñado el 18 de julio como el "Alzamiento Nacional." Ni siquiera utilizo esa frase, pero cuando aparece, explico su relevancia, sus autores, y sus connotaciones. Luego pasamos a hablar de la frase "golpe de estado." Porque el 18 de julio era un golpe de estado contra un gobierno democrático, legítimamente elegido. De acuerdo con el historiador Julián Casanova, "no hay que darle. . .demasiadas vueltas al asunto: sin esa sublevación, no se hubiera producido una guerra civil. Habrían pasado otras cosas, pero no aquella matanza. La mayoría de los historiadores sabemos hoy que eso fue así, aunque se busquen otras excusas o la derecha políticamente centrada de finales del siglo XX se niegue a condenar en las Cortes a los sublevados de 1936, precisamente a aquellos que los cerraron a cal y canto a los representantes legítimos de los ciudadanos durante más de cuatro décadas" (48-9, en La Iglesia de Franco).

Perspectivas contrastantes del 18 de julio:


viernes, 2 de enero de 2009

Cartas desde la ausencia de Emma Riverola - parte 4

Anoche terminé de leer Cartas desde la ausencia. Esta última sección, "El legado," que va desde 1940 a 2006, es la que más me ha gustado. Me sentí totalmente enganchada, y tuve esa sensación que se tiene con un buen libro -- no quería que terminara. Sin embargo ahora que intento escribir algo sobre la lectura, me cuesta un poco; Cartas es una novela un poco complicada para explicar, si se habla en términos de personajes y cómo se relacionan entre ellos (aunque es verdad que hay libros mucho más complejos en este sentido, como La voz dormida). Además, aunque quisiera hablar de mis impresiones, creo que es importante hacerlo sin revelar demasiados detalles de la trama. Todas las novelas requieren una buena dosis de misterio, pero puede que esta aún más, porque hay relaciones que surgen al final que no necesariamente se esperan al principio.

Para mí uno de los efectos residuales de la escuela graduada es ya no poder simplemente leer un libro, cerrarlo y hacer otra cosa. Si es un libro que realmente me gusta, no dejo de apuntar y subrayar pasajes. Me gusta empezar una novela sin haber leído demasiadas reseñas o saber la biografía completa del autor, para luego ir indagando en los detalles que me interesen. Así leo con la mente más o menos tranquila, y formo mis propias ideas antes que me afecte lo que diga algún crítico literario. Afortunadamente, como Cartas desde la ausencia salió en abril 2008, aún no hay mucha información disponible (por lo menos en Estados Unidos o por internet) sobre la novela, aunque sí existen algunas reseñas breves y un par de entrevistas en diarios.

"El legado" es un título apropiado para este último capítulo de la novela, porque aquí las cartas cruzan varias generaciones, pasando de los supervivientes de la guerra a los que nacieron en los años 60. Lo impresionante de esta sección es su forma de exprimir la esencia histórica y política de varias décadas; Riverola escribe sin perder el rumbo de las historias personales que transcurren al lado de acontecimientos como la II Guerra Mundial, la muerte de Stalin, la repatriación de los niños a España, la revolución cubana, la muerte de Franco, y las elecciones democráticas. Por alguna razón (¿cuestiones de espacio?), hay una laguna entre 1980 y 2006, pero no creo que quite valor del resto de la obra. De hecho, como indican el título y la autora misma, son estas lagunas que forman el eje de la novela.

Leer una novela epistolar siempre significa leer la ausencia. La carta es sólo una huella física de su remitente, y en la era antes del e-mail, no llega con regularidad. La comunicación en Cartas desde la ausencia se interrumpe vez tras vez por múltiples guerras; la censura; trastornos emocionales o psíquicos; discusiones que se convierten en silencios; el encarcelamiento y la muerte; y por algo tan sencillo como el tiempo que lleva para hacer llegar una carta de un lugar a otro. Las palabras evocadas en estas cartas se tiñen de preguntas, recuerdos reales e inventados (muchas veces los niños comentan que tienen que inventar recuerdos de España), y cargan con el peso de no saber.

