El duelo y la revanchaLeer artículo en El Mundo ("Leguina avisa de que el 'centro de ataque' de su próximo libro es Garzón")
Los itinerarios del antifranquismo sobrevenido
Joaquín Leguina
Éste es un alegato contra el sectarismo de quienes, sin haber soportado en su mayoría los rigores del franquismo, levantan ahora una bandera a favor de sus víctimas y contra la impunidad de los crímenes cometidos por aquél. Para ellos, durante la guerra civil los buenos no pudieron controlar cabalmente la situación y evitar los desmanes en su territorio, mientras que los malos fueron responsables de un genocidio cuidadosamente planificado. De esta forma, los antifranquistas sobrevenidos, desde un adanismo sospechoso, cometen la misma falta que denuncian: se olvidan de una parte de las víctimas que produjo la vesania desatada por la guerra.
Joaquín Leguina, en un ejercicio que él entiende como una obligación cívica, reflexiona en estas páginas acerca del dolor y la intolerancia; de la batalla –muy alejada del espíritu de la Transición- entre la parte más sectaria de la izquierda que convierte a las víctimas en arietes y una derecha incapaz de asumir de una vez la trágica realidad de las fosas. De la prolongación de todo ello tanto en la judicatura como en la prensa. También del provecho político que se quiere obtener.
Un brillante escrito sobre el duelo y la revancha que suscita la tan traída y llevada «memoria histórica».
Diálogos intergeneracionales sobre la guerra civil española y el franquismo en la España actual Intergenerational Dialogues on the Spanish Civil War and Francoism in Contemporary Spain
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miércoles, 24 de noviembre de 2010
Joaquín Leguina publica "El duelo y la revancha"
Visto en: Literaturas Noticias
jueves, 17 de junio de 2010
Otra editorial, parte de la polémica Grandes-Leguina-Cercas
Veo lejos el momento en que la gente piense en la guerra civil y las fosas igual que hace este autor. De momento, sin más comentarios. . .lo sigo pensando.
De: El País.es
TRIBUNA: JORGE M. REVERTE
Los muertos de todos
JORGE M. REVERTE
EL PAÍS - Opinión - 18-06-2010
Los muertos de la Guerra Civil española deberían ser de todos. Y todos esos muertos deberían recibir el homenaje de la sociedad entera, porque en su mayoría lo fueron injustamente. En ambos bandos. Yo creo que eso es lo que quería decir Joaquín Leguina en el artículo que ha sido tan mal celebrado en las últimas semanas.
Veamos por orden algunas cosas. La primera, que no hay que discutir mucho para concluir que la República era el régimen legal y legítimo, y que los rebeldes comenzaron una inmensa matanza con propósitos exterminadores desde que se inició el golpe de Estado del 18 de julio. A esa sangre le siguió más sangre, vertida desde muchos lados.
Los defensores de la causa de la República (entre los cuales me cuento) olvidan a menudo que muchos republicanos actuaron, en bastantes ocasiones, con la misma crueldad y frialdad que los golpistas. Y no siempre desde el descontrol que la inexistencia del Estado facilitaba. Valgan cuatro ejemplos:
El de Paracuellos del Jarama, donde milicias organizadas que dependían del PCE y de la CNT acabaron con la vida de más de 2.000 sospechosos de connivencia con los insurgentes. No eran la República, pero formaban parte de su entramado. Lo demuestran las actas de la CNT halladas por Diana Plaza, que trabajaba para mí como documentalista para el libro La batalla de Madrid.
El de los asesinatos de Barcelona. Varios miles de personas de la pequeña burguesía (o simplemente católicos) fueron asesinados de forma planificada por la FAI, según la documentación aportada por Miquel Mir en su libro Diario de un pistolero de la FAI.
El libro de Fernando del Rey Paisanos describe con una documentación abrumadora cómo, desde antes del comienzo de la sublevación, en un pueblo manchego llamado La Solana, todo el mundo sabía a quién tenía que matar en cuanto comenzara el enfrentamiento que ya se olía.
En Cataluña, al finalizar la guerra, se produjeron matanzas de prisioneros realizadas por milicias que dependían del Gobierno y controlaban las cárceles. Javier Cercas, que ha participado en esta polémica, ha novelado los sobrados datos que existen al respecto.
Estos cuatro ejemplos bastan, a mi juicio, para afirmar que se dieron casos abundantes de planificación en el bando de la República, que afectan a fuerzas fundamentales de las que la defendían.
Eso no impide seguir sosteniendo que, de forma general, se pueda decir que la República era un régimen legítimo que estaba defendido por personas honradas, pero también por asesinos, mientras que los alzados formaron un conglomerado criminal que también fue defendido por personas decentes.
Pero si pasamos a las víctimas y nos alejamos de la política, podemos analizar con un poco de cordura lo que de ahí nos debe quedar. Aquí me voy a contentar con exponer un solo ejemplo que es el más espinoso: Paracuellos.
