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miércoles, 23 de junio de 2010

Lectura de verano 3: Los años del verdugo, de Mauro Eiroa

Ayer terminé de leer Los años del verdugo, una novela -- la primera - de Mauro Eiroa, publicada en 2009. Promocionada como una "blogonovela" cuando salió, pretende rellenar huecos en la literatura contemporánea sobre el tardofranquismo, en este caso, remontándose a 1973.

El término blogonovela se refiere a la interacción entre el autor y los lectores de su blog al preparar la novela. Me encanta leer, y sigo prefiriendo leer novelas de papel a las que aparecen en una pantalla, pero no estoy en contra de autores que publican en los dos formatos. De hecho, creo que hoy día es casi necesario, aunque sí provoca cuestiones interesantes sobre el papel de los lectores en determinar el rumbo de un libro. Este es un dato que interesa aquí, porque según parece, Los años del verdugo fue alimentándose de los comentarios de lectores en el blog de Eiroa, el que, por desgracia, nunca he podido encontrar en internet.

Los años del verdugo me recuerda a la "novela autobiográfica" de Juan José Millás de hace unos años (El mundo) o El viento de la luna de Antonio Muñoz Molina, en que el narrador recuerda el aterrizaje a la luna. Estos libros también recurren a la infancia y la adolescencia de niños varones, tocando temas parecidos como pueden ser el cole, los juguetes y juegos preferidos, los coches, y por supuesto, el primer beso y el despertar del deseo masculino. Aquí, espero apuntar algunas escenas  notables y ofrecer mi crítica humilde de esta novela.

Como me interesan actualmente novelas que narran la experiencia de niños, seleccioné esta como la próxima lectura de mi lista; realmente quería que esta novela me gustara. Sin embargo, la encontré un poco lenta y también un poco indulgente con la narración constante de recuerdos de la infancia. Más que una novela, tuve la sensación de leer una memoria personal que saltaba de un recuerdo a otro, de una manera, a mi parecer, bastante desconectada y nostálgica (como la memoria, supongo). Quizá, por ser una lectora extranjera, interpreté de otra forma la narración de estos recuerdos; sin embargo, sentí como si estuviera observando desde lejos las añoranzas de otra persona. Seguía leyendo porque esperaba que los recuerdos sumaran a algo -- no sé, una "revelación" o algo similar -- pero es muy posible que su función sea simplemente la de demostrar cómo se vivía con el franquismo, o sea, la de darnos una idea del "día a día" bajo el régimen. Aquí  puede servirnos el epígrafe de David Mamet que inicia el libro:
Todos hemos experimentado la inutilidad de intentar comunicar nuestros recuerdos. '¿Ves esa casa? Pues ahí viví yo,' decimos; y el edificio -- la mera sensación de la dirección -- despierta en nosotros un sinfín de sensaciones de gozo, tristeza y emoción. Pero nuestro interlocutor no puede sino sonreír educadamente.
Los años del verdugo narra la historia de un niño de 12 años, Manu, y su hermano menor Jonás, al que llama "el Microbio." La madre de los hermanos, Elisa, ha sido encarcelada en Yeserías (Madrid) por sus actividades clandestinas en apoyo al Partido, dejando en su ausencia a su esposo Manolo y a una hermana, la tía Mari, para cuidar de la familia. Entre los recuerdos de Manu, también encontramos algunas cartas intercambiadas entre familia, las cuales nos permiten adentrarnos en la perspectiva de otros personajes de vez en cuando. Hay 27 capítulos en total, incluyendo las cartas.