Desde dentro de España, las palabras se tienen que elegir con cuidado, para evitar la censura o algo peor. Asimismo leemos cartas de Carmen a sus hijos que dicen una cosa, pero luego confiesan otra cuando van dirigidas a su amiga Gloria. Nunca sentía como si las cartas no contaran toda la verdad, porque inevitablemente había alguna de otro personaje que contenía más información. Sé que suena cliché, pero en muchos casos las cartas actúan como pedazos de un puzzle que tenemos que reconstruir. Pero esta no es una historia con una resolución perfecta: es un puzzle inacabado, y así podemos apreciar mejor los huecos dejados por la guerra y el exilio en la memoria y en el legado de estos personajes.

Como lectores, tenemos el privilegio de poder leer todas las cartas y tenemos acceso a un archivo familiar íntimo -- es fácil sentirse voyeur frente a la información que obtenemos, aunque Riverola nunca explota las vidas de sus personajes, ni cae en la nostalgia o el sentimentalismo tan asociados con el género epistolar. Hay veces en que el lector/a se entera de cosas que se ocultan de los personajes - por ejemplo, de un aborto, una aventura, o un intercambio secreto de cartas. Además, somos los únicos que tenemos la habilidad de leer las cartas censuradas al lado de las cartas originales, así que la autora nunca nos priva de la información necesaria para reconstruir las historias de sus personajes.

Hay muchísimos temas de los que podría hablar en relación con esta novela, pero de momento el que me interesa es el mecanismo de la carta, y el triángulo que forma entre los remitentes, los destinatarios, y los lectores implícitos. De ninguna manera quisiera empezar a intentar hablar de teóricos como Lacan o Derrida y sus evaluaciones de "la carta." De hecho, no confío mucho en mi habilidad de explicar lo que he leído de estos dos filósofos. Pero resulta imposible pensar en una novela epistolar sin tener en cuenta lo que han dicho sobre "la carta," a pesar de que no están hablando de una carta como la conocemos (o del contenido de ella en sí), sino de la naturaleza de la relación entre remitente y destinatario. Esta es una cuestión que Slavoj Žižek también ha explorado intensamente en muchas de sus obras críticas (aquí, en el libro Looking Awry):
A letter always arrives at its destination - especially when we have the limit case of a letter without addressee, of what is called in German Flaschenpost, a message in a bottle thrown into the sea from an island after shipwreck. This case displays at its purest and clearest how a letter reaches its true destination the moment it is delivered, thrown into the water -- its true addressee is namely not the empirical other which may receive it or not, but the big Other, the symbolic order itself, which receives it the moment the letter is put into circulation, i.e., the moment the sender 'externalizes' his message, delivers it to the Other, the moment the Other takes cognizance of the letter and thus disburdens the sender of responsibility for it. (10)
Dicho sencillamente, se crea un significado no por lo que dice la carta, sino al reconocernos destinatarios de la carta misma. En palabras de Althusser, este sería un acto de interpelación: al entender que se nos está siendo dirigida la carta, vamos creando una interpretación y examinando cómo nos relacionamos con ella. En este contexto, entonces, es interesante que Žižek utilice el término "responsabilidad," situando esta responsabilidad no con quien ha mandado la carta, sino con el Otro que la "recibe."

Muchas novelas contemporáneas de la GCE y el franquismo parecen tratar la cuestión de la "responsabilidad" del lector/a hacia el pasado y también el futuro. Estas novelas muchas veces dan la sensación de ser novelas detectivescas; el lector/a explora, junto con el protagonista, algún episodio olvidado o desconocido de la guerra y/o la posguerra, en una narración teñida de autoreflexión y elementos metaficticios. Hablo de libros como Soldados de Salamina, Otra maldita novela de la guerra civil, La mitad del alma, Camino de hierro, Los girasoles ciegos, etc. etc. En estas obras lo que se estudia no es la historia con hache mayúscula, sino la historiografía (tal vez un poco menos en Los girasoles ciegos, pero pienso en particular en Segunda derrota). Se pregunta ¿cómo se ha escrito la guerra civil, y qué se debe hacer con tal información?, sobre todo ahora que el archivo del pasado ha caído en manos de la llamada segunda o tercera generación -- a veces sin querer. En todos estos libros encontramos simulacros de documentos franquistas, testimonios orales, cartas y diarios personales que ayudan a iluminar (y a veces, confundir) las investigaciones del narrador o protagonista. Hay diálogos entre los que sobrevivieron la guerra y los que nacieron en la democracia. Hay viajes que cruzan fronteras, que llevan a los personajes a explorar archivos y relaciones familiares antes desconocidas. Hay también un movimiento constante entre pasado y presente, con una falta de tiempo lineal.