Y es que poca gente comenta que de los más de 2.000 asesinados a las afueras de Madrid en noviembre y diciembre de 1936 no existe identificación individual. Se sabe de muchos, se sabe que están ahí, pero no se conoce ni el número exacto ni la identidad de cada uno de los cadáveres que reposan en las zanjas. ¿Merecían la muerte? ¿Hay que sacarles el ADN a todos? Pienso que no, que nos basta con reconocer que fueron asesinados de forma injusta y que algo les debe recordar. Los franquistas les han recordado siempre. ¿Y los demás?
Como a los demás. Lo que está todavía pendiente es la recuperación de la dignidad de muchos que fueron asesinados por los franquistas. Devolverles la dignidad y dar a sus familias la posibilidad de completar el duelo que Franco les negó. Hay que ser malnacido para seguir negándolo. Y han sido, por su parte, muy poco hábiles y diligentes los Gobiernos de la democracia que no han completado esa tarea.
Creo que llegar a un acuerdo sobre estas bases es bastante sencillo.
No existe ninguna diferencia de grado entre las víctimas de Paracuellos y las de Badajoz. Ha existido una diferencia de trato durante 40 años. Pero todos fueron asesinados a sangre fría, de forma indiscriminada, sin juicio y sin causa. Les podemos hacer iguales ahora. Pero la base para conseguirlo es reconocer que ninguno fue asesinado justamente, por mucho que de los asesinos, que no lo fueron todos los combatientes, unos fueran golpistas odiosos y otros fueran odiosos defensores (aunque nos pese a algunos) de una causa justa.
Detesto el franquismo, todo lo que supuso y toda la herencia que dejó. Pero no me cuesta nada, sino todo lo contrario, proclamar que todos esos muertos son míos. Los que están en unas fosas y los que están en otras.
Y que no considero míos a ninguno de los que los asesinaron. Ni son míos los milicianos que fueron a Paracuellos ni los falangistas que limpiaban cada pueblo de forma ordenada. En casi todos los casos se trataba, además, de gente que estaba en la retaguardia, que no combatía, que solo mataba a seres indefensos.
Franco mató el doble que los republicanos. Eso, ¿qué tiene que ver con cada víctima?
De: El País.es
TRIBUNA: JORGE M. REVERTE
Los muertos de todos
JORGE M. REVERTE
EL PAÍS - Opinión - 18-06-2010
Los muertos de la Guerra Civil española deberían ser de todos. Y todos esos muertos deberían recibir el homenaje de la sociedad entera, porque en su mayoría lo fueron injustamente. En ambos bandos. Yo creo que eso es lo que quería decir Joaquín Leguina en el artículo que ha sido tan mal celebrado en las últimas semanas.
Veamos por orden algunas cosas. La primera, que no hay que discutir mucho para concluir que la República era el régimen legal y legítimo, y que los rebeldes comenzaron una inmensa matanza con propósitos exterminadores desde que se inició el golpe de Estado del 18 de julio. A esa sangre le siguió más sangre, vertida desde muchos lados.
Los defensores de la causa de la República (entre los cuales me cuento) olvidan a menudo que muchos republicanos actuaron, en bastantes ocasiones, con la misma crueldad y frialdad que los golpistas. Y no siempre desde el descontrol que la inexistencia del Estado facilitaba. Valgan cuatro ejemplos:
El de Paracuellos del Jarama, donde milicias organizadas que dependían del PCE y de la CNT acabaron con la vida de más de 2.000 sospechosos de connivencia con los insurgentes. No eran la República, pero formaban parte de su entramado. Lo demuestran las actas de la CNT halladas por Diana Plaza, que trabajaba para mí como documentalista para el libro La batalla de Madrid.
El de los asesinatos de Barcelona. Varios miles de personas de la pequeña burguesía (o simplemente católicos) fueron asesinados de forma planificada por la FAI, según la documentación aportada por Miquel Mir en su libro Diario de un pistolero de la FAI.
El libro de Fernando del Rey Paisanos describe con una documentación abrumadora cómo, desde antes del comienzo de la sublevación, en un pueblo manchego llamado La Solana, todo el mundo sabía a quién tenía que matar en cuanto comenzara el enfrentamiento que ya se olía.
En Cataluña, al finalizar la guerra, se produjeron matanzas de prisioneros realizadas por milicias que dependían del Gobierno y controlaban las cárceles. Javier Cercas, que ha participado en esta polémica, ha novelado los sobrados datos que existen al respecto.
Estos cuatro ejemplos bastan, a mi juicio, para afirmar que se dieron casos abundantes de planificación en el bando de la República, que afectan a fuerzas fundamentales de las que la defendían.
Eso no impide seguir sosteniendo que, de forma general, se pueda decir que la República era un régimen legítimo que estaba defendido por personas honradas, pero también por asesinos, mientras que los alzados formaron un conglomerado criminal que también fue defendido por personas decentes.