Como probablmente pase para otros lectores, al ver el título de este libro entendí "verdugo" como de "víctimas y verdugos." Pero poco después de empezar la novela averiguamos que "el verdugo" no es lo que parece. Puede ser un detalle de poca importancia, pero lo menciono porque en cierto sentido prepara el terreno de la obra en sí. Los años del verdugo es, sobre todo, el relato de una cadena de recuerdos de la infancia, con la dictadura como telón de fondo. Pero además, el libro nos recuerda muy pronto del doble sentido de las palabras, destacando la división entre mayores y niños, y la sensación de que los adultos siempre están ocultando algo: "Célula era una palabra que ya había oído pronunciar en casa, pero no me parecía la misma cosa" (16-17); "Había más palabras que en casa parecían significar algo distinto. Los mayores las decían casi siempre bajando la voz. Tal vez pensaban que así no les prestaríamos atención. Una caída, por ejemplo; no entendía entonces bien de qué se trataba, pero no cabía duda de que era algo serio. . ." (17).

A pesar de este juego de palabras, los niños terminan averiguando cosas, como el momento en que Manu encuentra un libro con fotos del Holocausto e imagina a su madre en un campo de concentración, o cuando el Lute se fuga de la cárcel y el niño lee del suceso en el diario. También ocurre cuando Manu se va al cole, y Andrés, su profesor, le introduce al concepto de la censura, incluso atreviéndose a decir en voz alta la palabra dictadura:
Cuando concluyó la lectura. . .Andrés nos contó que aquel libro no podía encontrarse en España. Ni en librerías ni en bibliotecas. Estaba prohibido. . .[. . .] Simplemente, a los que mandaban en España no les gustaba, y como esto era una dictadura, pues había que jorobarse. Creo que fue la primera vez que oía a alguien en el colegio, a un profesor, llamarla así. Incluso en casa. . .lo más habitual era hablar de 'el régimen' (78).
Hay también cosas que no se les dicen a los lectores. El narrador reflexiona, contrastando lo que pensaba de niño, con lo que sabe ahora: "Yo pensaba entonces que le daba vergüenza que la viéramos tras los barrotes. Ahora sé que las razones eran otras" (60). Después, al recordar la boda de una de sus tías, nos dice que fue "la última a la que asistió el Padre" (180). Nunca sabemos por qué. Oraciones así, algunas de las que se repiten, parecen prometer más información después --¿cuáles eran esas otras razones? ¿Por qué no asistió a otra boda? -- pero la novela no nos la da. Esta es menos una novela de auto-reflexión desde el presente y más un catálogo de recuerdos, siempre teñidos por la ausencia de la madre y lo que esta pérdida significa para el resto de la familia (por ejemplo, el cuidado de los niños le pesa mucho a la tía, quien sospecha que Manolo tiene una aventura amorosa mientras su mujer sigue en la cárcel).

En contraste con los recuerdos mayormente positivos de su infancia, Manu recuerda la vuelta a casa de la madre con ojos sombríos. Detecta en ella una ausencia, hasta en su presencia: "Todos estábamos felices de ver a la Madre, todos queríamos tocarla y abrazarla. . .pero de vez en cuando se colaba una tristeza honda y extraña en la reunión" (234). La obra concluye poco después, cuando Manu ve llorar a su madre, fumando en un balcón y separada del resto de la familia.

Para mí, los últimos párrafos de Los años del verdugo llegaron como de golpe, y no me parecieron suficientes para no dejar ningún cabo suelto. Sí, ya sé...por haber nacido en el país de Hollywood, supuestamente uno tiende a no gustar finales abiertos. Pero yo de hecho prefiero pelis y novelas que no terminan con respuestas claras; prefiero obras que generan más preguntas que resuelven. Dicho eso, el final de Los años parece un poco abrupto. Aún así, sí enfatiza cómo la cárcel les ha robado tiempo y experiencias a todos. La madre ha vuelto, pero no ha vuelto la misma que se fue. Como su familia, tuvo que buscar una manera de sobrevivir y seguir adelante, y sólo pudo hacerlo adaptándose a la vida de la cárcel y recurriendo a los recuerdos y las cartas. Los recuerdos abundantes de Manu contrastan con lo que pueden ser las lagunas en la memoria de la madre durante el año que estuvo, como dice su marido, "fuera."