La novela de Riverola comparte algunas de estas características, como el tiempo no cronológico (lo digo por el capítulo "La derrota," que ocurre en 2006, para luego volver a 1940). Pero por otro lado es una novela distinta a otras que he leído sobre la GCE y el franquismo porque aquí no interviene una voz narrativa; no hay quien juzgue o interprete la evidencia del pasado. Lo que hay son las cartas, y las respuestas y los silencios que se producen después. Los lectores tenemos más información a nuestro alcance que los personajes; tenemos que crear un nuevo significado de lo narrado.

Es significativo que, de todas las cartas de Cartas desde la ausencia, la última sea para Paula, una mujer de 43 años que, en 2006, ya había pasado la mayoría de su vida en la democracia. Paula recibe esta carta, pero no la lee (otra vez, hemos podido leerla antes que ella). Paula también ha escrito una carta, y al final del libro la vemos enterrar con Andreu (no voy a decir cómo se relaciona con ella). Aunque muerto, son las palabras de este hombre que terminan la novela, buscando en Paula la respuesta de la "inmensa ausencia de mi vida" (287). La red de cartas termina con la muerte de Andreu, pero la novela me hace pensar que la reunión de Paula con él significa que ya no serán necesarias, y que Paula reconstruirá su propia historia partiendo de las de otros. Aún así hay que destacar que aunque haya este primer y último encuentro, representa ya otra ausencia o silencio: la carta de Paula, enterrada con Andreu, y la carta de Andreu, aún no leída por Paula. Tal vez lo importante es que cada uno haya sabido de la existencia del otro, aunque nunca se conocerán en persona.

Cartas desde la ausencia es una novela conmovedora, que explora el exilio de los niños a la URSS y los efectos duraderos de esta ausencia en ellos y en su familia. ¡La recomiendo mucho! Aquí se puede leer una entrevista con Emma Riverola, de La Vanguardia.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Cartas desde la ausencia de Emma Riverola - parte 3

Leyendo Cartas desde la ausencia a trozos durante el viaje en coche entre estados, me he dado cuenta otra vez de lo mucho que aún me falta saber sobre la GCE y la posguerra, especialmente en lo que se refiere a la diáspora española del exilio (un tema que me interesa más con cada nueva lectura). De hecho, creo que esta novela me ha inspirado a investigar un poco más la relación de los exiliados a la URSS con España y Cuba.

Las primeras 120 páginas de la novela consisten en cartas enviadas entre 1936-1940, a excepción de una especie de confesión escrita de Jaume a su esposa Carmen (parece ser en el lecho de muerte) el 23 de septiembre de 1938. Esta carta, a diferencia de las otras, no se dirige explícitamente a un destinatario y forma parte de un capítulo titulado "La impotencia." Luego aparecen las otras cartas de las que ya he hablado, en "El desgarro." Con la última carta el lector/a de repente se encuentra con un salto a 2006, en la sección "La derrota."