Pero si pasamos a las víctimas y nos alejamos de la política, podemos analizar con un poco de cordura lo que de ahí nos debe quedar. Aquí me voy a contentar con exponer un solo ejemplo que es el más espinoso: Paracuellos.
Y es que poca gente comenta que de los más de 2.000 asesinados a las afueras de Madrid en noviembre y diciembre de 1936 no existe identificación individual. Se sabe de muchos, se sabe que están ahí, pero no se conoce ni el número exacto ni la identidad de cada uno de los cadáveres que reposan en las zanjas. ¿Merecían la muerte? ¿Hay que sacarles el ADN a todos? Pienso que no, que nos basta con reconocer que fueron asesinados de forma injusta y que algo les debe recordar. Los franquistas les han recordado siempre. ¿Y los demás?
Como a los demás. Lo que está todavía pendiente es la recuperación de la dignidad de muchos que fueron asesinados por los franquistas. Devolverles la dignidad y dar a sus familias la posibilidad de completar el duelo que Franco les negó. Hay que ser malnacido para seguir negándolo. Y han sido, por su parte, muy poco hábiles y diligentes los Gobiernos de la democracia que no han completado esa tarea.
Creo que llegar a un acuerdo sobre estas bases es bastante sencillo.
No existe ninguna diferencia de grado entre las víctimas de Paracuellos y las de Badajoz. Ha existido una diferencia de trato durante 40 años. Pero todos fueron asesinados a sangre fría, de forma indiscriminada, sin juicio y sin causa. Les podemos hacer iguales ahora. Pero la base para conseguirlo es reconocer que ninguno fue asesinado justamente, por mucho que de los asesinos, que no lo fueron todos los combatientes, unos fueran golpistas odiosos y otros fueran odiosos defensores (aunque nos pese a algunos) de una causa justa.
Detesto el franquismo, todo lo que supuso y toda la herencia que dejó. Pero no me cuesta nada, sino todo lo contrario, proclamar que todos esos muertos son míos. Los que están en unas fosas y los que están en otras.
Y que no considero míos a ninguno de los que los asesinaron. Ni son míos los milicianos que fueron a Paracuellos ni los falangistas que limpiaban cada pueblo de forma ordenada. En casi todos los casos se trataba, además, de gente que estaba en la retaguardia, que no combatía, que solo mataba a seres indefensos.
Franco mató el doble que los republicanos. Eso, ¿qué tiene que ver con cada víctima?
viernes, 11 de junio de 2010
La respuesta de Joaquín Leguina a Javier Cercas
El otro día posteamos aquí el artículo de opinión de Javier Cercas, "La puñetera verdad," en el que Cercas respondía a una editorial de Joaquín Leguina sobre la memoria histórica. Leguina no ha tardado en componer su propia respuesta, que se encuentra abajo. Me gustaría agregar mi propio comentario a algo que dice Leguina al final de su artículo.
Leguina recuerda que en 2002, fue aprobada una proposición -- con votos del PP, y el 20 de noviembre además -- en el Congreso de los Diputados que decía así: "El Congreso de los Diputados reitera su voluntad de mantener el espíritu de concordia que presidió la elaboración de la Constitución... y reafirma el reconocimiento moral de todos los que fueron víctimas de la Guerra Civil así como de cuantos padecieron más tarde la represión de la dictadura franquista". Como han afirmado ya muchos, la proposición aprobada entonces fue mayormente superficial, una moción diseñada para cerrar la puerta al franquismo de una vez por todas. La profesora y estudiosa Ofelia Ferrán, en su libro Working through Memory, lo explica bien:
Sr. Leguina, en primer lugar, una moción es una moción. No es acción. Si de verdad el PP hubiese cortado tal cordón, entonces ¿por qué seguiría resistiendo todas las iniciativas promovidas a favor de la memoria histórica? Por ejemplo, que yo recuerde, no votó a favor de la Ley de Memoria. Sigue quejándose del dinero gastado para ayudar a las asociaciones. Y sin duda está detrás del caso contra el juez Garzón. El caso del PP me parece uno de puro orgullo y obstinación, además de temor por la vida política. El PP ve peligroso el tema de la memoria. Sabe que a sus electores les cae fatal, y hace todo lo que puede para re-dirigir la conversación política en otra dirección. No entiendo cómo una persona como Joaquín Leguina los pueda defender.
Un partido político no debe poder decidir cuando se ha acabado un asunto tan fundamental en la historia comolo ha sido la memoria del pasado franquista -- ¡y no sólo la memoria, sino las huellas físicas y tangibles, como los restos de desaparecidos, las sentencias bajo el franquismo, el Valle de los Caídos y otra simbología franquista, etc. etc.! -- y qué hacer con ella. Eso lo decide el pueblo.