Lo notable de esta novela son sus diálogos muy naturales entre los niños. Muchas veces pensaba en Marsé -- aunque claro, de una forma light -- al presenciar los juegos y travesuras de los niños. También se puede percibir, aunque está más a los márgenes, la tensión de los últimos años del franquismo, especialmente cuando el narrador relata la fuga de El Lute; el 11 de septiembre chileno; el asesinato de Carrero Blanco; la presencia de los grises; la detención del maestro; o la persistencia de la Iglesia en la educación. Los años del verdugo es una novela sobre una infancia en los últimos años del franquismo. Tiene más que ver con cómo recordamos cierta edad, que un momento político. En este caso, a pesar de seguir muy viva la dictadura, se recuerda la infancia como una época mayormente feliz o relativamente "inocente" y libre de toda la carga del mundo de los mayores. De esta novela ne inclino a pensar que nos ofrece una visión más imparcial del tardofranquismo -- e incluso, que depolitiza el pasado -- pero quizá, por tener de protagonista a un niño de 12 años, eso es normal. 

sábado, 4 de abril de 2009

"Los años del verdugo" - una "blogonovela" de Mauro Eiroa

El verano pasado leí un par de novelas que se enfocaban en la infancia bajo el franquismo - El viento de la luna, de Antonio Muñoz Molina, y El mundo, de Juan José Millás (en algún lugar leí que el libro de Millás es más bien una "novela autobiográfica"). Las dos novelas reflexionan sobre lo que significaba ser niño del franquismo, y lo hacen desde una perspectiva muy masculina (no estoy decidida de cómo impacta este dato los libros, pero de momento creo que importa) -- o lo que pensamos que es o ha de ser "lo masculino." Personalmente me gustó más la de Millás, aunque la de Muñoz Molina también tiene sus méritos.

foto del autor: P. Carroto,
Público.es

Hoy he leído de una nueva novela, Los años del verdugo, de Mauro Eiroa (hijo del escritor fallecido Isaac Montero) que cuenta desde los ojos de un niño la vida durante el tardofranquismo. La novela apareció por primera vez en el blog del autor (por desgracia, aún no lo he podido encontrar) y por eso ya se ha tachado de "blogonovela." Según el sinopsis de la editorial:

"A comienzos de los setenta, la vida de un niño como Manu transcurre entre la casa, el barrio y el colegio sin grandes sobresaltos, hasta que un día caen las primeras nieves y, con ellas, su mundo y el de su hermano Jonás, el Microbio, se pone cabeza abajo. Desde la perspectiva fragmentada y miope de los doce años, su mirada se revela como una vía insospechada para comprender la enigmática vida adulta y encajarla en la suya: los amigos, el matón del colegio, las batidas por el descampado, la administración de las pagas, los juegos..."

Es interesante que la descripción de la editorial presente la novela como cualquier otra historia de aventuras de niños, mientras que en los artículos de prensa el enfoque parece tener más que ver con lo que eran los últimos años de la dictadura. Además, con la palabra "verdugo" en el título, lo primero que a mí me ha venido a la cabeza es la película de García Berlanga, "El verdugo." No he leído la novela, así que no sé cómo aborda el tema de la dictadura, pero se me ocurre que la editorial 451 - como muchas otras - desea evitar la conexión con novelas "de la GCE y el franquismo" puesto que está claro que mucha gente está cansada de estos temas. Leamos, por ejemplo, los comentarios de algunos lectores del artículo en Público:
  • ¡Una novela sobre la Guerra Civil!. Qué novedoso, seguro que va a ser un éxito de ventas.
  • La Guerra Civil/Holocausto/Franquismo/... vista a través de los ojos de un niño. Para mi que esto ya lo he visto demasiadas veces. Aburren.
  • Joder con el franquismo. Es evidente que la literatura española no se va a recuperar nunca de la asquerosa dictadura, lo que equivale a decir que nunca volverá a ser creativa. Una pena.
Para mí es triste que las primeras reacciones de los lectores tengan que ser así, aunque supongo que entiendo por qué: muchos críticos y escritores ya han comentado la "inundación" de literatura sobre la GCE y el franquismo, y han esperado ver una conclusión a esta temática. Sólo hay que pensar en el título que puso a su novela el escritor Isaac Rosa -- ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil española! -- para ver evidencia de esto. Incluso ha habido algunos que han comentado que estamos viendo últimamente una reducción del número de libros publicados sobre la guerra y el franquismo durante la "ola" del movimiento memorialista en España. No estoy segura que podamos dar por terminadas estas novelas, y deseo que, en vez de criticar su presencia, habláramos de por qué aún hay necesidad de sacarlas a la luz.

