Diálogos intergeneracionales sobre la guerra civil española y el franquismo en la España actual Intergenerational Dialogues on the Spanish Civil War and Francoism in Contemporary Spain
sábado, 28 de agosto de 2010
Arturo Barea y Manuel Chaves Nogales
REPORTAJE: IDA Y VUELTA
Dos exilios ingleses
ANTONIO MUÑOZ MOLINA 28/08/2010
No es improbable que Arturo Barea y Manuel Chaves Nogales se cruzaran alguna vez en el Madrid de la República y en el de los primeros meses de la guerra
No es improbable que Arturo Barea y Manuel Chaves Nogales se cruzaran alguna vez en el Madrid de la República y en el de los primeros meses de la guerra. Nacieron los dos en 1897 y tuvieron vidas hasta cierto punto paralelas que sólo se encuentran en esta tardía posteridad en que los dos vuelven a ser leídos y en la que reciben una consideración literaria y política de la que no disfrutaron en España mientras vivían. Los dos son escritores en los márgenes de lo aceptadamente literario: Chaves Nogales, un periodista activo, de reportaje y de crónica, no de aquellos plomizos artículos de fondo que publicaban en los periódicos los escritores reconocidos de su tiempo; Arturo Barea, un autodidacta que encontró su vocación después de los cuarenta años, en medio de las urgencias y las angustias de la guerra, y sobre todo un poco después, en el exilio, en París y en Inglaterra. De Chaves Nogales, durante muchos años, sólo se conoció el Juan Belmonte que Javier Pradera volvió a editar en Alianza. A Barea muchos lo descubrimos cuando su trilogía de La forja de un rebelde se publicó por primera vez en España en los primeros ochenta, una época poco propicia a ese tipo de literatura. El olvido póstumo los había igualado a los dos. En los catálogos trabajosamente recobrados de la literatura del exilio no había mucho lugar para ellos. De Barea sabíamos vagamente que durante un tiempo fue muy leído fuera de España, pero no teníamos idea de la amplitud de su éxito. Y de cualquier modo, ni siquiera era seguro que La forja pudiera ser considerada literatura, en un país en el que existe el prejuicio de que literatura quiere decir ficción: ¿no eran más bien unas memorias algo descuidadas, un testimonio histórico?
domingo, 18 de julio de 2010
18 de julio
Conmemoraciones de la Guerra Civil
El 18 de julio y el 1 de abril
La celebración del 18 de julio y del 1 de abril constituyen exhibiciones evidentes de los signos externos de la Victoria. Se convierten, sobre todo la segunda fecha, en complejos rituales que, año tras año, son repetidas con gran ostentación y publicidad.
[. . .]
El régimen seguía necesitando de la legitimidad de origen, de la victoria, para justificar su poder. La paz, ciertamente, se conmemora, pero para Franco nunca dejó de ser una paz 'armada' y 'vigilante', como repiten los documentos oficiales. [. . .] Se celebra la paz, sí, pero es una paz al acecho, que no olvida que tiene al enemigo en casa; es una paz que advierte de la capacidad defensiva y ofensiva del régimen. Es una paz casi agresiva, incapaz tanto de producir integración como de crear una identidad colectiva aceptable por todos.
La fecha del 18 de julio tuvo a lo largo del franquismo una gran entidad simbólica. Muchas de las más importantes inauguraciones del régimen se llevan a cabo en este día. En los años cuarenta y cincuenta se pretende con ello evocar la legitimidad de origen. Sin embargo, con el desarrollo económico de los años sesenta y setenta, muchas inauguraciones tendrán un carácter más económico y social, con lo que sobre el 18 de julio acaba también recayendo parcialmente la legitimidad de ejercicio. (142-44)De Antonio Muñoz Molina, en "La cara que veía en todas partes:"
El 18 de julio era un día estupendo porque había fiesta y porque la gente recibía una paga extraordinaria. Una vez hubo desfiles de soldados con botas y correajes relucientes y bandas de música, y se inauguró un parque, y la ciudad se llenó de carteles con una foto de Franco sonriente, sentado en un sillón rojo y dorado como un trono. En los carteles, en las banderolas, en las pancartas que colgaban de las calles, se repetía el mismo letrero: 25 años de paz.