Leguina recuerda que en 2002, fue aprobada una proposición -- con votos del PP, y el 20 de noviembre además -- en el Congreso de los Diputados que decía así: "El Congreso de los Diputados reitera su voluntad de mantener el espíritu de concordia que presidió la elaboración de la Constitución... y reafirma el reconocimiento moral de todos los que fueron víctimas de la Guerra Civil así como de cuantos padecieron más tarde la represión de la dictadura franquista". Como han afirmado ya muchos, la proposición aprobada entonces fue mayormente superficial, una moción diseñada para cerrar la puerta al franquismo de una vez por todas. La profesora y estudiosa Ofelia Ferrán, en su libro Working through Memory, lo explica bien:
It is thus unclear if the much-lauded congressional decree of 2002 signaled a change in the attitude that has characterized the transition of not wanting to face the legacy of Francoism in democratic Spain. Perhaps it is merely one more example of a practice in which the memory of the past is invoked, and officially commemorated, in a purely superficial manner, only to disappear when true accountability for the past is faced. This strategy, in fact, perfectly explains the Partido Popular's support of the 2002 proposition, but rejection of the one passed in 2003. As a spokesman explained, the party refused to support the second resolution because 'dio ese debate por cerrado cuando aprobó, el 20 de noviembre de 2002, una moción de condena del franquismo' and 'el PP cree que con la proposición no de ley aprobada precisamente un 20 de noviembre de 2002 queda cerrado el asunto' (Cué 2003). . .(22).
[No está claro si la moción muy aplaudida del Congreso de 2002 indicara un cambio de actitud que ha caracterizado la transición, la de no querer afrontar el legado del franquismo en la España democrática. Quizá es sólo un ejemplo más de una práctica en que se evoca la memoria del pasado y se la conmemora oficialmente (de una manera totalmente superficial), sólo para ignorarla cuando se pide asumir la responsabilidad verdadera para tal pasado. Esta estrategia, de hecho, explica perfectamente el apoyo del PP de la moción del 2002, y el rechazo de la que fue aprobada en 2003. Como explicó un portavoz, el partido se negó a apoyar la segunda moción porque 'dio ese debate por cerrado cuando aprobó, el 20 de noviembre de 2002, una moción de condena del franquismo' y 'el PP cree que con la proposición no de ley aprobada precisamente un 20 de noviembre de 2002 queda cerrado el asunto' (Cué 2003). . .(22, traducción mía).Además de ser lo que se podría llamar en inglés "window-dressing" (¿escaparatismo?), hay que recordar que el PP y el Congreso en sí sólo aprobaron la moción después de que en 2000 se exhumaron los primeros restos por parte de la ARMH y se entregó en 2002 un informe a las Naciones Unidas sobre los desaparecidos en España (Ferrán 21). Entonces, había un contexto que provocó la necesidad de la moción. A mí me parece evidente que el PP esperaba que esto fuese la última vez que tendrían que tratar el tema de la memoria. La fecha del 20 de noviembre fue clave en representar su apoyo para la moción - en la opinión de Joaquín Leguina, el 20 de noviembre de 2002 fue cuando el PP cortó el "cordón umbilical" con el franquismo que menciona Cercas. "¿Dónde está ese cordón " umbilical ahora?, pregunta Leguina.
Sr. Leguina, en primer lugar, una moción es una moción. No es acción. Si de verdad el PP hubiese cortado tal cordón, entonces ¿por qué seguiría resistiendo todas las iniciativas promovidas a favor de la memoria histórica? Por ejemplo, que yo recuerde, no votó a favor de la Ley de Memoria. Sigue quejándose del dinero gastado para ayudar a las asociaciones. Y sin duda está detrás del caso contra el juez Garzón. El caso del PP me parece uno de puro orgullo y obstinación, además de temor por la vida política. El PP ve peligroso el tema de la memoria. Sabe que a sus electores les cae fatal, y hace todo lo que puede para re-dirigir la conversación política en otra dirección. No entiendo cómo una persona como Joaquín Leguina los pueda defender.
Un partido político no debe poder decidir cuando se ha acabado un asunto tan fundamental en la historia comolo ha sido la memoria del pasado franquista -- ¡y no sólo la memoria, sino las huellas físicas y tangibles, como los restos de desaparecidos, las sentencias bajo el franquismo, el Valle de los Caídos y otra simbología franquista, etc. etc.! -- y qué hacer con ella. Eso lo decide el pueblo.