"La derrota" representa un cambio brusco no sólo por la cuestión temporal, sino por el tono de la narración. Donde antes leíamos cartas de la URSS del niño Andreu, ahora ese niño es muy mayor, un señor amargado y roto que recuerda su vida después del exilio, con un odio intenso para Stalin, a quien llama Joseph, camarada, y Padre. Andreu además confiesa cómo se convirtió en asesino a los 26 años, de su vuelta a España y su extraño encuentro con su madre Carmen, y de su viaje a Cuba poco después de la revolución. Lo que se destaca en esta sección de la novela - más que la dictadura franquista - es la pérdida de la ilusión del comunismo, o de la ilusión revolucionaria en sí, aprendida desde la infancia en la URSS. Andreu reflexiona, bebiendo trago tras trago de ron cubano, y reconociendo que todo lo que pensaba era mentira:
Habíamos sido educados en la ilusión de nuestra patria. Creyendo que algún día podríamos regresar como vencedores. En nuestras fantasías infantiles imaginábamos un país hambriento y desolado esperando la llegada del hombre nuevo como su única posibilidad de redención, como una virgen impaciente en espera de la semilla de su amante. . .Pero no encontramos nada de eso. No había virgen. Nadie nos esperaba. (147)
La confesión de Andreu incorpora mucho más de lo que sé hablar aquí (además no quiero revelar todo para los que aún no hayan leído la novela), pero es importante apuntar que parece ir dirigida a Paula (¿hija de Andreu?):
Querida hija. . .Hija. . .No, no puedo empezar así, me suena falso, nunca me he dirigido a nadie llamándole así. Querida Paula. . .¿Te quiero realmente? ¿Puede sentirse amor por una desconocida? No, un momento, estoy desvariando, tengo que centrarme, he de ordenar mis ideas. ¿Pero qué ideas? Mis recuerdos, sí, mis recuerdos. A ver, ¿por dónde quiero empezar? Por el principio, viejo chocho, por el principio. Pero es que, ¿sabes niña?, me cuesta poner en orden mis recuerdos. . .(126)
Paula es de una generación más joven, y Andreu parece burlarse de estos jóvenes por su falta de ideales: "Un cachito de 0,7%, una manifestación contra la guerra de Irak, dos chocolatinas de comercio justo y el cambio para el tsunami. Unas gotas de solidaridad esterilizada, pasteurizada y purificada para limpiarse el culo de la conciencia" (130).

Me queda leer la última sección de la novela -- ¡qué lentamente leo estos días! -- y veo que se titula "El legado" y sucede entre 194o y 2006. Como en "El desgarro," todo está narrado por carta, e incluye cartas censuradas. También aparecen aquí los primeros emails. Por cierto esta es una característica única de las novelas contemporáneas que he leído sobre la GCE y la posguerra.

Esta novela me ha dejado pensando en cómo hablar de generaciones cuando se habla de los "niños de la guerra." La cuestión de las generaciones limita mucho; no se puede dividir todo tan fácilmente entre "primera," "segunda," y "tercera" generación, por cuanto que quisiéramos poder agrupar a los "hijos" y "nietos" de la guerra, etc. Aún así está claro que la novela de Riverola busca examinar los efectos del exilio no sólo en los que lo experimentaron de primera mano, sino en los que termina afectando décadas después.

Si fuéramos a hablar de la "posmemoria" en este contexto, ¿qué significaría? Andreu mismo habla de su memoria como una que se ha contaminado, cuando dice, "Al menos, el recuerdo de mi padre no se contaminó. Permaneció inmaculado y glorificado como una virgen inalcanzable" (162). Esta memoria "contaminada" es una memoria que se transmitirá a otras generaciones de españoles. Para Andreu, las mentiras del partido forman parte de esta "contaminación." Andreu experimenta una pérdida múltiple (de su familia, de su niñez, de su patria, de su futuro, de sus ideales políticos) que, si se transmite en forma oral o escrita a su hija u otros parientes, terminará cambiando los recuerdos de ellos de España también (y así, cómo se narra su historia).

Se entiende a lo que se refiere Andreu, pero todas las memorias son contaminadas - no existe ninguna memoria "pura" como la memoria virgen que describe. La memoria evoluciona con el tiempo, con cada nueva interpretación del pasado. Parte de "recuperar" la memoria es entender que una memoria ha sido manipulada. Mientras que en la España franquista tal manipulación era un componente clave de la dictadura, en el exterior significaba en muchos casos manipular la memoria de los españoles exiliados a beneficio del país "anfitrión" (como en el caso de la URSS o Cuba de esta novela).