sábado, 5 de junio de 2010
Lectura de verano 1: El dueño del secreto de Antonio Muñoz Molina
Para organizarme, he preparado una lista de títulos de ficción, no ficción y libros que hay que leer una segunda vez. Las lecturas forman parte de algunos trabajos que estoy escribiendo, y también van a ayudarme a decidir cuáles novelas incluir la próxima vez que enseñe literatura. En este blog he mantenido, desde hace mucho tiempo, una lista de "lecturas de nunca acabar." Estos libros, principalmente novelas contemporáneas, tratan la guerra civil, la posguerra y la Transición. Este verano, voy a intentar resumir y reseñar brevemente algunos de estos títulos, empezando hoy con El dueño del secreto, de Antonio Muñoz Molina.

Sin duda, Antonio Muñoz Molina es uno de los escritores más respetados y celebrados de la actualidad. Miembro de la Real Academia, periodista, novelista, casado con la también escritora Elvira Lindo, Muñoz Molina es un escritor prolífico, cuya última novela es un tomo bastante grueso, La noche de los tiempos (hay por lo menos 3 novelas que aún no me he atrevido a leer por su extensión - la de AMM, la última de Almudena Grandes y la última de Manuel Rivas).
Como lectora, mi primera experiencia con Muñoz Molina fue El invierno en Lisboa. Luego leí Beltenebros, Beatus Ille y El viento de la luna. Pero por alguna razón me seguía llamando la atención una novela breve, El dueño del secreto, publicada en 1994.
El dueño del secreto (Castalia, edición de Epicteto Díaz Navarro) tiene lugar en Madrid en 1974; la novela se ha descrito como una "autobiografía ficticia." El narrador-protagonista, un joven andaluz que ha venido a Madrid a "estudiar" (lo pongo entre comillas porque salvo una o dos escenas, no sabemos nada de su vida estudiantil), consigue trabajo de mecanógrafo para un viejo anarquista, Ataúlfo Ramiro. El narrador -- no recuerdo haber visto su nombre una sola vez -- es virgen, tiene pelo largo, y le afecta una necesidad loca e inoportuna de orinar siempre que tenga miedo. También le caracteriza una incapacidad de guardar secretos y, como admite él mismo, cierta cobardía. Me da la impresión de ser como tantos jóvenes de unos 18 o 19 años, que quieren aparentar ser "revolucionarios" audaces y comprometidos con alguna causa, cuando en realidad, están buscando su propia identidad y son un poco idealistas o ingenuos. Cuando el narrador de 1974 "sale" de esa época para contemplar su vida desde la actualidad (1993), se observa de una forma casi tragicómica -- medio avergonzado por lo que hizo o no hizo e influido, sin duda, por volver la vista atrás desde el mirador de la democracia.
El mejor amigo del narrador, "Ramonazo," es un maoísta con una "novia prochina;" trabaja de mecánico y detesta a los "socialfascistas." Ramonazo ve a Ataúlfo - "mi maestro," según el narrador (117) - como un burgués. Cuando se conocen el comunista y el anarquista, Ramonazo le dice a su amigo, "Pues vaya pinta de burguesón que tiene el tío" (126). La huella de tensiones entre anarquistas y comunistas corre a través de gran parte de la novela. El narrador y Ramanozo comparten habitación en una pensión de Madrid, donde el mundo va abriéndose a los dos "pueblerinos" como suele retratar la ficción esta experiencia -- conocen el metro, la vida nocturna, la bebida, la comida exótica, y por supuesto, las chicas.
Relativamente poco de la novela se enfoca en la vida sentimental del narrador. El narrador alude a una novia, a su foto y sus cartas, pero la mayoría del tiempo lo pasa con Ataúlfo, indoctrinándose en una vida misteriosa donde llega a ser el confidente de Ataúlfo, quien le confiesa primero que es un anarquista, y luego lo involucra en un plan para derribar a Franco.