Y vuelta la burra al trigo
JOAQUÍN LEGUINA 10/06/2010
Un artículo mío -Enterrar a los muertos, EL PAÍS, 24 de abril- en cual pretendía defender la "reconciliación nacional", la Ley de Amnistía y la Transición ha levantado algunas ronchas: Almudena Grandes y ahora Javier Cercas. Pues bien, Cercas malinterpreta (o tergiversa) mis palabras al atribuirme, respecto a la Guerra Civil, un pensamiento según el cual "los dos bandos contribuyeron por igual a la destrucción de la democracia y comparten por igual la responsabilidad política de la guerra". No pienso eso y jamás he dicho o escrito tal cosa. Por el contrario, opino que la mayor culpa y la responsabilidad más alta de aquella tragedia la tuvieron quienes levantaron las armas contra el legítimo Gobierno, pero ello no exonera de responsabilidad por sus errores a los partidos republicanos y, menos aún, a los termocéfalos y antidemócratas. Ítem más: la represión en la retaguardia franquista fue mayor que en la republicana y no terminó con la guerra, sino que duró hasta la muerte del dictador. Pero los asesinatos cometidos en las dos retaguardias son igualmente repudiables.
Tampoco es cierto que los atropellos contra vidas y haciendas duraran en la retaguardia republicana "el tiempo que el Gobierno legítimo tardó en tomar el control de la zona y, en todo caso, se practicaron sin su aprobación", como afirma Cercas, pues ha quedado más que demostrado lo contrario.
Por ejemplo, que las sacas de las cárceles madrileñas y los subsiguientes asesinatos fueron programados y ejecutados por quienes en aquellos azarosos días de noviembre formaban parte de la autoridad republicana. Y aunque la matanza se atemperó a partir de 1937, no se detuvo hasta el final de la guerra.
Tampoco es cierto que la derecha española "comete un serio error al no cortar del todo el cordón umbilical que todavía la une al franquismo", tal como afirma Cercas.
Por ejemplo, la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados, el 20 de noviembre de 2002 (y la fecha no es casual), aprobó, con los votos favorables del PP una proposición en la cual puede leerse: "El Congreso de los Diputados reitera su voluntad de mantener el espíritu de concordia que presidió la elaboración de la Constitución... y reafirma el reconocimiento moral de todos los que fueron víctimas de la Guerra Civil así como de cuantos padecieron más tarde la represión de la dictadura franquista".
Me pregunto: ¿dónde está ese "cordón umbilical" del que habla Cercas.
domingo, 6 de junio de 2010
Editorial de Javier Cercas, a modo de repuesta a Joaquín Leguina
De: El País.com
Visto primero en: el blog de Jordi Grau
La puñetera verdad
No es cierto que los dos bandos de la Guerra Civil contribuyeran por igual a destruir la democracia. No hubo un bando moralmente bueno y otro malo, pero sí hubo uno políticamente bueno, el que defendió la legalidad
JAVIER CERCAS
EL PAÍS - Opinión - 06-06-2010
Es una pena que la discrepancia entre Almudena Grandes y Joaquín Leguina a propósito de un artículo de este último (Enterrar a los muertos, EL PAÍS, 24-5-2010) no haya provocado un debate articulado sino solo un agrio intercambio de acusaciones; también es una pena que la discrepancia radique en un punto sobre el que no hay discrepancia posible, porque hace tiempo que fue zanjado por los historiadores: es imposible equiparar el terror del bando franquista con el terror del bando republicano durante la Guerra Civil, al modo en que lo hace Leguina, porque el segundo duró el tiempo que el Gobierno legítimo tardó en tomar el control de su zona y se practicó sin su aprobación (o al menos sin su aprobación explícita), mientras que el primero duró toda la guerra y fue organizado por las autoridades como parte de una guerra de exterminio; dicho de otro modo: equiparar la España leal con la España rebelde porque en ambas se cometieron crímenes es una aberración similar a equiparar el Estado democrático con ETA porque el Estado democrático creó los GAL. No obstante, hay en el texto de Leguina una analogía aún más inquietante. "¿Por qué no aceptamos la verdad de una puñetera vez?", escribe Leguina, sin duda interpelando a quienes postulan que la nuestra fue una guerra de buenos contra malos. "La inmensa mayoría de la derecha española renegó de la democracia durante la República y, desde luego, durante la guerra... Pero es que la izquierda, en gran parte, hizo lo mismo, tomando la deriva revolucionaria". La afirmación no es inquietante por lo que dice, sino por lo que presupone: no solo que en los dos bandos se cometieron atrocidades (cosa obviamente cierta), ni que una parte de los republicanos no creía en la democracia (cosa asimismo cierta), sino que los dos bandos contribuyeron por igual a la destrucción de la democracia y que por tanto comparten por igual la responsabilidad política de la guerra. Si esa es la puñetera verdad que Leguina nos pide que aceptemos, yo puedo decirle por qué no la aceptamos: porque es una puñetera mentira. Y además una mentira peligrosa, dado que atañe a un problema esencial de nuestra relación con el pasado reciente y, en esa medida, también al presente.