Creo que es significativo que dentro de los últimos años estemos viendo novelas que, o se cuentan por niños, o reflexionan sobre la infancia y/o adolescencia durante la GCE y el franquismo. No es que estas novelas nunca hayan existido antes -- sólo hay que pensar en las que se escribieron durante la dictadura misma o desde el exilio. Pero estas novelas se han escrito con años de distancia, y muchas veces por escritores que han vivido la mayoría de sus vidas en la democracia. Continúan saliendo porque alguien las quiere leer, y porque alguien tiene necesidad de escribirlas.

Sé que se ha dicho mucho sobre la influencia de factores económicos en el mundo editorial, pero soy de los que creen que la profusión de representaciones culturales - si sean literatura, filmes, fotos, instalaciones, etc. - sobre el tema de la guerra, el franquismo y la memoria histórica - trata de llenar un vacío en el discurso y la política públicos y no sólo tiene que ver con el dinero. Los libros están "pidiendo" que alguien los lea, y no sólo que los lea, sino que interactúe con ellos y los entienda como efecto o síntoma de lo que aún no se ha resuelto -- o, si se prefiere, "curado." En términos psicoanalíticos, estos libros serían los síntomas literales de una sociedad que aún no hubiera sabido articular o presentar una versión "objetiva" de su pasado -- una historia "en común," dirían algunos. Es decir, los libros de la guerra existen porque hacen falta. En Estados Unidos, podemos apuntar la década de los 80, que era la de películas dedicadas a los fantasmas de la guerra de Vietnam: Platoon, Born on the 4th of July, Rambo, Deer Hunter, Apocalypse Now, Coming Home, etc. Yo era niña cuando salía la mayoría de estas películas, pero ahora, después de haber estudiado tanto el tema de la memoria, las puedo ver como una manera de hablar sobre lo reprimido.

Es cierto que situar a un niño como narrador de una historia traumática es una técnica común en muchas narrativas sobre la guerra. Pero en España debemos considerar el contexto actual: todo lo que se está diciendo últimamente sobre los "niños del exilio" y los niños robados del franquismo. Además, como hemos visto en tantas ocasiones, ahora son los hijos y nietos que han asumido la labor de contar la historia de sus padres y abuelos, y muchas veces, esa es una historia que no se ha contado nunca. No sé cómo Eiroa aborda el tema del franquismo en su novela -- un artículo dice que el autor "no quiso centrarse en el hecho histórico" -- pero quizá utilizar a un niño narrador permita otra lectura de esta época.

Volviendo al principio de este post, puedo decir que una de las razones por las cuales no me ha gustado tanto la novela de Muñoz Molina como la de Millás tiene que ver con la perspectiva / el lenguaje que el primero adopta en su narración. Me acuerdo de haber leído pensando, "esta no es la voz de un niño, sino la de un escritor establecido escribiendo poéticamente como si fuera un niño." Será interesante ver cómo Eiroa maneja esta situación -- siempre es un riesgo escribir una novela de mayores con niños como el punto de enfoque. Aún así, la vuelta del niño del franquismo -- también evidenciada en mucho cine reciente -- se debe examinar cuidadosamente.
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