Para mi gusto, la novela es un poco lenta al principio, pero gana velocidad por la mitad durante uno de los pasajes más interesantes en que el narrador se ve envuelto en una manifestación estudiantil y se encuentra perseguido por los grises. Aunque ya hayamos podido percibir que nuestro protagonista es un poco miedoso, está aquí donde realmente entendemos el miedo y la sospecha que penetran todo en que participa. El pasaje me recuerda descripciones del mayo de 1968, pero aquí, el narrador, ahora con casi 40 años, es capaz de reconocer que su participación en la concentración sirvió casi como máscara para el miedo que sentía. Y este es uno de los temas de la novela - el rechazo a mitificar el pasado:
Una parte de mí, irreductiblemente alojada en el estómago, en las náuseas que provocaban el amontamiento y el miedo, quería marcharse de allí aunque fuese a codazos, esconderse en un aula desierta, en el interior de un retrete, cerrar los ojos y taparse los oídos y no saber nada de los caballos ni del ruido metódico del helicóptero que volaba muy bajo sobre la Facultad, tan bajo que desde el interior veíamos agitarse las copas de los pinos. (111)La novela termina poco después que Ataúlfo le pide ayuda al narrador a derribar a Franco. Incapaz de guardar hasta este secreto, se lo confiesa a Ramonazo. Poco después, desaparece Ataúlfo, y el narrador está convencido de que parte de la culpa la tiene él por no quedarse callado. Como reconoce en las últimas páginas, el gran secreto realmente no tenía nada que ver con las confidencias de Ataúlfo, sino con ACORDARSE DE TODO: "Nadie piensa ya en aquellos tiempos, nadie se acuerda del invierno y de la primavera de 1974, ni de la ejecución de Puig Antich o del nombre del húngaro o polaco al que le dieron garrote vil en Barcelona. Yo sí me acuerdo de todo: ése es mi secreto. Nadie sabe que aún continúo añorando lo que no sucedió nunca, la revolución franca y gozosa que no llegó a triunfar. . ." (167). Esta cita, si la pensamos unos 15 años después de publicada la novela, es especialmente interesante porque habla del "pacto de silencio" que aún afectaba el discurso público sobre los últimos años de la dictadura; también, revela los avances que se han hecho para recuperar el pasado (una película reciente sobre Puig Antich, por ejemplo, o su foto en las manifestaciones en apoyo a las víctimas del franquismo). La cita nos recuerda además que aquí, en el acto de compartir este último secreto (igual que hago yo en este blog, qué horror), el narrador garantiza que alguien va a pensar en aquellos tiempos.
Como mujer, tengo que decir que siempre he encontrado muy androcéntricas las novelas de A.M.M. El dueño del secreto también lo es. Aquí, las mujeres quedan al margen como accesorios a hombres importantes con agendas políticas. No ha sido una de mis novelas preferidas del autor, pero he leído menos literatura contemporánea sobre el tardofranquismo que la primera posguerra y esta me inspira a leer más ficción sobre los últimos años de la dictadura. El dueño del secreto tiene unas citas muy buenas sobre Franco y la mezcla de ansiedad e impaciencia sobre la posibilidad de su muerte:
Faltaban dos meses para el abril glorioso de Lisboa, menos de tres para el levantamiento español en el que yo aún no sabía que iba a participar, poco antes de un año para que se muriera el enano mineral, el galápago eterno que aparecía en blanco y negro de los televisores como la momia anticipada de sí mismo, embalsamado en condecoraciones o vestido con trajes y sombreros de fieltro de vejestorio diminuto y pulcro, de abuelito fastidioso con el que ya nadie sabe qué hacer. (85)
Nuestra generación. . .fue la última en llegar al antifranquismo, y nos tocó la paradoja de heredar, con dieciocho años, la tradición de derrota de las generaciones anteriores, de respirar un aire enrarecido por treinta y tantos años de desaliento y de invenciones gloriosas y absurdas de huelgas generales que no fueron vencidas porque nunca llegaron a existir. (131)Me gusta la novela por lo que nos dice sobre la memoria y el olvido. Creo que el autor siempre ha visto con sospecha a los autores que tienden a idealizar el pasado, e intenta enfatizar la necesidad de acercarnos críticamente al pasado, especialmente a nuestro pasado. Reconoce cómo el tiempo distorsiona los recuerdos a la vez que reivindica el derecho a recordar, como afirma aquí: "En esa época, en los setenta, sobre todo al principo, creíamos fervorosamente en la comunicación [. . .] Ahora, algunas veces, yo agradezco exactamente lo contrario, el privilegio de la inviolabilidad, la maravilla del silencio, el derecho a acordarme sin que lo sepa nadie" (168).