Me explicaré contando una historia: la historia del héroe de mi familia. Pónganle ustedes a la palabra héroe todas las comillas que quieran: mi madre, que era una niña cuando todo ocurrió, no le pone ninguna. El protagonista se llama Manuel Mena, era tío carnal de mi madre y pertenecía a una familia católica de pequeños propietarios rurales extremeños. Cuando estalló la guerra, Manuel Mena contaba 16 años. Exaltado por las arengas falangistas, de inmediato intentó alistarse en el ejército de Franco; no lo consiguió, pero en los meses siguientes volvió a intentarlo varias veces. Por fin, al cumplir la edad reglamentaria, pudo incorporarse a filas. Manuel Mena peleó en la Ciudad Universitaria de Madrid y en Teruel, se distinguió por su arrojo en diversos combates, ascendió fulgurantemente, y en octubre de 1938, con apenas 19 años, había alcanzado el grado de alférez. Una mañana de ese mes, cuando estaba a punto de cruzar el Ebro al mando de su unidad, una bala perdida le perforó el estómago; murió el mismo día, mientras lo trasladaban a lomos de un mulo a un hospital de la retaguardia. Siempre que recuerda a Manuel Mena, mi madre lo recuerda de permiso en el pueblo, enfundado en su uniforme blanco de los Tiradores de Ifni, bailando o paseando con sus amigas, aureolado por su prestigio romántico de guerrero, y sobre todo recuerda que, cada vez que partía de nuevo hacia el frente, su madre le despedía entre lágrimas. "Madre, no seas cobarde", eran siempre las palabras de despedida del soldado. "Si me matan, que nadie te vea llorar". Y el día en que le llevaron el cadáver de su hijo, la madre de Manuel Mena no lloró; en medio del silencio de la multitud que rodeaba el féretro, solo alcanzó a hacer un débil saludo fascista y a decir con el hilo de voz que le salió de las entrañas: "¡Arriba España, hijo mío!".
Esa es la historia, o esa es al menos tal y como la recuerda mi madre. Sea como sea, nadie tiene derecho a poner en duda la integridad moral de Manuel Mena, la generosidad de su idealismo y la pureza de sus intenciones: nadie puede dudar de que fue a la guerra porque, cuando todavía era un chaval, le convencieron de que su familia, su patria y su religión estaban en peligro, y de que merecía la pena morir por ellas; nadie, claro está, excepto quienes se resignan a no entender una palabra del funcionamiento de la historia y de los hombres, y por lo tanto no aceptan la evidencia de que el fascismo, igual que el comunismo, fue para muchos una forma subyugante de idealismo, un ensayo de bajar el cielo a la tierra, ni la evidencia complementaria de que los peores infiernos de la historia también se han fabricado con las mejores intenciones. Pero, si desde el punto de vista moral nada indica que Manuel Mena se equivocase, desde el punto de vista político no hay duda de que lo hizo: aunque harto más imperfecta que la actual, la II República era una democracia tan legítima como la actual, y Manuel Mena respaldó con las armas un golpe de Estado contra ella. Esa es la cuestión: Manuel Mena tal vez acertó moralmente, pero no políticamente. Y, como él, tantos otros. Por eso es falso que los dos bandos contribuyeran por igual a la destrucción de la democracia y que compartan por igual la responsabilidad política de la guerra: los responsables políticos de la guerra fueron quienes dieron un golpe de Estado contra la legalidad republicana, no los que la defendieron. Es verdad que muchos de los que defendieron la II República no creían en la democracia, como dice Leguina; pero el hecho es que defendieron un régimen democrático. Todo lo cual significa que desde el punto de vista político la Guerra Civil sí fue, contra lo que predica un cliché tramposamente ecuánime, una guerra de buenos contra malos: como en casi todas las guerras, en la nuestra no hubo un bando moralmente del todo bueno y un bando moralmente del todo malo, pero sí hubo, como en tantas otras guerras, un bando políticamente bueno y un bando políticamente malo, un bando que defendió la legalidad democrática y un bando que la destruyó; salvando las distancias, es algo semejante a lo que ocurre ahora mismo en el País Vasco: si juzgamos allí una aberración la equidistancia política entre los terroristas y los que no lo son y no tenemos ninguna duda de que hay buenos y malos y de que políticamente los buenos son quienes defienden el sistema democrático -aunque crearan los GAL- y los malos son quienes lo atacan -aunque alguno sea tan idealista como Manuel Mena-, ¿por qué en cambio tantos defienden la equidistancia y afirman que no hay buenos y malos cuando se trata de la II República, que es el único precedente posible de la democracia actual?
Porque eso es lo puñetero y lo peligroso de este asunto: que no estamos hablando del pasado, sino de la relación del presente con el pasado; es decir, del fundamento histórico de nuestro sistema democrático. Por supuesto, solo quien no sabe lo que fue el franquismo puede decir que la actual derecha española es franquista; pero esa derecha comete un serio error al no cortar del todo el cordón umbilical que todavía la une al franquismo y no buscar sus raíces y las raíces de la democracia en la democracia que destruyó el franquismo.