domingo, 28 de diciembre de 2008

Cartas desde la ausencia - parte 2 - los niños del exilio

Hay momentos en que parece coincidir de una forma extraña todo lo que estoy leyendo. El 24 de diciembre, en un editorial en El País, Vicenç Navarro escribió de los "niños perdidos del franquismo," subrayando la ausencia de este tema en el imaginario español. Igual que comenta Jordi Soler al principio de la novela Los rojos de ultramar, Navarro empieza su editorial recordando un episodio en el aula de clase que le dejó marcado:
Una de las sorpresas que me encontré a la vuelta de un largo exilio fue el ver que mis estudiantes (gente joven, despierta y curiosa intelectualmente, horrorizados por las barbaridades realizadas por las dictaduras chilenas y argentinas -- tales como el robo de niños de padres asesinados por aquellas dictaduras --) desconocían que todos aquellos horrores habían ocurrido también en España durante la dictadura franquista, incluyendo el robo de niños de madres republicanas asesinadas por el Ejército golpista.
Aquí se puede ver un breve vídeo sobre los niños de los que habla Navarro (un poco caducado, por lo que se refiere al auto del juez Garzón). Habla el historiador y profesor conocido Ricard Vinyes:



La novela que estoy leyendo, Cartas desde la ausencia, no habla de esta situación en particular (por lo menos hasta ahora), pero sí llega un momento en que Carmen, la madre, se ve obligada a tomar la decisión de mandar a sus dos hijos a la URSS. Nos enteramos de esta despedida por una carta que le escribe a su marido Jaume, quien está en el frente:
Mañana partirán hacia la Unión Soviética. Supongo que ése es el lugar que tú hubieras escogido. Les he comprado zapatos nuevos. Madre me ayudó porque a mí no me llegaban los cuartos. Les he hecho dos abrigos con la tela del mío. Creo que allí hace mucho frío y yo no sé si volveré a necesitarlo. Los niños no saben muy bien lo que pasa, les hemos dicho que se van con sus primos y muchos chiquillos más a un lugar donde no hay guerra y les van a dar muy bien de comer. Cuando les conté, Víctor lloraba y repetía que él no quería irse. Andreu preguntó si el barco pasaría por Barcelona para recoger su telescopio. Yo tengo un peso muy fuerte en el pecho. (65)
La novela de Riverola no sólo contiene cartas de los mayores, sino también las de Andreu, que escribe constantemente a su madre Carmen desde su llegada en la URSS. Andreu se encarga de cuidar a su hermano menor, Víctor, y sus cartas se hacen cada vez más comprometidas; muchas veces el niño se despide con un "Viva el gobierno del Frente Popular," o "Salud que venceremos."

Mientras tanto, Jaume escribe a su hermano Ramon desde el frente, habiéndose enterado por la carta de Carmen de la salida de sus hijos. Le pide a Ramon que busque a Andreu y Victor, pero Ramon no es capaz de hallarlos. Hasta ahora, lo que subraya la novela es la imposibilidad de volver a encontrarse la familia. Andreu nunca ha recibido una carta de Carmen, aunque le escribe mucho. Un día se desespera: "Yo te he escrito muchas cartas pero no he recibido ninguna. Me dicen que igual se pierden en el mar o que las quitan los fascistas. Si nos escribes nos envías un retrato porque se me olvida tu cara" (81). Las cartas de Andreu aportan otra dimensión a esta novela, destacando la confusión, el silencio y el miedo desde la perspectiva de un niño. Cuando a Jaume le detienen y encarcelan, es fácil imaginar cómo se rompen los lazos familiares para siempre. Habrá que leer más para saber cómo se evoluciona todo.

He hablado en otro post de este blog de la experiencia de ver la exposición Los niños del exilio en el Círculo de Bellas Artes en Madrid en 2005. Nunca me olvidaré de lo que vi allí, ni de la historia que me contó "Rosa," cuyo marido era un niño exiliado a Bélgica. Ni tampoco me olvido de la historia de una mujer galesa que conocí este año pasado, cuya madre había sido una de los "niños vascos," y cuyo abuelo había muerto en México, antes que terminara la dictadura franquista.

Hoy, en un artículo de El País, he visto una foto de una cola larga de personas esperando pedir la ciudadanía española. La foto fue sacada en La Habana. Por la Ley de Memoria, los descendientes de exilios españoles podrán empezar los trámites para ser ciudadanos españoles. Según el artículo:
La medida que entra hoy en vigor permite a los interesados no renunciar a la nacionalidad anterior, puesto que la española es de origen. Cabe la posibilidad de que los descendientes de las personas que opten a la nacionalidad con la nueva medida también puedan conseguirla.