miércoles, 2 de junio de 2010
Reseña de La noche de los tiempos (en inglés)
(Via el blog The Volunteer)
domingo, 7 de marzo de 2010
Escritos sobre Miguel Hernández
La vida breve de Miguel Hernández
Tributo al genial escritor en el centenario de su nacimiento. Escriben: Antonio Muñoz Molina, Elena Medel, Luis Muñoz, Alfonso Guerra, Benjamín Prado, Joan Manuel Serrat, Eutimio Martín y Luis García Montero
07/03/2010
Ver más aquí
miércoles, 13 de enero de 2010
Antonio Muñoz Molina, en Qué Leer

La revista literaria Qué Leer ha publicado un reportaje sobre la última novela (y la obra por lo general) de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos, que hemos mencionado aquí en otra ocasión. Por ser algo largo, no lo voy a copiar aquí, sino dirigir a los lectores a la web de la revista donde se puede leer en forma íntegra. Subrayo esta cita del autor, que me ha parecido interesante:
. . .hubo una tercera España, la España peregrina. Toda esa gente a la que no se le hizo mucho caso, que se fue al principio de la guerra porque honradamente no se sentían capaces de estar con nadie. Entre otras cosas, porque no se trataba de un enfrentamiento entre las dos partes de país. Se trataba de un país llevado a la desgracia por la irresponsabilidad y la ceguera de minorías políticas, militares e intelectuales. No era la mitad de España peleando contra la otra mitad de España. La gente normal, la gente de a pie, lo que quería era ganarse la vida y vivir tranquilamente, llevar una vida normal. Entonces, cuando se produce ese hachazo, hay mucha gente que cumple la siguiente característica: Podría ser fácilmente fusilada tanto por un bando como por el otro.
sábado, 21 de noviembre de 2009
"La noche de los tiempos" de Antonio Muñoz Molina; entrevista en Babelia

Tengo muchas ganas de leer este libro, pero hay que ser sincera y decir que no sé si lo podré hacer. En los últimos años han salido varios libros sobre la GCE y la posguerra con una extensión impresionante -- pienso en Los libros arden mal, de Manuel Rivas, o El corazón helado, de Almudena Grandes. El de AMM es de casi mil páginas. ¿Es que los escritores están intentando escribir la novela de la guerra - cosa que a menudo se ha dicho que no existe -- o es simplemente que no puede ser de otra manera, por el tema que tratan, y la distancia temporal? La última vez que leí una novela de esta extensión fue con La Regenta. A pesar de tener que leerla para una clase, lo vi como un desafío personal como lectora. Para mí, el problema es que me gusta leer todo lo que pueda, y si leyera una novela de 960 páginas, tendría que dedicarme sólo a esa labor, y nada más. Voy a agregar este título a mi lista de lecturas pendientes, a ver qué pasa.
Resumen de Seix Barral:
Un día de finales de octubre de 1936 el arquitecto español Ignacio Abel llega a la estación de Pennsylvania, última etapa de un largo viaje desde que escapó de España, vía Francia, dejando atrás a su esposa e hijos, incomunicados tras uno de los múltiples frentes de unpaís ya quebrado por la guerra.De: Babelia, El País
Durante el viaje recuerda la historia de amor clandestino con la mujer de su vida y la crispación social y el desconcierto que precedieron al estallido del conflicto fratricida. La noche de los tiempos es una gran novela de amor ambientada en el año previo al inicio de la guerra civil española. Por ella transitan personajes reales (Negrín, Moreno Villa, Bergamín...) y personajes de ficción, tejiendo una red colectiva que contextualiza la vivencia personal de un solo individuo y que convierte la narración en una sinfonía de asociaciones y sugerencias, en la caja de resonancia de toda una época.
Este libro inolvidable es el máximo empeño literario de Antonio Muñoz Molina, y, sin duda alguna, un texto único sobre las raíces de la sociedad en que vivimos: la confrontación entre la desvalida necesidad personal de amor y la feroz carnavalada sangrienta de los fanatismos ideológicos que arrasan el mundo moderno.