No hay democracia sólida que no esté basada en un acuerdo mínimo acerca de su origen histórico; la nuestra no lo está, sobre todo porque gran parte de la derecha -y al parecer ahora también una parte de la izquierda- no acaba de asumir que sus orígenes no pueden hallarse en ninguna mistificación justificatoria de una dictadura. Me pregunto si no lo asume porque está atrapada en un malentendido: porque cree que lo que se le exige es que renuncie moral y políticamente a los suyos, es decir, porque cree que, además de reconocer que los suyos estaban políticamente equivocados, debe reconocer que todos eran moralmente abyectos. No es así: lo único que se le debe exigir a la derecha es que en este caso distinga entre moral y política, y que, sin quitarles necesariamente la razón moral a sus antepasados, les quite la razón política.
En cuanto a mí, no sé si, como mi madre cree, Manuel Mena fue un héroe, quiero decir un héroe moral, pero lo cierto es que yo nunca me he avergonzado de él; ahora bien, estoy seguro de que políticamente fue un villano. Esa es la verdad, mamá. La puñetera verdad.
Visto primero en: el blog de Jordi Grau
La puñetera verdad
No es cierto que los dos bandos de la Guerra Civil contribuyeran por igual a destruir la democracia. No hubo un bando moralmente bueno y otro malo, pero sí hubo uno políticamente bueno, el que defendió la legalidad
JAVIER CERCAS
EL PAÍS - Opinión - 06-06-2010
Es una pena que la discrepancia entre Almudena Grandes y Joaquín Leguina a propósito de un artículo de este último (Enterrar a los muertos, EL PAÍS, 24-5-2010) no haya provocado un debate articulado sino solo un agrio intercambio de acusaciones; también es una pena que la discrepancia radique en un punto sobre el que no hay discrepancia posible, porque hace tiempo que fue zanjado por los historiadores: es imposible equiparar el terror del bando franquista con el terror del bando republicano durante la Guerra Civil, al modo en que lo hace Leguina, porque el segundo duró el tiempo que el Gobierno legítimo tardó en tomar el control de su zona y se practicó sin su aprobación (o al menos sin su aprobación explícita), mientras que el primero duró toda la guerra y fue organizado por las autoridades como parte de una guerra de exterminio; dicho de otro modo: equiparar la España leal con la España rebelde porque en ambas se cometieron crímenes es una aberración similar a equiparar el Estado democrático con ETA porque el Estado democrático creó los GAL. No obstante, hay en el texto de Leguina una analogía aún más inquietante. "¿Por qué no aceptamos la verdad de una puñetera vez?", escribe Leguina, sin duda interpelando a quienes postulan que la nuestra fue una guerra de buenos contra malos. "La inmensa mayoría de la derecha española renegó de la democracia durante la República y, desde luego, durante la guerra... Pero es que la izquierda, en gran parte, hizo lo mismo, tomando la deriva revolucionaria". La afirmación no es inquietante por lo que dice, sino por lo que presupone: no solo que en los dos bandos se cometieron atrocidades (cosa obviamente cierta), ni que una parte de los republicanos no creía en la democracia (cosa asimismo cierta), sino que los dos bandos contribuyeron por igual a la destrucción de la democracia y que por tanto comparten por igual la responsabilidad política de la guerra. Si esa es la puñetera verdad que Leguina nos pide que aceptemos, yo puedo decirle por qué no la aceptamos: porque es una puñetera mentira. Y además una mentira peligrosa, dado que atañe a un problema esencial de nuestra relación con el pasado reciente y, en esa medida, también al presente.
Me explicaré contando una historia: la historia del héroe de mi familia. Pónganle ustedes a la palabra héroe todas las comillas que quieran: mi madre, que era una niña cuando todo ocurrió, no le pone ninguna. El protagonista se llama Manuel Mena, era tío carnal de mi madre y pertenecía a una familia católica de pequeños propietarios rurales extremeños. Cuando estalló la guerra, Manuel Mena contaba 16 años. Exaltado por las arengas falangistas, de inmediato intentó alistarse en el ejército de Franco; no lo consiguió, pero en los meses siguientes volvió a intentarlo varias veces. Por fin, al cumplir la edad reglamentaria, pudo incorporarse a filas. Manuel Mena peleó en la Ciudad Universitaria de Madrid y en Teruel, se distinguió por su arrojo en diversos combates, ascendió fulgurantemente, y en octubre de 1938, con apenas 19 años, había alcanzado el grado de alférez. Una mañana de ese mes, cuando estaba a punto de cruzar el Ebro al mando de su unidad, una bala perdida le perforó el estómago; murió el mismo día, mientras lo trasladaban a lomos de un mulo a un hospital de la retaguardia. Siempre que recuerda a Manuel Mena, mi madre lo recuerda de permiso en el pueblo, enfundado en su uniforme blanco de los Tiradores de Ifni, bailando o paseando con sus amigas, aureolado por su prestigio romántico de guerrero, y sobre todo recuerda que, cada vez que partía de nuevo hacia el frente, su madre le despedía entre lágrimas. "Madre, no seas cobarde", eran siempre las palabras de despedida del soldado. "Si me matan, que nadie te vea llorar". Y el día en que le llevaron el cadáver de su hijo, la madre de Manuel Mena no lloró; en medio del silencio de la multitud que rodeaba el féretro, solo alcanzó a hacer un débil saludo fascista y a decir con el hilo de voz que le salió de las entrañas: "¡Arriba España, hijo mío!".