Es el caso de los hijos menores de 18 años de los beneficiarios, que podrán optar a la nacionalidad española no de origen, de acuerdo con el Código Civil, pero no el de los hijos mayores de edad.
Es imposible saber por cierto cuántas vidas fueron afectadas por el exilio español. Pero lo cierto es que el exilio traspasa generaciones. Los niños, si son los que mencionan Vinyes y Navarro, o los que fueron exiliados a países como la URSS, la Argentina, Cuba, o México, siempre son los que más sufren los efectos de una guerra. Sólo hay que leer el sinnúmero de libros - de ficción y de no ficción - que tratan este tema. Ser niño - especialmente uno que no ha entrado aún en la pubertad - significa no tener la habilidad de interpretar lo que se está pasando, de pensar críticamente. Seguramente hay grandes diferencias, por lo tanto, en los recuerdos de un niño del exilio, y en la gente mayor que también tuvo que huir de España, voluntaria o involuntariamente.

El editorial de Navarro comenta que el documental conocido de Montse Armengou y Ricard Belis, Els nens perduts del franquisme (disponible en YouTube), prácticamente no se ha enseñado en España. Para Navarro, esta ausencia no es casual: "ha sido mostrado en la televisión sólo en Cataluña, en el País Vasco, y en Andalucía (a la 1 de la madrugada). Recientemente se hizo una presentación de una versión abreviada en TV2. Por lo demás no se ha presentado en ninguna otra televisión, sea pública o privada, contribuyendo a los horrores de aquella dictadura cuyo conocimiento es muy escaso en nuestro país. . ."

Ahora que han empezado los procedimientos formales para los descendientes del exilio, quizá este asunto gane más atención en España. Porque los "niños del exilio" ahora tienen nietos que buscan la verdad de quienes son.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Cartas desde la ausencia de Emma Riverola - parte 1

Estoy leyendo Cartas desde la ausencia, una novela epistolar de Emma Riverola. Me cuesta pensar en la última vez que leí una novela narrada en cartas, y al principio, no sabía si me iba a gustar o no. Lamento decir que suelo pensar en el género epistolar como uno cargado de sentimentalismo -- sin embargo, eso no es lo que he encontrado hasta ahora en la novela de Riverola.

Supe de la novela por algo que leí en internet, y por suerte había un ejemplar que recién llegó a una biblioteca cercana. Como me interesan más que nada novelas contemporáneas de la GCE que se mueven entre varias épocas (la guerra, el franquismo, la actualidad, por ejemplo), pensé que el libro de Riverola era uno que necesitaba leer. Además, como no conocía antes el nombre de Riverola, y parece haber pocas novelas de la guerra escritas por mujeres, decidí ponerme al tanto durante las vacaciones.

La novela empieza el 23 de septiembre de 1938, pero luego nos lleva atrás 2 años, cuando Jaume, el marido de Carmen y militante del POUM, dejó a su familia en Barcelona para ir al frente. Carmen, embarazada de 8 meses, luego se irá con sus 2 hijos a Bilbao, donde está su familia. En las primeras 60 páginas, se cartean Carmen y Jaume, Andreu (el hijo de Jaume) y Jaume, Carmen y Gloria (una amiga), y Jaume y Ramon (el hermano de Jaume). Entre las cartas personales, Riverola teje documentos "oficiales," como una carta escrita por un cónsul británico poco después del bombardeo de Gernika.

Lo interesante de la novela es su capacidad de contar la historia totalmente por cartas - la tensión entre Jaume y Carmen, el nacimiento de su hija Maria, el empeoramiento de las condiciones de la guerra - el hambre, el frío, la desesperación. Echando un vistazo al texto he podido apreciar que Riverola continúa las cartas hasta 2006, cuando se escriben en forma de emails. También ha incorporado cartas en que oraciones enteras han sido borradas por la censura, así haciendo que el lector/a tenga que imaginar lo dicho. La novela no sólo tiene lugar en España, sino en Moscú, La Habana, y París.

Como no he leído siquiera la mitad de la novela todavía, he decidido escribir un poco sobre ella aquí cada día hasta que termine. Por ahora los dejo con una breve entrevista con la autora en Barcelona en el Día de Sant Jordi, justo después que salió la obra (abril 2008):

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