ENTREVISTA: EN PORTADA - Entrevista
Contra los fanatismos
Casi mil páginas y tres años de trabajo. Antonio Muñoz Molina publica La noche de los tiempos, una novela sobre los traumas de la República, la guerra y el exilio. "Es mentira que estuviéramos abocados a un final así".
JESÚS RUIZ MANTILLA 21/11/2009
Probablemente, 958 páginas sean pocas para dirimir ciertas cosas. Más cuando se trata de la República, la Guerra Civil, el exilio y aquellos traumas aún sangrantes en la conciencia de los españoles. Pero cuando algunos asuntos importantes aparecen desdibujados por debates enconados conviene afrontar un exhaustivo examen de conciencia. Es lo que ha tratado de hacer Antonio Muñoz Molina en La noche de los tiempos (Seix Barral). Honestamente. Sin evadir verdades dolorosas, desplegando sobre planteamientos profundamente cívicos hechos que, no por haberse diluido en idealismos y nostalgias, dejan de resultar menos crudos ni dolorosos.
¿Por qué aquel sueño de la República nos fue arrebatado de cuajo? ¿Por qué entre dos bandos fanatizados perdieron quienes quedaban en medio? ¿Qué hizo que el sentido común resultara la más desautorizada de las utopías? ¿Quién tuvo la culpa de que la decencia, la democracia, el progreso descarrilaran en aquel tren que después llegó con un interminable retraso histórico? ¿Por qué unos se fueron y otros se quedaron? ¿Cómo afrontamos hoy todo aquel desastre? ¿Qué estamos dispuestos a admitir? ¿Continúa la derrota?...
En el Hungarian Pastry Shop, un café encantador de su barrio neoyorquino donde el autor ha escrito parte de su novela, Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) sigue preguntándose esas y otras cosas. Son cuestiones sobre las que el escritor ha navegado buscando respuestas que todavía se nos escapan. Lo ha hecho para construir una novela de amor y odio. Junto a un personaje complejo y lleno de claroscuros como es el arquitecto Ignacio Abel. A su lado, en un exilio americano hacia donde huye al principio de la guerra en busca de Judith Biely, su amante perdida, Muñoz Molina crea personajes de ficción en los que remueve a fondo el conflicto y sus contradicciones.
Pero también, por La noche de los tiempos desfilan otros reales: desde políticos como Juan Negrín y Manuel Azaña a nombres de la cultura como el escritor activista José Bergamín, el pintor José Moreno Villa, Zenobia Camprubí, la mujer de Juan Ramón Jiménez, o Rafael Alberti. Unos salen mejor parados que otros. Pero es que ciertas verdades institucionalizadas necesitan de revisiones, aunque vayan a levantar ampollas."No soy belicoso", avisa el escritor. De lo que no hay duda es de que este libro le ha costado sufrimiento, angustia y sudores. Ha buceado con plena honestidad en simas a las que no todo el mundo está dispuesto a llegar. Menos desde la izquierda. Si hay algo que ha sacado en claro después de haber logrado una de las prosas más poderosas de su carrera es una cosa: "Es mentira que estuviéramos abocados a un final así. Aquello nunca debió haber ocurrido".
PREGUNTA. Esta novela suya es un auténtico examen de conciencia republicano. ¿Así se lo ha planteado?
RESPUESTA. Sí, hasta cierto punto, eso es verdad. Pero las novelas no se hacen con posiciones políticas. Para hacer un examen de conciencia no necesitas hacer una novela. Es importante precisarlo. Lo más difícil de ésta era ponerse en el lugar. En un tiempo y un espacio que yo no he vivido, pero que debía hacer míos también.
P. ¿Como una especie de literatura del método, si lo trasladamos a términos actorales?
R. Algo así, necesitaba una identificación. Debía conseguir que lo que cuento no resultara retrospectivo, sino que fuera percibido como algo inmediato. Por eso la novela está contada en presente. El examen de conciencia aquí consiste en intentar quitar las capas de la ignorancia, la ideología, la pereza mental para intentar saber cómo se siente una persona que vive una experiencia así, cómo ha sido la vida para la gente que no deseaba eso. Es muy fácil juzgar a posteriori, dividir el mundo entre los justos y quienes no lo son, pero las cosas son mucho más complicadas. Hay que hacer un esfuerzo y consiste en imponer, más que nuestra mirada o nuestras opiniones caprichosas, las preguntas. A quienes lo vivieron y a nosotros mismos: ¿tú qué habrías hecho?