Esa es la historia, o esa es al menos tal y como la recuerda mi madre. Sea como sea, nadie tiene derecho a poner en duda la integridad moral de Manuel Mena, la generosidad de su idealismo y la pureza de sus intenciones: nadie puede dudar de que fue a la guerra porque, cuando todavía era un chaval, le convencieron de que su familia, su patria y su religión estaban en peligro, y de que merecía la pena morir por ellas; nadie, claro está, excepto quienes se resignan a no entender una palabra del funcionamiento de la historia y de los hombres, y por lo tanto no aceptan la evidencia de que el fascismo, igual que el comunismo, fue para muchos una forma subyugante de idealismo, un ensayo de bajar el cielo a la tierra, ni la evidencia complementaria de que los peores infiernos de la historia también se han fabricado con las mejores intenciones. Pero, si desde el punto de vista moral nada indica que Manuel Mena se equivocase, desde el punto de vista político no hay duda de que lo hizo: aunque harto más imperfecta que la actual, la II República era una democracia tan legítima como la actual, y Manuel Mena respaldó con las armas un golpe de Estado contra ella. Esa es la cuestión: Manuel Mena tal vez acertó moralmente, pero no políticamente. Y, como él, tantos otros. Por eso es falso que los dos bandos contribuyeran por igual a la destrucción de la democracia y que compartan por igual la responsabilidad política de la guerra: los responsables políticos de la guerra fueron quienes dieron un golpe de Estado contra la legalidad republicana, no los que la defendieron. Es verdad que muchos de los que defendieron la II República no creían en la democracia, como dice Leguina; pero el hecho es que defendieron un régimen democrático. Todo lo cual significa que desde el punto de vista político la Guerra Civil sí fue, contra lo que predica un cliché tramposamente ecuánime, una guerra de buenos contra malos: como en casi todas las guerras, en la nuestra no hubo un bando moralmente del todo bueno y un bando moralmente del todo malo, pero sí hubo, como en tantas otras guerras, un bando políticamente bueno y un bando políticamente malo, un bando que defendió la legalidad democrática y un bando que la destruyó; salvando las distancias, es algo semejante a lo que ocurre ahora mismo en el País Vasco: si juzgamos allí una aberración la equidistancia política entre los terroristas y los que no lo son y no tenemos ninguna duda de que hay buenos y malos y de que políticamente los buenos son quienes defienden el sistema democrático -aunque crearan los GAL- y los malos son quienes lo atacan -aunque alguno sea tan idealista como Manuel Mena-, ¿por qué en cambio tantos defienden la equidistancia y afirman que no hay buenos y malos cuando se trata de la II República, que es el único precedente posible de la democracia actual?
Porque eso es lo puñetero y lo peligroso de este asunto: que no estamos hablando del pasado, sino de la relación del presente con el pasado; es decir, del fundamento histórico de nuestro sistema democrático. Por supuesto, solo quien no sabe lo que fue el franquismo puede decir que la actual derecha española es franquista; pero esa derecha comete un serio error al no cortar del todo el cordón umbilical que todavía la une al franquismo y no buscar sus raíces y las raíces de la democracia en la democracia que destruyó el franquismo.
No hay democracia sólida que no esté basada en un acuerdo mínimo acerca de su origen histórico; la nuestra no lo está, sobre todo porque gran parte de la derecha -y al parecer ahora también una parte de la izquierda- no acaba de asumir que sus orígenes no pueden hallarse en ninguna mistificación justificatoria de una dictadura. Me pregunto si no lo asume porque está atrapada en un malentendido: porque cree que lo que se le exige es que renuncie moral y políticamente a los suyos, es decir, porque cree que, además de reconocer que los suyos estaban políticamente equivocados, debe reconocer que todos eran moralmente abyectos. No es así: lo único que se le debe exigir a la derecha es que en este caso distinga entre moral y política, y que, sin quitarles necesariamente la razón moral a sus antepasados, les quite la razón política.
En cuanto a mí, no sé si, como mi madre cree, Manuel Mena fue un héroe, quiero decir un héroe moral, pero lo cierto es que yo nunca me he avergonzado de él; ahora bien, estoy seguro de que políticamente fue un villano. Esa es la verdad, mamá. La puñetera verdad.
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