P. Pues mire, eso era lo que le pensaba preguntar al final, pero ya que lo saca.
R. Debemos plantearnos eso. Ésa es la cuestión. Son dos partes. Una enterarnos de cómo eran las cosas. Leer y recordar qué nos han contado para entender. Ese mundo, cuando yo era niño, lo recordaba vivamente y la gente de mi entorno lo contaba sin prejuicios ideológicos. Ese sustrato no ideológico me ha servido. También los testimonios de personas honradas, sin tergiversaciones.
P. Como quién.
R. Ignacio Abel le debe mucho a Arturo Barea, sobre todo al tercer tomo de sus memorias, La llama. Empieza cuando arranca el conflicto y acaba en 1938, cuando se va a Londres con una mujer a la que conoció. Era hijo de una lavandera y ascendió de clase social. Tenía una militancia socialista y sindicalista muy fuerte y vivió con el conflicto del hombre que ha ascendido socialmente, de quien tenía zapatos donde los demás calzaban alpargatas. La descripción del 19 de julio, cuando Abel atraviesa la ciudad en busca de su amante, le debe mucho a él, ese surrealismo de feria y carricoches, era así.
P. También esa parte le debe algo al San Camilo
1936
de Cela. ¿Puede ser?
R. Cela utilizó unas técnicas, como las de mezclar los anuncios en el relato. Esa novela de Cela es muy importante. Pero también me sirvió mucho la técnica de collage de Manhattan Transfer, de John Dos Passos, o el Ulises, de Joyce. Como novelista, soy deudor de los grandes maestros del siglo XX. Ellos nos han enseñado que podemos atrevernos a escapar de los corsés y ahora nos beneficiamos de esas invenciones. Yo me aprovecho de eso, también de Faulkner, Virginia Woolf, novelas suyas como Mrs. Dalloway o Alfaro. Durante un tiempo me consideré un absolutista de la novela. Pero tampoco quería hacer una obra que llamara la atención sobre sí misma, sino que lo crucial eran los personajes, la historia. Algo que me obsesionaba era saber de verdad cómo eran las cosas cotidianas. Porque la verdad es que son las primeras que desaparecen y cuando intentas revivir una época...
P. Conviene ir al detalle, a cierto puntillismo.
R. Sí, yo quería saber cómo era un billete, una postal. Una clave fundamental fue introducir mi propio deseo de plasmar aquello. Qué había en los bolsillos de ese señor, qué se sentía al tocar un periódico. Me invadió una forma insensata de romper la barrera del tiempo. No podía ser una reconstrucción tranquila, no conflictiva, debía transparentarse la dificultad, el esfuerzo de saltar a otra época. Porque, además, la gente no sabía qué estaba pasando.
P. Pero sí percibes el miedo a lo que creían que iba a pasar.
R. El miedo estaba en mucha gente, pero todavía nadie se atrevía a llamar a aquello guerra. También aprendí mucho al leer las memorias de Julián Marías. Un hombre íntegramente republicano, pero católico. Muchos vivían ese conflicto. Zenobia Camprubí, también. Sus testimonios me sirvieron mucho. ¿Qué hacían? ¿Cuál era su posición? Cuando hablábamos del examen de conciencia, entra el deseo de ir más allá de las versiones simplificadoras que se siguen propagando en España tanto tiempo después.
P. ¿El problema es el victimismo? ¿No nubla demasiado ciertas cosas?
R. Lo que tenemos que conocer es la historia. Hay que diferenciar la historia del tebeo y del mitin. Pero yo quería contar cuál es la percepción de las cosas cuando no son historia todavía. Las personas vivieron en presente y tuvieron un orden de prioridades. Pero eso cambia y cada uno tiene asuntos personales que se imponen. Lo que quiere Ignacio Abel, el 18 de julio, es encontrar a su amante. Su desgarro no es la guerra. Nadie sabe qué nombre tiene lo que está pasando. Esa palabra tarda en salir en los periódicos. ¿Qué sabía nadie entonces?
P. Y así ha pasado tres años de trabajo, obsesivos. Al ver el resultado, ¿ha encontrado a un escritor distinto?
R. No pienso en esos términos. Para mí era una cosa más perentoria e inmediata. Empecé sin saber adónde iba, ni el grado de dificultad que fue adquiriendo, de una manera muy caótica. Cuando llevaba 400 páginas tuve que volver al principio. Yo sabía muy poco sobre la novela al meterme en ella.
P. ¿Qué sabía?
R. Que iba a centrarse en un personaje con una encrucijada fundamental como la que tuvo Pedro Salinas, más personal. Y otra política, como la de mucha gente que no cuadraba en ninguna de las simplificaciones que se impusieron a posteriori. No hay dos Españas, como en un partido de fútbol siniestro, que al final entran en guerra. Hay una situación política muy confusa, muy rica, en la que lo más difícil era que se formaran bandos congruentes. Sólo dentro del PSOE había dos bandos. ¿Qué tenían que ver los anarquistas con los socialistas de Julián Besteiro, los de Largo Caballero, los republicanos de Azaña, de Miguel Maura, de Alcalá Zamora, un mundo muy fluido que no debía haber acabado en eso? Era un bando muy caótico. Por eso, en parte, se pierde la guerra. Se empeñaron casi en perder. Es muy fácil saber eso. Lo único que hay que hacer es leer. En España se puede saber todo. Los historiadores de verdad han hecho su trabajo. Y lo han hecho bien.
P. Los personajes históricos que ha elegido están ahí para explicar esa encrucijada. Pero se destruyen algunos mitos. ¿Le preocupan las reacciones?
R. Ésos fueron saliendo. Todo fue un proceso de descubrimiento. Tanteas a ver qué aparece. Todas las novelas son así. Luego se ve tan largo el libro y parece hecho a propósito, pero no es así. Los personajes van surgiendo. Por ejemplo, convertir a Ignacio Abel en arquitecto me llevó a otras vertientes, al proyecto de la Ciudad Universitaria, tan utópico y tan práctico a la vez. A quienes buscaban una idea de progreso. La República es un proyecto político, cultural y social que venía de mucho antes, de una idea liberal, de la Institución Libre de Enseñanza o de personajes que estaban en la Junta de Ampliación de Estudios, como Ramón y Cajal, que con eso impulsa una formación europeísta de la que después vienen Negrín, Antonio Machado, Ortega y Gasset, Francisco Ayala... Ignacio Abel pertenece a ese mundo, el de la modernización social de España.
P. ¿Por eso es un personaje que huye de toda aquella violencia? ¿Aunque lo haga con mal cuerpo?
R. La novela comienza cuando él escucha una voz que lo llama en la estación. ¿Cuál es esa voz?
P. ¿La de su conciencia? De ahí parte el examen que usted realiza.
R. Yo creo que él al huir busca que no le maten, algo más primitivo. Marcharse. Tengo esa impresión. Pero no hay manera de despojarse de la vida que dejas atrás. Durante su existencia ha adquirido cosas, ha pasado de una portería en la calle Toledo a un piso en el barrio de Salamanca y, de repente, no tiene nada. Pero la carga la lleva. Eso y lo que tiene en la maleta y los bolsillos. La experiencia del despojamiento la sufrió mucha gente y la siguen sufriendo en otros países. Por eso hay que ver en ello una clave no española. En Estados Unidos, tengo que rebelarme muchas veces tanto entre progresistas y reaccionarios con que la desgracia española es específica, como la fiesta de los toros, y no es así. Es parte de la crisis europea que se resuelve en un conflicto global como la Segunda Guerra Mundial y si no entendemos eso, no entendemos nada.
P. Pero usted también parece haber hecho cierta introspección en esta novela. Hay reflexiones sobre la paternidad cruciales. Por cierto, ¿sus hijos son buenos lectores suyos?
R. Sí. Muy buenos, muy acertados. Me interesan mucho sus lecturas. Son muy atentos. Ahora, yo soy mejor padre que Ignacio Abel. Pero sí es cierto que hay reflexiones íntimas sobre la paternidad. En esta novela hay pluralidad de mundos. La tentación de convertir a un personaje en un héroe se borra cuando te encuentras a su hijo observándolo. También cuando aparece el contrapunto de una amante que se niega a ser la querida de un varón español.
P. ¿También hay un Muñoz Molina que se siente en el exilio?
R. En el exilio no. Tenemos que ser muy cuidadosos con las palabras.
P. Tiene razón. ¿Un Muñoz Molina nómada, mejor dicho?
R. Mejor eso. No podemos usurpar con nuestro narcisismo el sufrimiento de otros. El exilio es el exilio. Yo me siento alguien de ida y vuelta entre Madrid y Nueva York. Voy de mi casa a mi casa. Lo que me gusta es poner distancia. España es un país en el que estamos todos muy apretaos. Es muy fácil ser demasiado visible y a mí no me gusta ser un personaje público. De mi oficio me interesa el hecho de escribir y leer.
P. ¿Está preparado para recibir su leña desde la izquierda? Porque algunos le darán.
R. Pues, lo siento. Yo soy una persona de izquierdas. Me da igual lo que digan. En la novela no hay nada que no hayan escrito o manifestado y pensado gente de izquierda. Mis guías políticos en la novela han sido progresistas como Barea, José Zugazagoitia, Moreno Villa o Manuel Chaves Nogales.
P. Pero hay grandes sacrosantos de ese bando que no quedan en buen lugar, como Alberti o Bergamín.
R. Es lo que es. No resulta lo mismo, por ejemplo, Miguel Hernández que otros. Él estuvo en lugares donde silbaban las balas mientras otros estaban en bailes de disfraces y comilonas de la Alianza de Escritores Antifascistas. Es así.
P. Entonces, ¿se va a remangar bien para responder en todos los frentes? Hasta en las Cartas al Director,
como hace a veces.
R. No, no. En este caso no.
P. Eso le va, no me lo niegue.
R. No. Yo no soy belicoso. Lo que a veces me subleva es que, siendo tan fácil conocer las cosas como fueron o como son se mienta. Pero en fin, esto es una novela y ya está. No he contado nada que no proceda de testimonios directos. Las cosas que dice Bergamín están sacadas de cosas firmadas por él. ¡Qué le vamos a hacer! Se dijeron barbaridades atroces y las consecuencias fueron terribles. Las palabras, en vez de construir, servían para destruir. Hay un enloquecimiento ideológico, un delirio en los dos bandos. También hay que preguntarse por qué después de 70 años no existe un acuerdo básico sobre lo que pasó. Que no se haya implantado la concordia fundamental sobre esos hechos.
P. No sé si ha caído en que grandes novelistas de su generación: usted, Javier Marías o Almudena Grandes, han escrito últimamente a lo grande sobre la Guerra Civil. ¿Era una deuda pendiente?
R. No lo sé. En mi caso, ese hilo lo he cultivado desde mi primera novela. A lo mejor, ahora lo estamos abordando con más profundidad.
P. En esta novela se ha retado usted hasta un límite obsesivo. ¿Ha querido ser más perfeccionista que en otras?
R. Siempre pasa lo mismo. Yo a veces tenía la sensación de no haber exprimido suficientemente todas las posibilidades. Pero con esta novela pasará lo mismo que con otras. Mientras lo haces pones los cinco sentidos. Pero dentro de un tiempo creeré que podía haber ido más allá.
P. ¿Dentro de unos años?
R. Qué va. En dos meses... Por otra parte, ya está. No me gusta regodearme.
P. ¿Pero se ha llegado a arrepentir de algo? ¿Ha tenido la tentación de desheredar alguna obra suya? No entremos en títulos.
R. El arrepentimiento varía. Viene por épocas.
P. De Beltenebros
tengo la impresión de que usted se ha arrepentido.
R. No. Me he arrepentido de no haber sabido hacer esa novela con toda la complejidad que requería. No supe en su momento. Pero bueno, esa novela tiene sus lectores.
P. Por último. Echo de menos una respuesta. Se lo pregunté antes pero no me contestó. Insisto. Usted, en aquellos días, ¿qué hubiera hecho?
R. Es que no lo sé. Nadie sabe cómo se reacciona en una situación de extremo peligro y de pánico. Me lo he preguntado muchas veces mientras escribía este libro. Pero hay que tener la humildad de no responderse. La novela, como género, nos enseña que debemos tener un fondo de respeto sobre el ser humano. Que hay cosas que podemos saber pero otras no: ni sobre otros, ni sobre nosotros mismos.